CAPITULO 1 – PROLOGO
«No… no volverá a pasar...»
El humo le nublaba los ojos, pero él apenas lo notaba. Todo se sentía lejano, como si estuviera dentro de un sueño. Frente a él, entre los escombros y los cuerpos, un pequeño temblor anunció movimiento bajo una mesa rota. De allí salió él: un niño, cubierto de polvo y sangre, con una quemadura oscura que le cruzaba gran parte de la mejilla, una marca que parecía demasiado cruel para existir en alguien tan pequeño. Sus ojos, sin embargo, no estaban en su herida. Estaban fijos en el cuerpo de una niña de cabello blanco, tendida entre sillas volcadas, completamente inconsciente.
El niño apretó los dientes. Y corrió. Corrió entre las llamas, esquivando como podía el fuego que ardía alrededor, como si el simple hecho de moverse más rápido pudiera evitar que lo volviera a tocar.
Todo alrededor era caos, gritos. Y lo más inquietante de todo: el sonido del timbre escolar marcando la hora de salida, mezclado con la alarma de incendios que rugía sin cesar.
Encima de ese ruido, un Fénix, una bestia mítica envuelta en llamas doradas, sobrevolaba los pasillos destrozados, lanzando fuego en cada aleteo. Su presencia desvió la atención de la legión de magos lo suficiente como para que el niño llegara hasta uno de ellos caído junto a la barra de la cafetería. El mago estaba casi muerto, pero lo que llevaba era lo importante.
Un libro, brillante, vibrando. Casi canalizado. El niño no lloraba. Solo respiraba rápido, con las manos temblorosas, mientras se inclinaba sobre el cuerpo para tomarlo. Cuando sus dedos tocaron la cubierta, una ráfaga de energía recorrió toda la habitación, levantando polvo y runas azules destellantes.
—¡Detente! —gruñó una voz.
Un mago aún consciente, arrastrándose por el suelo, levantó una mano que temblaba, pero no dejaba de formar un sello.
Demasiado tarde.
El niño de la cicatriz ya estaba murmurando. Sílabas que ningún niño de este mundo debería conocer.
—…drash’ka norv… hen’tarii… —balbuceó, sintiendo cómo la garganta comenzaba a arderle por dentro.
Las pupilas del mago se dilataron. Instintivamente, llevó la mano al bolsillo mientras una gota de sudor le recorría la cara; intentó detener aquello echando mano de su arma de fuego.
—¡No… tú no…!
Un disparo estalló en el aire. El sonido atravesó la cafetería como una línea recta, la bala giró, cruzando el humo en dirección al niño. En ese instante, el tiempo pareció detenerse por un momento. Las runas azules destellaron una última vez antes de que todo se volviera borroso.
PARTE 1 – ¡Piensa un poco Miyu!
—¡Seiyi, mira lo que encontré!
La voz de su hermana sonó como siempre: demasiado fuerte, demasiado feliz… y casi siempre demasiado problemática.
Quizá, después de todo, la historia realmente empezó así. No con fuego, caos o gritos… sino con ella.
Con un suspiro resignado que parecía estar acostumbrado a estos inconvenientes, Seiyi caminó hacia el lugar donde se encontraba.
«Que no sea nada raro esta vez… por favor…»
—¿Puedes dejar de correr detrás de cualquier cosa que brilla?… Ugh…
Se detuvo al verla agachada junto al pavimento. Una niña de cabello blanco y una coleta, ojos brillantes como si el mundo entero fuera un juguete, estaba inclinada hacia algo que le parecía curioso.
—Miyu… ¿qué estás?
Entonces lo vio, una cola áspera, cubierta de escamas y de un tono verde musgo. Era inconfundible. No era un lagarto, no era una iguana.
—¿¡Un… dragón!?
El instinto lo golpeó antes que la razón
¡Scritch!
Subió al árbol más cercano como un gato callejero acorralado, con los ojos completamente en pánico y la respiración entrecortada.
Miyu, por supuesto, se estaba riendo a carcajadas. Con la agilidad de quien no conoce el miedo, tomó al pequeño dragón entre sus manos y lo levantó hacia el árbol donde Seiyi seguía trepado.
—¡Mira, Sei! ¿No es una cosita binda? —exclamó ella con los ojos brillando.
—¡LINDA! ¡Se dice LINDA! —la voz de Seiyi se quebró en un agudo grito mientras forcejeaba por subir una rama más—. ¡Aléjalo! ¡Te juro que no vuelvo a cocinarte nada! ¡Nunca más!
—Está bien, está bien, niñita… no seas tan dramático.
Miyu dejó al pequeño dragón en el pavimento con cuidado. Al levantar la vista, notó a un hombre a unos metros de distancia que buscaba algo con desesperación entre los arbustos. Miyu bajó la mirada hacia la criatura; en el cuello del animal brillaba un pequeño collar de cuero con una placa metálica.
—“Maxy”… —leyó en voz alta.
Sus ojos se abrieron de golpe al asimilar la coincidencia. Sin dudarlo, Miyu comenzó a agitar los brazos hacia el hombre para llamar su atención.
—¡Oyeee! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡¿Es su mascota?! ¡Es increíble! ¡¿Me la puedo quedar?!
La mano de Seiyi cayó como un martillo directo sobre la cabeza de su hermana, bajándola del árbol en tiempo récord y silenciándola de un golpe.
—¡Idiota! —susurró Seiyi entre dientes—. ¡¿Cómo vas a quedarte con un animal que tiene dueño?!
—P-Pero… era tan lindo… —se quejó ella sobándose la cabeza.
El alboroto llegó a oídos del dueño, quien se acercó trotando. Al ver a la pareja de hermanos, no pudo evitar soltar una carcajada que relajó el ambiente.
—Jajaja… ustedes deben ser nuevos en el vecindario, ¿cierto?
Seiyi se inclinó nerviosamente en una reverencia automática. En un torpe intento de compensar el descaro de su hermana, empujó suavemente la cabeza de Miyu para que ella también hiciera la reverencia con él.
—S-Sí, disculpe a mi hermana… no puedo detenerla cuando… bueno, ya sabe —balbuceó Seiyi.
Miyu, con la cara roja de vergüenza y todavía sobándose el golpe, mantuvo la mirada baja. El señor Jones los observó en silencio durante un segundo que se sintió eterno, arqueando una ceja.
—Vaya… —murmuró el hombre con una sonrisa curiosa—. Eso de inclinarse juntos… Parece que no son de por aquí, ¿verdad?