El suave golpeteo de la lluvia en la ventana había dado paso a un silencio denso y familiar, solo roto por mi propia respiración y la de Gael a mi lado. Todavía acurrucada contra él, el calor de su cuerpo era un ancla en la oscuridad que comenzaba a difuminarse con los primeros tonos grises del amanecer. Por un momento, el mundo volvió a ser solo nosotros, en nuestra pequeña burbuja.
Pero la burbuja se reventó con un estruendo.
—¡MAMÁÁÁÁÁÁ!
El grito agudo de Inoa, mi hermana de catorce años, me taladró los oídos. Abrí los ojos de golpe, desorientada. Gael se revolvió a mi lado, sobresaltado, y un segundo después lo vi: Inoa, parada en el umbral de mi puerta, con los ojos como platos, señalando directamente a Gael.
Mi corazón dio un brinco. ¿La escuela? ¿Mi madre? ¡Dios!
Me incorporé de golpe, mi cuerpo reaccionando antes de que mi cerebro procesara la situación. Inoa ya había desaparecido por el pasillo, su grito reverberando en mi cabeza.
—¡Inoa, espera! —Grité, saltando de la cama y corriendo tras ella.
La alcancé justo antes de que llegara a la escalera, agarrándola del brazo. Ella forcejeaba, con la cara una mezcla de horror y diversión.
—¡No le digas! —le susurré, casi sin aliento, apretando su brazo para que no escapara—. ¡Inoa, por favor, no le digas a mamá!
Mi hermana me miró, sus ojos marrones brillando con una picardía que rara vez mostraba. La muy pícara sabía que me tenía.
—¿Y qué gano con no decirle? —Su voz sonó demasiado calmada para mi gusto, una victoria prematura.
—Lo que quieras —respondí, desesperada, mirando de reojo hacia la dirección de mi cuarto, donde Gael seguro estaba intentando entender qué pasaba—. Lo que quieras, pero por favor, hermana, no le digas a mamá.
Inoa ladeó la cabeza, pensativa, disfrutando de mi pánico evidente.
—Trato —dijo al fin, con una sonrisa triunfal—. Me debes algo.
Asentí furiosamente.
—Sí, sí, lo que sea. ¡Ahora vete a tu cuarto y no digas nada!
Ella asintió, su sonrisa se ensanchó, y se escabulló escaleras abajo, seguramente a planear su venganza.
Volví corriendo a mi habitación. Gael estaba sentado en el borde de la cama, frotándose los ojos, con mi camiseta grande ligeramente torcida. Me miró con esa media sonrisa que podía derretirme, incluso en medio del caos.
—¿Todo bien?
—No, Gael, nada bien —dije, tratando de sonar seria, aunque la adrenalina me hacía temblar un poco—. Amor, necesitas irte. Vamos a llegar tarde a la escuela y tú tienes que ir a tu casa a cambiarte antes de que tu mamá se dé cuenta de que no dormiste ahí.
Gael suspiró, pero se levantó sin protestar.
—Uhm, ¿la ventana? —preguntó, señalando hacia donde había entrado la noche anterior.
—Sí, por favor. Lo más rápido y silencioso que puedas.
Me dio un beso rápido en la frente.
—Nos vemos.
Lo vi desaparecer por la ventana con la misma agilidad con la que había entrado, un fantasma en la mañana. Una vez que se fue, cerré la ventana y el mundo exterior. Me duché a la velocidad del rayo, el agua fría ayudando a despertar mi mente que aún seguía en shock. Me vestí con lo primero que encontré y agarré mi mochila.
Bajé a la sala. Mi madre estaba sentada en la mesa del comedor, con el periódico en la mano y una taza de café humeante. Inoa estaba a su lado, comiendo un tazón de cereales con una mirada inocente que no me engañaba en absoluto.
—Buenos días, dormilona —dijo mi madre, sin levantar la vista del periódico.
—Buenos días —respondí, mi voz sonando un poco más ronca de lo normal.
Inoa me lanzó una mirada furtiva, una chispa de travesura en sus ojos, y le dio un sorbo a su leche. Esto iba a ser un día largo.
El silencio en el comedor era tenso. Mi madre, absorta en sus noticias, parecía ajena, pero yo sentía cada segundo, cada crujido de Inoa masticando, como un tic-tac de bomba. Inoa no decía nada, pero su sonrisa contenida y sus ojos fijos en mí eran una tortura. Sabía que jugaba con mi nerviosismo, disfrutando de cada gota de sudor frío que corría por mi espalda. Me preguntaba cuánto tiempo aguantaría antes de soltar un comentario, antes de que su lengua de catorce años se descontrolara.
Justo cuando sentí que iba a explotar, el sonido bendito de una bocina resonó desde la calle. Dos toques cortos, inconfundibles.
—¡Lia! —exclamé, sintiendo un alivio que no supe disimular. Me levanté de golpe, casi derribando la silla.
—¿No vas a terminar de desayunar? —preguntó mi madre, levantando finalmente la mirada, con un ceño fruncido por mi brusquedad.
—No, ya es tarde —mentí, la tostada intacta en mi mano—. ¡Nos vemos en la tarde!
Agarré mi mochila y me lancé hacia la puerta, casi tropezando con mis propios pies. Inoa soltó una risita maliciosa detrás de mí, y supe que esto apenas empezaba. Pero por ahora, estaba a salvo. Por ahora.
Abrí la puerta del copiloto del coche de Lia, lanzando mi mochila al asiento trasero. Lia, con su cabello rojo siempre perfecto y una sonrisa radiante, me dedicó un rápido saludo.
—¡Hey! ¡Por fin! Pensé que te habías quedado dormida.
—Casi —murmuré, abrochándome el cinturón.
Inoa se deslizó en el asiento trasero un segundo después, con una inocencia impostada que solo yo podía detectar.
—Hola, Lia —dijo con voz dulce.
—Hola, enana —respondió Lia, encendiendo el motor—. ¿Lista para otro día de aburrimiento máximo?
—Ya quisiera yo ir en su clase de filosofía —Inoa suspiró dramáticamente.
Lia y yo rodamos los ojos al unísono. Inoa, a sus catorce, soñaba con ser una intelectual, o al menos eso decía para molestarnos a nosotras, las de diecisiete, que ya estábamos en el penúltimo año de secundaria.