—¡Deberían estar avergonzados! ¡Son universitarios! No entiendo ¡¿cómo es que pudieron causar tal desastre?! —Envuelto en cólera, el director grita fervientemente.
—Lo sentimos mucho —me disculpo apenada.
—Hable por usted señorita Lara; estos jóvenes tienen edad suficiente para hacerlo por si mismos.
—No debimos comportarnos de esa manera —habla Thiago—. Lo lamento.
Tras su disculpa, las miradas de los presentes se dirigen a Ezra, pues se supone es su turno.
—No es para tanto. Si usted no hubiera venido ni siquiera se habría enterado de lo que pasó. Íbamos a limpiar de todos modos —suelta restándole importancia al asunto.
Del modo en que lo pone, hace parecer que el enojo del director es absurdo y en todo caso su propia culpa.
—¡¿Cómo que no es para tanto?! —Exaltado, golpea fuertemente con la palmas de sus manos el escritorio frente a él a la vez que se pone de pie.
—Ya cálmate, Thomas —le pide su esposa, quien se encuentra a su lado, haciéndolo sentar nuevamente—. Son jóvenes, a su edad es natural ser espontáneos.
—¡¿Jóvenes?! ¡¿Espontáneos?! —La furia del director emerge como pastilla efervescente, pero su adorable esposa logra tranquilizarlo—. Ya tienen veintitrés, van a graduarse de la universidad y aún juegan con agua y jabón. —Resignado y evidentemente derrotado, suelta un suspiro posando la cabeza sobre la palma de su mano.
—Cariño, eres un viejo amargado, no esperes que actúen como tú.
—¡Catalina! —Avergonzado y sorprendido, los colores se le suben al rostro.
Aunque intentamos contenernos, no podemos siquiera disimular la risa, lo cual no pasa desapercibido para el director pues termina lanzándonos su mirada fulminante.
Mientras Thiago y yo nos arrepentimos de inmediato ante su reacción, Ezra permanece serio e impasible, con la mirada hacia el exterior viendo por la ventana.
—Ya déjalos ir. Es domingo y creo que ya pasaron suficiente tiempo escuchando tus regaños —le dice su esposa.
—Pues no tanto como quisiera.
Esperanzados, nos mantenemos en silencio a la espera del tan ansiado permiso para retirarnos. Catalina, abogando por nosotros, insiste sutilmente con la mirada.
—Agh, está bien. Pueden irse —accede—. Tú y yo hablaremos después —sentencia a su esposa quien se hace la desentendida.
—Ya vámonos —musito a mis compañeros.
—He sido demasiado indulgente con ustedes, ese ha sido mi error —se lamenta.
—Ya váyase —dice su esposa satisfecha a lo cual asentimos gustosos.
—Usted no, joven Cantú —prohíbe el director—. Necesitamos hablar.
—¿Otra vez lo mismo? —se queja Ezra.
—Es un asunto importante y no podemos posponerlo más.
—Que sea importante para usted no significa que de verdad lo sea y mucho menos para mí.
—No me colmes la paciencia jovencito —advierte tratando de contenerse.
—Entonces déjeme en paz.
—¡Ezra!
—Thomas —le llama Catalina—. Se prudente. —Nos da una mirada, luego al director y finalmente a Ezra.
—Váyanse ustedes —indica.
—Te esperamos afuera —le aviso.
—No. En un rato más entro a trabajar, aunque te quedes no podré pasar más tiempo contigo —me explica—. Disfruta el resto de tu día. Te llamo saliendo del trabajo. —Un beso en la frente es su despedida y el punto final del asunto.
La tensión en el ambiente me preocupa y quisiera quedarme, pero al verlo a él tan sereno y a Catalina sonriendo, acepto su petición.
...
Ansiosa, reviso por octava vez mi teléfono.
—Ya debe estar rumbo al trabajo —dice Thiago sin descuidar el volante.
Usualmente es Frida quien nos lleva y trae a todos lados, pero como hoy no está con nosotros, es Thiago quien cumple la función y conduce a su casa.
—¿Sí, verdad?
Después de todo, ya pasaron más de treinta minutos.
—¿Viste que ni siquiera se sorprendió cuando el director le gritó? Ya no te preocupes.
Thiago tiene razón. Estaba muy tranquilo mientras el director casi echaba humo por las orejas.
—¿Crees que a tu mamá le guste el postre? —Cambiando de tema, palmeo la caja que sostengo sobre mis piernas.
—Mi mamá gritaría de júbilo aunque le llevaras una fea roca.
Hace tiempo que no veo a su madre y como no quería llegar con las manos vacías a su casa, saliendo de la universidad pasamos a una pastelería que Ezra y yo frecuentamos para comprar un delicioso presente.
—Bienvenidos —saluda Olimpia gustosa al recibirnos en la entrada.
—Hola, mamá.
—Olimpia, un gusto verla. Mire, le traje un obsequio —anuncio entregándole la cajita con el cheescake adentro.
—Anya, preciosa, tú siempre tan atenta. —Alegre, acepta el regalo para luego tomarme del brazo y llevarme hacia adentro—. Llegas justo a tiempo para beber un poco de café conmigo.
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Editado: 04.01.2026