El aire dentro de la habitación del templo de Sora se había vuelto tan frío que cada respiración de Takeru se transformaba en un leve vaho blanco. Afuera, la tormenta física había terminado, pero una opresión invisible, una estática espiritual rancia, se asentaba sobre el techo de Chimboya. Los amuletos de papel colgados en las esquinas del futón comenzaron a temblar, no por el viento, sino por la presión de un poder ajeno que se filtraba desde las sombras.
Takeru, con las ojeras marcadas como golpes en su rostro y los tatuajes de sus brazos parpadeando con un azul débil y mortecino, no se había movido. Sostenía la mano de Chiyo, cuyos dedos seguían gélidos.
De pronto, las velas que iluminaban el altar se apagaron de golpe. El silencio fue absoluto.
Las sombras del rincón de la habitación comenzaron a estirarse, despegándose de las paredes como humo espeso y líquido. Frente al futón, la silueta se consolidó en una figura alta, esbelta y aterradora: un emisario de los Shinigamis. No portaba una guadaña física, pero su sola presencia arrastraba el olor de las almas que han cruzado al otro lado. Sus ojos gélidos miraron fijamente el cuerpo inerte de la chica.
—El equilibrio exige sus cuentas, Oni Azul —la voz del Shinigami sonó como el crujido de hojas secas—. Burlar los amuletos de Sora fue sencillo. El Yomi no olvidará lo que esta humana hizo. Ella purificó el núcleo de Kurogo y absorbió el remanente. Lleva una energía que no le pertenece.
Takeru se puso de pie en un parpadeo, desenvainando la mitad de su katana rota. Sus cuernos brillaron con una furia defensiva.
—Den un paso más hacia ella y les juro que romperé el pacto que me mantiene en este plano —amenazó Takeru, con la voz ronca por el cansancio—. Ella salvó a la ciudad.
—Ella alteró el Orden Divino —sentenció el Shinigami, retrocediendo un paso hacia la oscuridad, comenzando a disolverse—. No venimos a pelear... aún. Venimos a dejar una advertencia. El cuerpo de una mortal no puede contener el núcleo líquido de un Oni primordial. Si la Hannya no despierta por su propia voluntad en tres lunas, los Shinigamis vendremos a reclamar lo que le pertenece al inframundo. Y destruiremos este templo con ustedes adentro.
La silueta se desvaneció, dejando una marca de ceniza en el suelo y una cuenta regresiva que aceleró el corazón de Takeru. Tres lunas. No había tiempo.
Desesperado, viendo que el pulso de Chiyo se debilitaba cada vez más bajo la amenaza del Yomi, Takeru tomó una decisión suicida. Volvió a sentarse a su lado, entrelazó sus dedos con los de ella y cerró los ojos.
—Si no regresas por las buenas, iré a buscarte al fondo del maldito abismo, Chiyo —susurró.
Concentrando el remanente de su energía mística, Takeru activó sus tatuajes al límite. El dolor fue visceral; sintió cómo la maldición del Oni Azul le quemaba las venas, pero forzó su propia conciencia a desprenderse de su cuerpo para proyectarse directamente en el plano mental de Chiyo.
El mundo real desapareció. Takeru cayó de rodillas sobre un espejo de agua infinito y gris, bajo un cielo sin estrellas. A lo lejos, vio una figura solitaria. Era Chiyo. Pero no lucía como la chica de Chimboya; llevaba una túnica blanca ceremonial, andrajosa y rota, y su rostro estaba oculto tras la aterradora máscara de la Hannya. Los hilos negros de Kurogo se enredaban en sus tobillos, arrastrándola lentamente hacia el fondo del espejo de agua. Estaba llorando; lágrimas de sangre se filtraban por las cuencas de la máscara.
—¡Chiyo! —gritó Takeru, corriendo hacia ella, rompiendo la quietud del agua con cada zancada.
La Hannya levantó la cabeza. Cuando Takeru intentó abrazarla, una barrera de fuego negro estalló entre ambos, quemándole las manos espirituales.
—¡No te acerques, Takeru! —la voz de Chiyo resonó con el eco doble del demonio—. El odio... el dolor de mil años me está aplastando. Si te acercas, el fuego te consumirá a ti también. Ya no sé quién soy. Siento que pertenezco a este lodo.
Takeru no retrocedió. Ignorando el dolor de sus manos quemándose, atravesó las llamas oscuras y la rodeó con sus brazos con una fuerza desesperada. Colocó su frente contra la máscara de madera de ella.
—No me importa el fuego, y no me importa el Yomi —le dijo, con la voz quebrada por el sentimiento—. Sé perfectamente quién eres. Eres la chica que me devolvió el propósito. No me importa si tienes cuernos, no me importa si el mundo te llama monstruo. Mírame, Chiyo. Rompe el maldito cascarón. No estás sola.
El abrazo de Takeru actuó como un catalizador en la mente de Chiyo. La calidez de su Oni Azul agrietó la máscara de la Hannya. Pero al romperse la madera espiritual, el espejo de agua bajo sus pies estalló, sumergiéndolos a ambos en un torrente de recuerdos atrapados en el alma de Chiyo. El velo de la reencarnación se desgarró por completo.
Chiyo ya no vio la penumbra. Vio el Japón feudal de hace mil años. Vio los cerezos en flor cayendo sobre un palacio místico. Se vio a sí misma vestida con sedas reales, sosteniendo los hilos dorados de los sellos del Yomi. Ella era Kaguya, la deidad terrenal.
Y a su lado, siempre un paso atrás, con una armadura de samurái impecable y una mirada llena de devoción silenciosa, estaba Takeru. Un Takeru completamente humano, de ojos limpios y sin marcas en la piel.
El recuerdo avanzó con una crudeza desgarradora. Las puertas del Yomi rompiéndose. El palacio en llamas. Kaguya herida en el suelo, desangrándose mientras los yokai se relamían los labios. Chiyo sintió el dolor exacto de esa muerte pasada. Vio a Takeru gritar su nombre, cometiendo la locura de invocar a un Oni herético para ofrecerle su alma a cambio de salvarla. Vio el engaño: cómo Takeru atrapó al demonio en su espada, y vio la maldición cobrando su precio, transformando al hermoso samurái en el Oni Azul ante sus ojos agonizantes.