En silencio, observamos el pastel sobre la mesa.
—¿Quién lo parte? —pregunta Frida.
—Hazlo tú —le dice Thiago.
—¿Yo por qué?
—Porque tú lo trajiste.
—Pero ha sido tu idea comerlo. Así que lo partes tú —le ordena.
Sin resistirse más, Thiago toma el cuchillo para lentamente deslizarlo hacia abajo, cortando así, el bizcocho de chocolate. El primer trozo lo pone en un plato y me lo entrega.
—Tú pruébalo primero —me dice.
Tomo un poco de pastel con el tenedor. Observo a mi compañía y ante su atenta e insistente mirada, doy el primer bocado. El pan se siente ligero, esponjoso y con mucho sabor a chocolate.
Las lágrimas comienzan a acumularse en mis ojos al pensar en lo mucho que le habría gustado a Ezra. El sabor, relleno y la decoración fueron hechas especialmente para él y ahora, jamás se enterará de que le preparé esto.
—Eres un tarado, por tu culpa está llorando —le acusa Frida.
—¿Por mi culpa? Fuiste tú quien trajo todo eso. Debiste dejarlo donde estaba.
—Cállate, tonto —susurra.
—Te escuché. —Rápidamente, le rodea el cuello con el brazo atrayéndola hacia él.
—¡Suéltame, bruto!
Entre risas, forcejean mientras les observo desde el sillón paralelo.
Bien podrían mimarme o consolarme, en cambio, actúan como de costumbre.
—Te haré pagar todas tus insolencias —sentencia Thiago—. ¡Ah! ¡Me mordiste! —exclama abriendo bien los ojos.
—¡Sí! Y lo volvería a hacer —confiesa sin remordimiento.
En la expresión de Thiago se nota que aún no asimila que nuestra amiga lo ha mordido. Frida se mantiene en silencio, a la espera de un próximo ataque. La situación me parece tan graciosa que no puedo evitar comenzar a reír.
—¿Por qué te ríes? ¡¿Qué no ves que me mordió?! —Indignado, me muestra el sitio donde Frida lo mordió. La zona está roja y las marcas de los dientes siguen ahí.
—Es que tú me estabas ahorcando —se excusa.
—¡Apenas te apreté!
—¡Yo pude haber muerto!
Inevitablemente, estallo en risas otra vez y por un momento, es el único sonido que escuchamos.
—Gracias —pronuncio al limpiar una lágrima que logró caer.
—¿Por morderlo?
—¿O por ahorcarla?
—Por salvarme.
—No exageres. Solo te trajimos a casa —comenta Thiago.
—Las personas que pasaban por ahí se burlaban; ni siquiera disimulaban. Sus cuchicheos eran tan fuertes que podía escucharlos. Quería levantarme e irme, pero tenía miedo de que alguien me reconociera —confieso recordando el momento.
Las lágrimas se acumulan en mis ojos, esta vez, de dolor y tristeza.
La cálida sonrisa de mi amiga y la tierna mirada de Thiago son tan reconfortantes. A su lado me siento segura.
—¿Por qué no nos llamaste? Habríamos llegado enseguida —asegura Frida.
—No se me ocurrió —confieso—. Estaba tan pendiente de Ezra y su llegada, que no pensé en nada más.
—¿No te avisó que no iba a ir? —cuestiona Thiago entre molesto y sorprendido.
—No. Solo me pidió que me adelantara. Creí que a lo mucho tardaría una hora o dos, por eso lo esperé.
—¿Por qué te quedaste tanto tiempo entonces?
—Porque no quería arrepentirme. Si llegaba a la universidad poco después de la hora me habría culpado por no esperarlo y pues... hoy es su cumpleaños y quería darle una sorpresa.
—Sorpresa la que nos llevamos nosotros cuando lo llamamos —comenta Frida.
—¿Lo llamaron? ¡¿Le dijeron que yo no había llegado?! —Ya pasé suficiente vergüenza a causa de mi terquedad como para también humillación al quedar expuesta.
—No, claro que no —niega de inmediato—. Queríamos unirnos a ustedes un rato, los íbamos a invitar a comer, pero ni siquiera nos contestó.
—¿No? ¿Entonces cómo supieron dónde estaba?
—Frida rastreó tu teléfono.
—Oh.
No sabía que tenía un rastreador. ¡¿Qué?! ¿un rastreador?
Detrás de las orejas, en los brazos e incluso la cabeza, paso las manos tocándome detenidamente.
—No instalé un rastreador en tí —aclara Frida—. Aunque no es mala idea.
—¿Entonces dónde?
—Lo instalé en tu teléfono.
—¿Cuándo?
—No entremos en detalles. El punto es, que gracias a mi precaución, pudimos encontrarte rápidamente.
—A veces sirve de algo —comenta Thiago dándole palmaditas en la cabeza.
—Voy a morderte de nuevo —lo amenaza.
De inmediato, retira la mano y se aleja un poco de ella.
—Se me antojó el pastel. Sírveme un trozo —le pide Thiago cambiando de tema.
—Sírvete tú, holgazán —se niega haciendo una mueca.
—Debí ahorcarte cuando pude.
Frida ya no responde, solo lo mira de mala manera.
Sin siquiera intentarlo, mis amigos me alivian el corazón y distraen mi mente; y sin que lo sepan, agradezco por tercera vez en el día el tenerlos conmigo.
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Editado: 04.01.2026