PARTE 3 - ¡Cuéntame más Señor Orco!
—¡Objetivo neutralizado! —exclamó uno de los agentes, bajando su arma rúnica—. Nunca había derribado a uno tan grande. ¿Crees que vengan de Loryenna?
—¿En serio lo preguntas? Mira a estos pervertidos… —bufó su compañero, señalando al cíclope inconsciente—. Está claro que en su tierra la vergüenza no existe. La mayoría esta desnudo
Alrededor de ellos, los adictos que aún conservaban algo de conciencia solo podían gritar y pedir clemencia. Sus ojos, todavía dilatados por el éxtasis del Polvo de Hada, brillaban con una luz artificial mientras soltaban frases sin sentido.
—¡Solo queríamos seguir… soñando! —chilló el Haydran, rascándose los brazos con desesperación—. ¡Déjennos soñar en paz!
—¡Cállense la boca! —le gritó un agente, empujándolo fuera de la acera—. ¿De dónde salen tantos a esta hora? Ese polvo no es barato ni fácil de conseguir.
—¡Es gratis! ¡Todo lo regalan! —replicó el Haydran, tumbándose en el suelo e intentando lamer los restos de polvo plateado entre las grietas del pavimento—. ¡Es un regalo de los dioses! ¡Tiene que serlo!
El otro agente, ignorando los delirios del adicto, sacó su comunicador rúnico para informar a la central. Su voz era monótona, la de alguien que hace este trabajo diez veces al día.
—Todo en orden aquí. Dejaremos al Cíclope tirado un rato mientras llega el camión de recogida, espero que no les moleste —gritó hacia los civiles que empezaban a asomarse por las ventanas, atraídos por el escándalo.
Seiyi, mientras tanto, se quedó completamente pálido. Un sudor frío le recorría la nuca mientras la impotencia le golpeaba el pecho con la fuerza de un dragón. La imagen de él mismo, temblando en el suelo mientras su hermana era levantada como una muñeca, se repetía en su mente.
«Yo… yo soy un inútil…», pensó, apretando los puños hasta que las uñas le lastimaron las palmas.
—¡G-gracias! —la voz de Miyu se quebró de repente, rompiéndose en sollozos violentos—. De verdad… yo solo…quería ayudaaaarhhh— la voz de Miyu se quebró hasta romperse en sollozos. Las lágrima corrían a cascadas, empapando el pavimento.
Seiyi, con una expresión petrificada y los labios temblando, rodeó a su hermana con los brazos. La sujetó con una torpeza desesperada, temiendo que, si ella se desmoronaba, él también lo haría.
—L… lo siento… —logró balbucear Seiyi
—Sniff… ¿lo sientes? —Miyu se separó un poco, mirándolo con ojos hinchados—. ¿De qué hablas, estúpido? Yo fui la que tomó el atajo… ¡Yo tengo la culpa! No lo volveré a hacer… lo juro.
Los agentes del F.O.W. intercambiaron una mirada de incomodidad. Uno de ellos se rascó la nuca, claramente superado por el drama infantil.
—¿Oye… qué hacemos con ellos?
—Demasiado drama para mi gusto —respondió el otro, pero entonces sus ojos se detuvieron en el escudo bordados de la camisa de Seiyi—. Espera. Mira su uniforme es de Veridion.
El tono del agente cambió sutilmente. Veridion no era cualquier escuela; era el lugar donde se formaba la élite.
—Ah, ya veo a lo que te refieres —asintió su compañero, guardando el comunicador—. Oigan, niños. Veo que estudian en Veridion. ¿Qué tal si los acercamos a la parada más cercana?
—Eso mismo. No es seguro estar por aquí a estas horas. Estos días abundan tipos como esos. Para la próxima, sigan el paso designado por el F.O.W., ¿entendido?
Seiyi respiró hondo. El aire le ardía en los pulmones, pero logró responder con voz baja, aún apagada:
—C… claro… gracias por todo.
—¡Debemos llevarlo a un hospital! —interrumpió Miyu, secándose las lágrimas con las manos sucias—. ¡Lo hirieron de gravedad! ¡Ese tipo era horrible!
Uno de los agentes, que estaba guardando su arma con una gran calma, lo miró de reojo.
—Podríamos dejarte ahí tirado si es lo que prefieres, chico —respondió el agente con una voz carente de emoción.
—No fue para tanto… —logró decir Seiyi, apretando los dientes mientras se sobaba el estómago. La punzada era profunda, pero no quería parecer débil frente a sus héroes—. Quizá con la crema de la casa se me quite.
De manera instintiva, Seiyi se inclinó en una reverencia profunda, doblando su cuerpo con un respeto que parecía fuera de lugar.
—¿Y eso qué significa? —preguntó el otro agente, deteniéndose con la mano en la puerta de la patrulla—. No eres de aquí, ¿verdad?
—Oh… p-perdón —Seiyi se enderezó rápidamente, sintiendo cómo el calor le subía a la cara—. Es la costumbre.
—Bueno, menos modales y más prisa. Suban al coche. Otra patrulla se encargará del resto de estos drogadictos. ¡Vamos!
—Sniff… sniff… ¡gracias!, ¡muchas gracias! —balbuceó Miyu mientras seguía a los agentes.
Los hermanos subieron al vehículo. A cada minuto, Seiyi pensaba más y más en lo que pudo haber pasado de no ser por ellos.
—Sniff… ¡tuve mucho miedo! —repitió Miyu, aferrándose al asiento.
El agente que iba en el asiento del copiloto soltó un suspiro de cansancio y comenzó a buscar en su bolsillo.
—Toma esto, niña. Deja de llorar, que me va a estallar la cabeza—dijo, extendiendo la mano hacia atrás.
Miyu tomó la golosina con manos todavía temblorosas
—¿Ch… chocolate? —murmuró, dando un mordisco que le manchó las mejillas—. G-gracias.
Al notar el silencio de su hermano, Miyu lo miró con firmeza, aunque él seguía con la vista perdida en la calle que pasaba a toda velocidad. Intentando calmar la tensión, se volvió hacia los agentes.
—Y bueno… ¿Qué pasará con esos tipos?
—¿Los vagabundos? —respondió el conductor sin quitar la vista del frente.
—¡Sí! Vi que no les hicieron daño… ¿A dónde los llevan?
El agente soltó una risita seca, casi despectiva.
—Bueno, mayormente intentamos "reubicarlos" en zonas menos transitadas. Son demasiados para procesarlos a todos, así que simplemente los dejamos en sitios apartados donde no molesten al ciudadano promedio.