El cielo azúl aún no es claro y brillante.
Quería que cuando Ezra llegara a nuestro punto de encuentro lo primero que viera no fuera una banca vacía, sino mas bien a su novia esperándolo emocionada, asi que madrugue más que nunca. Ahora, mientras ansío su llegada, observo con ilusión el pastel que sostengo sobre mis piernas y el globo atado a la caja mientras me pregunto: ¿Qué cara pondrá al verme?
Las siete de la mañana. Ezra no ha llegado.
Le llamo por teléfono y suena un tono, dos tonos y al tercero por fin contesta.
—Hola.
—¡Buenos días!
—¿Qué pasa? Estoy ocupado.
—¿Hoy también?
—Cariño, si vas a reclamarme ahora no tengo tiempo.
—No te llamo para eso —aclaro—. ¿Vas a tardar mucho? Estoy esperándote.
—No sé cuánto me va a tomar esto —responde con pesar y frustración—. Ve tu primero, no quiero que llegues tarde por mi culpa. No me esperes —precisa.
—Está bien, nos vemos.
—Adiós —se despide antes de colgar el teléfono.
Ni loca me muevo de aquí.
Si me llevo esto a la universidad los demás harán barullo cuando se lo entregue y no quiero eso. Quiero que sea especial e íntimo, ni siquiera mis amigos están aquí, asi que para cumplir mi propósito esperaré lo que tenga que esperar.
Se dan las ocho, pero no desespero, en vez de eso, aumentan mis ganas de verlo. De mi mochila, saco la cajita negra que contiene su obsequio. La abro y me deleito con la imagen en mi mente de Ezra luciendo su nuevo reloj. Observo con atención la cuera marrón mientras paso mis dedos por ella sintiendo su textura. Doy unos golpecitos en el vidrio que cubre las manecillas y al escuchar su sonido suelto una sonrisilla.
Las nueve llegan en un parpadeo y el clima se torna más frio. Mi entusiasmo no aumenta, pero se mantiene. Giro la cabeza de un lado a otro esperando poder vislumbrarlo en la lejanía, pero nada.
El reloj marca las diez y me entran las ganas de llamarlo, pero desisto de ello para no agobiarlo ya que él me advirtió que no sabía cuánto le tomaría lo que fuera que estuviera haciendo.
Mi corazón se ha calmado ya. Quizá porque no siento la misma emoción o quizá porque ahora el aire es lo suficientemente helado como para hacerme tiritar.
Se dan las once. Hace tanto frio que para poder calentarme un poco dejo el pastel sobre la banca para subir mis piernas y abrazarme a ellas.
Me duelen los dedos y siento el rostro entumecido.
Al llegar las dos de la tarde en un momento desesperado casi lo llamo, pero en este punto la idea me parece absurda.
Ya no me importa la hora, tampoco si viene o no, solo quiero irme a casa.
Intento marcharme, pero al hacerlo evidencío mi rostro lloroso y un par de personas al ver mi expresión y el pastel en la banca se burlan sin pudor. La vergüenza y el pinchazo en mi dignidad me obligan a regresar a mi asiento para hacerme un ovillo y así, fingir que paso desapercibida hasta que caiga la noche y pueda regresar a casa. Mientras tanto, en mi mente cruza la culpa y una pizca de resentimiento infundado. Lamento haber esperado tanto, lamento haber sido tan terca y lamento culpar a Ezra por no haber sido claro y decirme que no vendría.
—Mira, ahí está —dicen.
Temerosa de que sea alguien conocido, aprieto más las piernas contra el pecho.
—Y con el frío que hace, ¿Por qué se quedó? —agrega su acompañante.
Inevitablemente, sus pasos acercándose a mí aceleran el latir de mi corazón. Me siento vulnerable, expuesta y estúpida.
—Tranquila, ya estamos aquí.
Ante su abrazo, relajo mi cuerpo y levanto la cabeza al reconocer la voz de Thiago.
—Anya, estás helada —comenta Frida del otro lado luego de acariciar mi mejilla. —Vamos, el coche está cerca.
Thiago me ayuda a levantarme y me acompaña sin soltar mi mano hasta el coche de nuestra amiga. Dentro, en la comodidad de los asientos, me recuesto en la parte trasera. Ayer no pude dormir bien debido a la emoción y hoy me levanté muy temprano, por lo tanto mi cuerpo, mente y alma se sienten exhaustos. Ante el confort de la compañía y la calefacción del coche, cierro los ojos permitiéndome un momento de relajación al salir finalmente de la previa situación.
No mucho después, la puerta delantera del coche se abre y se cierra indicando la llegada de Frida.
—¿Por qué trajiste eso? —le reclama Thiago.
—¿Y qué querias? No podía dejarlo ahí —responde ella al encender el coche.
Ambos continúan duscutiendo, pero mis ojos pesan tanto y la fatiga es tan inmensa, que poco logro entender de qué hablan.
—Ya llegamos —avisa Thiago despertándome con delicadeza.
Al levantarme, me doy cuenta que estamos en su casa. Bajamos del coche, entramos a su casa y a su lado, caminamos hasta las escaleras.
—Sube a mi habitación —indica—. Voy por algo caliente para beber.
Esta vez obedezco, subo los escalones y me dirijo hasta el final del pasillo para finalmente llegar a su cuarto en donde al entrar, lo primero que veo son los globos y el pastel.
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Editado: 04.01.2026