Al acercarse a la mesa donde el grupo descansaba, Miyu reconoció la silueta de Yarin y, con su energía habitual, acortó la distancia de un salto.
—¡Heyy! ¡¿Cómo va todo?!
—¡Miyu! —exclamó Yarin, exagerando una mueca de tristeza—. Ya me enteré de que tú también te largas. ¡Son unos desalmados!
Miyu soltó una risita, pero sus ojos buscaron de inmediato a su hermano. —Oh, hablando de eso… ¿Cómo te fue, Sei? ¿Nos vamos?
Seiyi no respondió de inmediato. Tenía la mirada perdida en su bandeja de comida, con una expresión sombría que no encajaba con la noticia de su libertad. Manley, notando la tensión, intervino rápidamente.
—No le hagas caso a su cara de muerto, es un hecho que mañana salen de aquí.
—¿Mañana? —Miyu se volvió hacia su hermano, buscando confirmación—. ¿Eso es cierto, Sei?
Seiyi parpadeó, como si regresara de un lugar muy lejano. Forzó una pequeña sonrisa que no llegó a sus ojos. —¿Eh? Ah, sí… mañana nos vamos, Miyu. Solo tenemos que firmar unos últimos documentos juntos.
Yarin, detectando la duda en el rostro de la niña, se apresuró a aclarar la situación:
—¡Oye! No creas que te engañamos. Es solo que… bueno, tuvo unos problemas con su madre por teléfono, ¡pero mañana se van sin falta!
Miyu exhaló un suspiro de alivio y una sonrisa radiante iluminó su rostro.
—¡Entonces no hay nada de qué preocuparse! ¡Eres el mejor, Sei!
Estuvo a punto de lanzarse a abrazarlo, pero un destello azul a la distancia detuvo sus músculos. Entre la multitud, reconoció el cabello de la chica de los libros. Estaba hablando con un guardia, y aunque había ruido, Miyu agudizó el oído.
—Pero… no es el horario asignado —decía el guardia, confundido.
—Lo siento, aún soy nueva —replicó la chica de azul, abrazando sus libros contra el pecho—. Solo quiero conocer esta parte del campus.
—Saliendo de la cafetería a la izquierda —cedió el hombre.
Miyu sintió un escalofrío que le recorrió la columna.
«Es ella… estoy segura de que es ella», pensó, sintiendo cómo su pulso se aceleraba. «¿Por qué se alteró tanto ayer al saber que puedo leer esas runas? Si fuera una maestra normal, me habría felicitado… no me habría mirado con ese odio. ¿Y si Seiyi tiene razón? ¿Y si es de la Legión?».
—¿Todo bien? Estas pálida —preguntó Manley, inclinándose hacia ella.
—N-No… ¡Sí! Es solo que… —Miyu retrocedió un paso, titubeando—. ¡Me acabo de acordar de que tengo que entregar una tarea! Sí, ¡tengo que irme ya! ¡Sei, gracias por ayudarme tanto! ¡Te perdono por lo de antes!
Sin esperar respuesta, Miyu se dio la vuelta y salió disparada, perdiéndose entre los miles de uniformes. Una vez que estuvo segura de que su hermano no la seguía, redujo el paso, pegándose a las paredes de piedra y ocultándose tras las columnas como una sombra.
«¡Algo me dice que esto no es coincidencia!», se regañó a sí misma, intentando controlar su respiración. «Esa chica quizá entienda el gronk’tar. Solo los seres mágicos pueden hacerlo».
No era solo curiosidad; era una necesidad de saber. Si esa mujer sabía Gronk’tar, Miyu y su hermano no eran la únicas "anomalías" en la escuela. Pero no podía preguntarle de frente. El grito de ayer, ese "¡NO!" cargado de pánico, todavía resonaba en su cabeza. Preguntarle en público sería como gritarle al F.O.W. que ella era una amenaza, en palabras de su padre, el F.O.W eran los que menos debían saberlo.
Entonces, la vio de nuevo unos metros más adelante. La mujer caminaba con paso firme, pero Miyu notó que, a diferencia de los otros profesores, ella no saludaba a nadie. Sus manos apretaban más libros que el día anterior, uno de ellos destacaba sobre el resto: un tomo gigante, encuadrado en cuero con un marco de color rojo intenso que parecía más común que los demás.
Miyu se puso de puntillas, moviéndose entre un grupo de alumnos de primer año para acercarse un poco más. Logró leer el título en la portada, escrito en un inglés impecable: “Historia de Loryenna: La Guerra Rúnica”. Un libro de texto común, de los que se apilaban por cientos en la biblioteca.
«Espera... ese diseño no lo reconozco», pensó Miyu, frunciendo el ceño. «Llevo meses aquí y he pasado horas en la biblioteca... ¿Será material nuevo que acaba de llegar? No parece una edición oficial de la escuela, aunque se ve lindo».
Sin embargo, cuando la mujer giró para entrar por un pasillo menos transitado, Miyu notó en la parte trasera del libro un trazo con runas que parecían señalar algo específico; incluso debajo del grabado se encontraban unas marcas rojas idénticas a las que la mujer tenía bajo sus ojos.
—L… e… e… —intentó leer Miyu. Parecían cuatro letras que formaban un nombre, aunque al no lograr ver la última por la distancia, casi cae enfrente de todos al inclinarse demasiado. Recuperó el equilibrio justo cuando la mujer doblaba la esquina.
«¡Son más libros que tienen gronk’tar! Incluso ese... creo que tiene las mismas marcas... ¿Estaré alucinando?». pensó Miyu, sintiendo que el aire se le escapaba. «No reconozco ese libro de historia, juraría que es nuevo en la escuela. Quizá ella sí sepa el mismo idioma y por eso tiene material que nadie más puede leer. ¿Y si ella es como yo? ¿Y si sus padres también le enseñaron el idioma y por eso se esconde?».
Decidida a buscar respuestas, pero sin atreverse a confrontarla de frente por el miedo a lo desconocido, Miyu comenzó a seguirla, manteniendo una distancia prudente mientras se adentraba en las zonas menos transitadas de la academia.
La chica de pelo azul avanzaba por los pasillos con una calma que a Miyu le parecía insultante. Intentando ser una sombra, Miyu se reclinaba tras los casilleros, fingiendo inspeccionar cerraduras o platicar con el aire cuando alguien pasaba cerca. Al llegar cerca de la sala de maestros, la desconocida se detuvo y giró la cabeza para inspeccionar el pasillo. Lo que vio fue una escena de lo más común: grupos de alumnos riendo y, justo en un banco cercano, una niña pequeña analizando un periódico gigante, usando lentes oscuros y una gorra inusualmente grande que cubría su rostro. Miyu, desde el otro lado del periódico, contuvo el aliento.