Tan efímero como un beso

Capítulo 16

La ciudad se convertía en un borrón de luces cuando Alberto pisaba el acelerador. El motor rugía como una bestia despierta, devorando el asfalto mojado por la lluvia reciente. Ana, aferrada al asiento del copiloto, sentía el corazón latiéndole en la garganta. Cada curva era una promesa de peligro, cada semáforo en rojo una invitación a saltárselo. Pero él conducía con una precisión casi arrogante, como si el mundo entero le debiera paso.

Llegaron al edificio en menos de quince minutos. Alberto apagó el motor y, antes de que ella pudiera desabrocharse el cinturón, ya estaba rodeando el coche. Abrió la puerta del lado del pasajero con esa caballerosidad que siempre la desarmaba: un gesto simple, casi anticuado, que contrastaba violentamente con la sangre seca en su camiseta y la herida que ella misma había grapado horas antes.

Ana bajó. Sus piernas aún temblaban por la adrenalina del bar, por el hombro de él cargándola como si no pesara nada, por la mano firme que había descansado sobre su trasero sin pedir permiso. Entró al departamento y, de inmediato, se sintió fuera de lugar. Como si la hubieran atrapado en una vida que no era la suya. Miró la sala ordenada, la guitarra en la esquina, la botella de whisky sobre la mesa, y una punzada de incomodidad le atravesó el pecho. Esto parecía… demasiado. Demasiado íntimo. Demasiado de pareja. Demasiado de “ya vivimos juntos”.

—Escúchame… —empezó, girándose hacia él mientras cerraba la puerta con suavidad—. A tu novia definitivamente no le va a gustar esto.

Alberto arqueó una ceja, divertido.

—¿Marina?

—Sí.

—Para ya —dijo él, quitándose la chaqueta con un solo movimiento—. Ella solo es una amiga.

Las palabras apenas habían salido de su boca cuando la puerta del fondo se abrió. Marina apareció en el umbral de la habitación, iluminada por la luz tenue del pasillo. Completamente desnuda. Su cuerpo era un desafío: curvas generosas, piel pálida, cabello suelto cayéndole sobre los hombros como una cascada oscura. Sonrió con esa lentitud felina que siempre ponía a Ana en guardia.

—Regresaste pronto, cariño.

Ana se tapó la cara con ambas manos, el calor subiéndole por las mejillas hasta las orejas.

—Otra vez ella —murmuró Marina, casi riendo.

Alberto se quedó congelado un segundo. Luego soltó un gruñido bajo, mezcla de exasperación y vergüenza.

—Marina, ¿qué carajos?

Se movió rápido hacia el sofá, tomó una manta gruesa de lana y se la lanzó sin miramientos. La tela cayó sobre los hombros de Marina, pero ella no se cubrió de inmediato. Solo la sostuvo con una mano, dejando que se deslizara provocativamente por su cuerpo.

Alberto se pasó una mano por el cabello, visiblemente incómodo.

—Vístete.

—Oh, vamos… —Marina soltó una risa baja, ronca, cargada de burla—. No hay nada que no hayas visto ya.

El silencio que siguió fue denso, eléctrico. Ana sintió que el aire se volvía espeso. Alberto, en cambio, endureció la mandíbula.

—¿Por qué sigues aquí?

Marina se encogió de hombros, ajustándose por fin la manta con un gesto perezoso.

—Tengo que conseguir algo de dinero para rentar un departamento. ¿Te parece bien? —lo dijo con tono de reclamo, como si él le debiera algo. Como si el mundo entero le debiera algo.

Alberto la miró fijamente. Entendió. Entendió la intención que se escondía detrás de cada palabra, de cada mirada. Pero no dijo nada. Solo suspiró, cansado.

—Está bien.

Se quitó la playera con un movimiento fluido. El torso marcado por cicatrices antiguas y la herida reciente quedó expuesto bajo la luz amarilla de la lámpara. Ana apartó la mirada, pero no lo suficientemente rápido. El calor volvió a subirle por el cuello.

—Tenemos que dormir un poco —dijo él, dirigiéndose a la segunda habitación—. Hemos estado despiertos toda la noche.

Marina lo siguió con la mirada, pero sus ojos se detuvieron en Ana. La escaneó de arriba abajo, lenta, deliberada, como quien evalúa una rival. Luego entró en la habitación contigua, dejando la puerta entreabierta.

Ana se quedó sola con Alberto. El silencio era ahora diferente: más íntimo, más cargado. Él se acercó a un cajón, sacó una playera limpia, negra, de algodón suave, y se la extendió.

—Toma. La tuya ya huele a bar y a noche larga.

Ella la recibió con dedos que temblaban apenas. Era un gesto simple, pero en medio de todo ese caos se sentía… respetuoso. Casi tierno.

—Gracias —murmuró—. Voy a cambiarme en el baño.

Dio un paso. El brazo de Marina apareció de repente, cruzado en el pasillo, sosteniendo un vaso de whisky. El líquido ámbar brillaba bajo la luz.

—¿Puedo? —preguntó Ana con educación forzada, señalando el baño.

Marina sonrió, tomó un trago lento y se hizo a un lado.

—Con cuidado, el gran dragón podría devorarte —susurró, inclinándose apenas hacia ella—. Y no me refiero solo a la herida.

Ana pasó, sintiendo la mirada de Marina clavada en su espalda. Se encerró en el baño, apoyó la frente contra la puerta fría y cerró los ojos.

Estaba en la casa de un hombre al que apenas conocía. Un hombre que la había cargado al hombro frente a medio bar, que la había defendido con la mirada, que ahora le ofrecía su cama y su ropa. Un hombre que, a pesar de todo, se proponía cuidarla. A toda costa.

Y ella, por primera vez en mucho tiempo, no quería huir.

Solo quería saber hasta dónde llegaría esa velocidad.




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