La mirada del dragón era una sentencia de muerte. El bosque de entrenamiento era tan grande que el alboroto no llegaría a oídos de ningún guardia, y Miyu lo sabía. Se quedó petrificada, sintiendo cómo el aire se calentaba a su alrededor. Antes de que pudiera gritar, la bestia inclinó su pesada cabeza, la sujetó por la ropa con una delicadeza aterradora y la levantó del suelo. Miyu quedó suspendida a la altura de aquel enorme ojo rojo, viendo su propio reflejo de terror en la pupila del animal. No podía ni abrir la boca.
—No te preocupes —dijo la mujer, dando un paso al frente con una calma helada—. No te hará nada si no doy la orden. Solo tienes que decirme unas cuantas cosas.
Miyu, temblando de pies a cabeza, comenzó a levantar una mano muy lentamente. "Hurdson" entrecerró los ojos, alerta.
—Ey, ni se te ocurra intentar nada raro —advirtió, con la voz afilada—. Sé que estás asustada, pero no seas estúpida.
Ignorando la advertencia, Miyu terminó de alzar la mano y, con la palma abierta, tocó las escamas de la frente del dragón. Le dio unas pequeñas palmadas, como si estuviera saludando a un perro grande. El dragón, por su parte, parpadeó confundido.
—Eres... tan... hermoso... —susurró Miyu, con los ojos brillando de genuina admiración.
La mujer se quedó muda, totalmente descolocada por la escena surrealista. Su fachada de una personalidad fría y calculadora se agrietó ante la absurda ternura de la niña.
—¡No toques a Fernando! —exclamó al fin, recuperando la autoridad con un tono molesto—. ¡Si esto es una técnica de distracción, juro que yo misma te mato!
—¿Fernando? —Miyu ladeó la cabeza, aún colgada de sus garras—. Wow... qué nombre tan extraño para un dragón. ¿Es de España? Sé que debería tener miedo, pero... es increíble.
Visiblemente irritada, la mujer se llevó la flauta metálica a los labios. Con un siseo inaudible, el dragón soltó a Miyu. La niña cayó de golpe, ensuciándose el uniforme de tierra y hojas secas. Antes de que pudiera levantarse, otro soplido de la flauta hizo que la bestia abriera sus fauces, dejando escapar un hilo de humo ardiente.
—Deja de decir estupideces —ordenó Hurdson—. Dime ahora mismo qué cuartel del F.O.W. te mandó a espiarme y cómo es que sabes quién soy.
—¿Eh? Disculpe, señora... "Hurdson", estoy confundida. Solo quería hacerle unas preguntas y...
La mujer se detuvo. Al observar mejor el rostro de la niña y escuchar el tono de su voz, los engranajes en su cabeza encajaron. Recordó el choque en el pasillo y, sobre todo, la reacción de la pequeña ante el lenguaje prohibido.
—No actúes como si no supieras nada —murmuró, dejando que los libros que cargaba cayeran al suelo con un golpe sordo—. Sabes perfectamente que ese no es mi nombre. Y tú no deberías ser capaz de leer ese idioma...
Hurdson apretó el puño con rabia, su voz volviéndose un susurro cargado de odio.
—Si existe alguien como tú en esa organización... todo el esfuerzo de Lint habrá sido en vano.
Miyu se puso en pie, sacudiéndose el polvo, tratando de razonar a pesar de que el corazón le latía en la garganta.
—Mire, sea cual sea su nombre, ¡no tengo idea de qué está hablando! ¿Cómo que "alguien como yo"? ¿Tan malo es el gronk’tar?
Al escuchar esa palabra, la mujer perdió la poca paciencia que le quedaba. Sopló la flauta con fuerza, agitando el aire a su alrededor. El dragón comenzó a canalizar una bola de fuego en su garganta, apuntando directamente al pecho de la niña.
—¡Para! —gritó Miyu, sudando frío—. ¡No sé por qué!... ¡No sé de qué hablas! Si es por el idioma... ¡está bien! ¡Lo aprendí de mi padre! ¡Sé que es un secreto, pero no me importa! ¡Perdón! Solo... ¡no hagas eso, por favor!
Hurdson vaciló. Sus dedos se aflojaron un poco sobre el instrumento, confundida por la sinceridad desesperada de Miyu. Sin embargo, no hubo tiempo para treguas. Sin que Miyu lo planeara conscientemente, su anillo canalizador apunto a la mujer y disparó. Una ráfaga de aire comprimido salió despedida de este, con tal violencia que la flauta resbaló de los dedos de la mujer, volando por el aire.
«¡Funcionó!», pensó Miyu con un destello de esperanza. «Sin la flauta, el dragón no le hará caso».
Pero su victoria duró un segundo. La mujer soltó un chiflido corto y agudo entre los dientes. Al instante, el dragón reaccionó con una velocidad antinatural. Antes de que Miyu pudiera dar un paso para huir, el dragón se plantó frente a ella y, de un zarpazo, estampó su enorme garra contra su pecho, clavándola contra el tronco de un árbol.
Miyu sentía que el aire se le escapaba en cada intento de respirar. El peso de la garra del dragón era constante, una presión que hacía crujir la madera vieja del roble tras su espalda.
—Tienes tres minutos para convencerme —sentenció, acercándose hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de Miyu—. Después de eso, lo haré con mis propias manos.
Miyu levantó la vista, con los ojos empañados por las lágrimas del shock. Intentó balbucear algo, pero solo salió un gemido ahogado.
—Yo... yo no entiendo... —logró decir al fin—. ¿Es algo tan malo?
La mujer no respondió. Se quedó inmóvil, observando la mirada de la niña como si buscara un rastro de engaño en sus pupilas.
—Soy M... Miyu... —murmuró la niña, sintiendo un cansancio pesado que nunca antes había experimentado—. Tengo doce años... vivo con mi hermano en la residencia... estudio en Veridion y quiero ser... ni siquiera sé qué quiero ser.
—Llevas un minuto —cortó Hurdson. Su tono era una advertencia fría.
—¡Aprendí gronk’tar por mi hermano! —soltó Miyu en un arranque de desesperación—. Pero mi papá nos decía que lo ocultáramos. A Seiyi y a mí. Juraba que nos serviría en el futuro si queríamos ser grandes magos. Pero si es tan malo... entonces no entiendo por qué alguien como tú querría matarme. ¿Acaso saber un idioma es razón para matar? Yo... no entiendo nada... y tengo mucho sueño.