La fragua improvisada en el sótano sagrado del templo de Sora olía a carbón antiguo, incienso seco y ozono cargado. El calor no venía de la madera ni del fuego terrenal; venía del centro del pecho de Chiyo.
Sora había colocado un yunque de piedra negra en el centro del círculo de protección, rodeado de glifos místicos dibujados con ceniza de bambú sagrado. Sobre la superficie de piedra descansaba la mitad rota de la katana de Takeru: el acero antiguo, astillado y opaco, que alguna vez aprisionó la esencia del Oni del contrato.
Takeru permanecía a un lado, con el torso descubierto, dejando ver las venas azuladas que latían bajo su piel como raíces malditas. Sus cuernos emitían un chispazo azul constante.
—Una vez que el fuego Hannya entre en contacto con el metal, no habrá vuelta atrás, Chiyo —advirtió Sora, sosteniendo un martillo pesado de herrero ceremonial—. Tu energía alimentará la fragua, pero Takeru tendrá que sostener la hoja desnuda con sus propias manos para guiar la maldición. Si tu concentración flaquea un solo segundo, el calor del núcleo de Kurogo los consumirá a los dos.
Chiyo dio un paso al frente. Ya no vestía la túnica ligera de hospital ni el futón; llevaba un kimono negro de ceremonia, abierto en los hombros, y sus dos cuernos oscuros brillaban con una intensidad hipnótica. Sus ojos, dorados y profundos con la memoria de Kaguya, se fijaron en Takeru.
—¿Estás listo, mi samurái? —preguntó Chiyo, con una voz suave pero vibrante que hizo retumbar las piedras del sótano.
Takeru extendió sus manos grandes y ásperas sobre el yunque, rodeando el pedazo de metal roto sin dudar un solo milisegundo.
—Llevo mil años listo para esto —respondió él, fijando su mirada afilada en ella—. Dámelo todo, Chiyo. Quememos el pasado.
Chiyo cerró los ojos y exhaló una larga bocanada de aire helado. Cuando volvió a abrirlos, sus pupilas eran dos grietas de fuego púrpura y carmesí.
Levantó ambas manos sobre el yunque. De sus palmas desbordó una llamarada densa, oscura, que no emitía luz normal, sino una sombra ardiente: el fuego de la Hannya Absoluta alimentado por el núcleo de Kurogo. Las llamas envolvieron el acero roto y las manos de Takeru en un instante.
El rugido del fuego místico fue ensordecedor. Takeru apretó los dientes tan fuerte que un hilo de sangre corrió por su barbilla. Sus manos comenzaron a ampollarse y quemarse hasta el hueso, pero sus tatuajes de Oni Azul reaccionaron, absorbiendo el fuego de Chiyo y convirtiendo el dolor en poder puro. Los cuernos de Takeru crecieron dos pulgadas, vibrando con el eco del contrato roto.
—¡Ahora, Sora! —gritó Chiyo, sintiendo cómo su propia alma se desgarraba al ver a Takeru sufrir.
Sora descargó el martillo pesado sobre el yunque. ¡CLANG!
Una onda de choque de energía dorada y violeta barrió el sótano, pulverizando las vasijas de arcilla de las paredes. Con cada golpe del martillo, Chiyo vertía no solo fuego, sino gotas de su propia sangre, dejando que su esencia de Kaguya fundiera los fragmentos del acero antiguo.
—¡Resiste, Takeru! —suplicó Chiyo, cayendo de rodillas sin apagar sus llamas—. ¡No me dejes sola en esto!
—¡No me voy a ningún lado! —rugió Takeru. La piel de sus brazos se agrietó, revelando destellos de metal líquido bajo la carne. Apretó la hoja ardiente con las manos sangrantes, moldeando el acero con su propia voluntad destructiva—. ¡Ese acero me perteneció en el palacio y me pertenecerá en el infierno!
¡CLANG!
Al último golpe de Sora, el fuego desbordado estalló en una columna cónica que atravesó el techo del sótano, elevándose hacia el cielo nocturno de Chimboya.
Cuando la humareda de ceniza y vapor se disipó, el silencio volvió a caer sobre la habitación.
Sobre el yunque no yacía una espada común. La katana había renacido: era una hoja más larga, de un color negro azabache reflejante, atravesada por una grieta dorada que parpadeaba como un rayo atrapado en obsidiana. La empuñadura estaba envuelta en cuero oscuro y amuletos de hilo carmesí.
Takeru la levantó con una sola mano. Las heridas de sus palmas se cerraron al instante, absorbidas por la energía de la nueva arma. Al blandirla ligeramente en el aire, el filo cortó el aire emitiendo un susurro grave, como el rugido distante de un demonio pacificado.
—Es magnífica... —murmuró Sora, limpiándose el sudor de la frente y mirando la espada con temor reverencial—. No es una espada de samurái ni de Oni. Es una Kusanagi herética. Capaz de cortar el hilo espiritual de un Shinigami.
Chiyo cayó hacia adelante, exhausta tras liberar semejante cantidad de poder. Takeru soltó la katana recién forjada —que se clavó sola en el suelo de piedra— y la atrapó en el aire antes de que su cuerpo golpeara el suelo.
La sostuvo contra su pecho, sintiendo cómo el corazón de Chiyo latía débilmente, pero constante.
—Lo logramos —susurró Chiyo, apoyando la mejilla en el torso desnudo de Takeru, respirando el aroma a ozono y metal caliente que emanaba de su piel—. La espada está lista.
Takeru le acarició el cabello suavemente, apartando los mechones que cubrían sus cuernos.
—Tú la hiciste posible —respondió él, besando su frente con una ternura que contrastaba violentamente con la espada demoníaca que descansaba a pocos centímetros de ellos—. Ahora descansa unas horas. La luna está en su punto más alto.
De repente, un temblor seco sacudió la estructura entera del templo de Sora. Las vigas de madera crujieron y el polvo cayó del techo.
Afuera, la noche de Chimboya se había vuelto completamente opaca. Las estrellas habían desaparecido, reemplazadas por un vórtice circular de nubes negras que giraban directamente sobre la cima de la montaña. Del centro del vórtice, cientos de siluetas encapuchadas descendieron flotando en el aire, rodeadas por linternas de fuego azul mortecino.
Los Shinigamis habían llegado. Y a la cabeza del ejército, envuelto en una armadura de placas de hueso y sosteniendo una guadaña colosal, la figura gélida del Líder del Consejo del Yomi observaba la cabaña.