Ana salió del baño con la playera negra de Alberto cayéndole hasta los muslos. La tela olía a él: a madera, a cuero y a algo más profundo, casi animal. Se detuvo en el umbral de la habitación, la luz de la lámpara de noche dibujando sombras largas sobre las sábanas revueltas.
Alberto ya estaba acostado. Completamente cómodo, como si el mundo no hubiera intentado matarlo esa misma noche. El torso desnudo, la venda fresca brillando blanca contra su piel morena, un brazo doblado bajo la cabeza. La miró y sonrió con esa lentitud que siempre la desarmaba.
Ella dio un paso, luego otro. Miró a un lado, al otro. La cama era grande, pero parecía un océano. Soltó una risa nerviosa, casi un gorjeo, sin saber muy bien de qué se reía.
—¿Entonces? —preguntó, la voz más aguda de lo que pretendía—. ¿Dónde duermo?
Alberto no contestó con palabras. Solo se movió hacia el lado izquierdo, abriendo un espacio generoso a su derecha. Con la mano abierta, como quien invita a un baile, señaló el hueco que acababa de dejar.
—Aquí —dijo, suave, casi tierno—. Conmigo.
Ana parpadeó. El corazón le dio un salto ridículo.
—Estás bromeando, ¿cierto?
Él la miró sin comprender la pregunta, como si la idea de que ella durmiera en otro sitio fuera absurda.
—O duermes aquí… o con Marina en el sofá.
Desde el rincón improvisado al fondo de la habitación, Marina soltó un bufido. Había tendido una cortina improvisada con una sábana vieja y un palo de escoba atravesado entre dos sillas. La tela era tan fina que dejaba ver su silueta: piernas cruzadas, el vaso de whisky en la mano, el perfil afilado de su rostro. No la habían invitado a la cama. A ella, que había dormido allí cientos de noches. Y eso le ardía más que el alcohol.
Ana la miró de reojo. Marina la observaba con una mezcla de desprecio y fastidio, como si la escena le provocara urticaria. Ana tragó saliva. La opción del sofá con esa mujer que la odiaba —y que probablemente la asesinaría mientras dormía— era peor que cualquier otra cosa.
—Está bien, entonces —murmuró—. Aquí.
Lo dijo con esa vergüenza antigua, la que tienen las mujeres que llevan demasiado tiempo sin que las toquen. Con la torpeza de quien no sabe cómo ocupar el espacio de otra persona. Se metió bajo las sábanas con movimientos rígidos, el cuerpo tenso, las rodillas juntas.
Alberto la observó. Y entonces soltó una risa baja, profunda, que vibró en su pecho herido. Una risa encantada, casi infantil, como si acabara de recibir el mejor regalo del mundo.
Marina, desde su rincón, se dio la vuelta con brusquedad. La cortina transparente ondeó y dejó ver cómo se cubría la cara con el brazo, furiosa.
Ana se acomodó de lado, de espaldas a él, pero no pudo evitar girar la cabeza. Lo miró. La línea fuerte de su mandíbula, la cicatriz antigua que le cruzaba el hombro, la forma en que su pecho subía y bajaba con cada respiración. Compartir cama con un asesino. Con un hombre que había matado. Y, sin embargo…
Alberto se movió apenas. Su voz salió cálida, ronca de sueño y de dolor contenido.
—No te preocupes. Incluso si quisiera tocarte… no tengo energías para eso.
Se tocó la venda con dos dedos, una sonrisa torcida en los labios.
Ana sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho. No estaba segura de si todavía le tenía miedo. Tal vez sí. Tal vez ya no. Lo que sí sabía era que, por primera vez en mucho tiempo, se sentía vista. Deseada. Protegida.
Alberto cerró los ojos. Su mano, grande y callosa, descansó sobre la sábana, a centímetros de la de ella. No la tocó. Solo dejó que el espacio entre ellos se llenara de silencio.
Ana siguió mirándolo. La luz de la lámpara le doraba la piel. El pecho subía y bajaba. Y en su cabeza, como un susurro que no se atrevía a decir en voz alta, repitió:
Compartir cama con un asesino. Pero… empiezo a sentir cosas por él.
Lo dijo para sí misma, una y otra vez, mientras sus ojos se perdían en el contorno de sus labios, en la curva de sus pestañas, en la forma en que su mano parecía esperar, quieta, paciente, como si supiera que tarde o temprano ella la tomaría.
Fuera, la ciudad seguía corriendo a toda velocidad. Dentro, el tiempo se había detenido.
Y Ana, por primera vez, no quiso que volviera a moverse.
Editado: 13.02.2026