Takotsubo

Capítulo 23: La Última Luna y el Desgaste del Hielo

​El calor de las lágrimas de Chiyo sobre la mano de Takeru fue el único rastro de realidad en una habitación que amenazaba con derrumbarse bajo el peso de los siglos. Chiyo seguía incorporada en el futón, respirando con dificultad, con los cuernos oscuros destellando levemente bajo la luz mortecina de las velas que Sora acababa de encender a toda prisa tras el estallido místico.

​Takeru la miraba con los ojos abiertos de par en par, paralizado. Escucharla pronunciar aquellas palabras —«mi samurái»— con ese eco místico y antiguo que pertenecía exclusivamente a Kaguya, le provocó un vuelco en el pecho que casi le impide respirar. Mil años de destierro, mil años de cargar con la piel quemada por el karma de un Oni, se redujeron a ese instante.

​—Chiyo... —la voz de Takeru fue un hilo áspero, desprovisto de su habitual dureza guerrera. Sus dedos temblaron contra la mejilla de ella, temiendo que si presionaba demasiado, la visión se rompería como un espejo—. ¿De verdad... eres tú? ¿Recuerdas el palacio? ¿Recuerdas el fuego del cerezo?

​Chiyo cerró los ojos por un segundo, y una mueca de dolor cruzó su rostro. Se llevó una mano a la sien, apretándola con fuerza. Los recuerdos de Kaguya no eran solo imágenes; eran un torrente violento de emociones, de batallas ancestrales, de una vida entera que no encajaba del todo en su cerebro de diecinueve años.

​—Lo veo todo, Takeru... —susurró Chiyo, y su voz tembló, volviéndose completamente humana otra vez, vulnerable y asustada—. Veo tu armadura de samurái antes de que las marcas te devoraran. Veo cómo me sostuviste cuando el cielo se rompió... Pero me duele. Me duele la cabeza, me duele el pecho. Soy Chiyo... pero también soy ella. Es como si mi alma fuera demasiado grande para este cuerpo.

​Sora, que había estado observando la escena desde el umbral con los brazos cruzados y una expresión de profunda preocupación, dio un paso al frente. Su rostro, generalmente calmado, reflejaba una tensión absoluta.

​—Y el tiempo juega en nuestra contra —interrumpió Sora, con la voz grave—. Chiyo, tu trance no duró unas horas. Estuviste dormida más de lo que crees. Los Shinigamis cumplieron su palabra de avanzar las sombras. Takeru logró sacarte del abismo místico, pero consumieron dos lunas enteras en ese proceso. Solo queda una luna. Mañana, cuando el cielo se tiña de negro, el consejo del Yomi vendrá a reclamar el núcleo místico de Kurogo que absorbiaste.

​La revelación cayó como un balde de agua helada en la habitación. ¿Solo una luna? El contador de vida de Chiyo estaba llegando a cero y apenas acababa de despertar.

​Takeru apretó los dientes, y sus tatuajes místicas brillaron con un azul furioso, respondiendo a la rabia y la impotencia que lo carcomían por dentro. Se volvió hacia Chiyo, ignorando a Sora, y la tomó suavemente por los hombros.

​—No les vas a dar nada —dijo Takeru, y su voz vibró con una intensidad que erizó la piel de Chiyo. Sus ojos fijos en los de ella eran pura devoción y fuego—. No pasé diez siglos pudriéndome en el inframundo, esperando volver a escuchar tu voz, para que unos malditos recolectores de almas te arranquen la vida ahora. Si vienen por el núcleo de Kurogo, tendrán que despedazarme primero.

​Chiyo miró las manos de Takeru. Vio las marcas oscuras y las cicatrices que la maldición del Oni Azul le había dejado por romper el contrato hace mil años para salvarla. El sentimiento de culpa y un amor inmenso se mezclaron en su estómago.

​—Takeru... lo hiciste por mí —dijo Chiyo, con un sollozo atorado en la garganta, acariciando los bordes de los tatuajes de sus brazos—. Te convertiste en esto... sacrificaste tu rostro, tu honor, tu humanidad... por una deidad que de todos modos murió esa noche. ¿Por qué? ¿Por qué cargar con tanto dolor por mí durante mil años?

​Takeru soltó una risa amarga, triste, y pegó su frente contra la de ella, dejando que sus cuernos casi se tocaran en la penumbra.

​—Porque nunca fuiste solo una deidad para mí, Kaguya... Chiyo... como quieras que te llame ahora —confesó Takeru, y una lágrima solitaria corrió por su rostro, perdiéndose en el lodo místico de su piel—. En el palacio feudal, yo era solo un samurái obligado a proteger el imperio. Pero cuando te miraba, el imperio no importaba. El mundo podía quemarse entero, y mi único deber real era asegurarme de que siguieras respirando. Si tuviera que volver a engañar al Oni del contrato y volver a maldecir mi sangre otras mil veces solo para estar en este futón contigo hoy... lo haría sin pestañear.

​Chiyo estiró los brazos y lo rodeó por el cuello, escondiendo el rostro en su hombro. El abrazo fue desesperado, un choque de dos almas que se habían extrañado durante un milenio y que ahora se aferraban la una a la otra en medio de una cuenta regresiva mortal.

​—No voy a dejar que te destruyan por mi culpa otra vez —susurró Chiyo contra su oído, y el fuego Hannya en su pecho vibró, pero esta vez no con odio, sino con una determinación mística implacable—. Si solo nos queda una luna... entonces mañana les enseñaremos al Yomi y a los Shinigamis por qué la guardiana y su samurái nunca debieron ser desafiados.

​Sora observó el abrazo en silencio, sabiendo que el lazo entre ellos era lo único que mantenía a Chiyo cuerda ante la sobrecarga de poder. Se acercó al altar y tomó el mapa místico de las fronteras de Chimboya, extendiéndolo en el suelo.

​—El despertar de tus recuerdos de Kaguya es nuestra única ventaja, Chiyo —dijo Sora, rompiendo la intimidad del momento con urgencia estratégica—. Pero tu cuerpo sigue siendo humano. Mañana por la noche, los Shinigamis no vendrán solos; Lord Raigo buscará venganza por la humillación, y la brecha del Yomi se abrirá por completo sobre el templo. Necesitamos canalizar el núcleo de Kurogo antes de que la luna llegue a su punto más alto.

​Chiyo se separó lentamente de Takeru, limpiándose las lágrimas. Su mirada cambió por completo; la fragilidad de la chica asustada desapareció, dando paso a la mirada gélida y calculadora de la deidad que alguna vez gobernó los sellos del inframundo.




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