Tan libre como puedas

CAPITULO 5 Parte 3

Entre querer, no querer y un sentimiento agridulce, el pastel se termina. Ya es tarde, asi que decidimos volver a casa.
—Ella sí tiene un futuro brillante. Conduce con cuidado y llévala a casa —le dice Thiago a mi amiga luego de que subimos al coche.
—¿Quieres que te golpee? —sentencia.
—Estoy bien asi. Nos vemos mañana —se despide retrocediendo.
Aparentemente cansada, suelta un suspiro, luego enciende el coche y finalmente, nos marchamos.
Frida no quiere regresar a su casa, por eso, decide pasar la noche en la mía. A mitad de camino, pasamos al autoservicio de “Hambre Buena”.
—¿Quieres papas? —me pregunta mientras hace el pedido.
—Sí.
—Agrega dos órdenes de papas gajo jumbo, por favor —le indica.
—Bien. Le entregan su pedido en la siguiente ventanilla —le informa la empleada.
—Gracias.
El coche avanza lentamente mientras salen las órdenes de las personas que están delante. Cuando llega nuestro turno, reviso el pedido luego de que nos lo entregan. Dentro de la bolsa, encuentro un papel que claramente no es un ticket. Se lo muestro a Frida, pero no le da importancia.

Al llegar a casa, Darla nos recibe en la entrada y sin preguntarle, me dice dónde están mis padres.
—Espérame en mi cuarto.
—Date prisa o se acaban las papas —avisa Frida.
La única condición que me puso mi madre cuando comenzó a dejarme salir sola fue que le avisara en cuanto llegara. Hasta ahora, he cumplido con ello sin falta.
Al estar a mitad de escalera, un estruendo repentino me hace correr hasta su habitación. Frente a su puerta, dudo en si es buena idea entrar.
—¡Ya te dije que está todo arreglado! Deberías estar contenta —habla mi padre—. Dentro de dos semanas lo voy a traer para que lo conozca.
—Es muy pronto.
—¿Por qué te quejas tanto? Todo esto es por ti.
—No es cierto. —Al escuchar su voz temblorosa, se me hace un nudo en la garganta.
Tomo la perilla con fuerza, pero por alguna razón, no es la suficiente para abrir.
—Yo solo sigo la tradición de tu familia. Deberías estar felíz.
—Piensalo bien, por favor. Es muy repentino.
—¡¿Entonces cuándo?! —Mi cuerpo entero da un brinco al escucharlo gritar de esa manera.
Cuando por fin me decido a entrar, la puerta se abre frente a mí, pero no he sido yo quien ha girado la perilla.
—Buenas noches —saluda Frida entrando a la habitación—. Lamento interrumpir, pero tenía muchas ganas de verlos y le pedí a Anya que me trajera. Espero no molestarlos.
Entro detrás de ella. Mi vista va directamente a mi madre y luego, a los trozos azules de cerámica que yacen cerca de ella.
—Pero qué dices. Siempre eres bienvenida. —Gustoso, mi padre se acerca a saludar a Frida.
Mi amiga se muestra tan natural, como si nada le afectara. En cambio yo ¿por qué soy tan cobarde?
—Hija —me llama antes de darme un beso en la mejilla—. Ah, no te preocupes. Ya sabes como es tu madre de distraída —dice al ver que mi atención es toda para ella.
—Mamá, ¿te lastimaste? ¿estás bien? —Incluso esas simples preguntas salen vacilantes.
—Sí, cariño. Fue un accidente.
El ambiente se pone incomodo con el silencio tan repentino.
No despego la vista de mi madre en cambio ella mantiene la suya pegada al piso.
—Bueno, nosotras ya nos vamos —anuncia Frida.
—¿Nos acompañas a cenar? —propone mi padre.
—Vamos a ver una película —le informa—, y ya compramos comida.
—Que lástima.
— La próxima vez con gusto los acompaño —dice—. Ah, por cierto, Emma, la necesitan allá abajo.
—¿Sí? Voy enseguida —anuncia.
Aliviada, observo como sale de la habitación a toda prisa. Luego de eso, nos despedimos de papá antes de salir.
—Era mentira ¿cierto?
—Quien sabe —responde mientras caminamos por el pasillo.
Últimamente, mis padres discuten muy seguido. Mamá es la clase de persona que acepta lo que se le impone sin rechistar, jamás le había objetado nada a mi padre, pero en esta ocasión, debe tratarse de algo muy importante si ella intenta hacerse escuchar.
—¿Qué tanto escuchaste?
—Lo que tú quieras que haya escuchado —responde con un vaivén de hombros.
Sonrío agradecida. Frida y yo nos contamos todo, sin embargo, hay ciertos temas que preferiría no tratar. Además, ni siquiera entiendo de qué estaban hablando.

En cuanto llegamos a mi habitación, Frida corre a tumbarse sobre el sofá para así, iniciar la película que previamente había puesto. Me siento a su lado, abro la bolsa y saco la comida asi como el papel.
—¿Qué vas a hacer con esto? —pregunto al mostrarle el trozo de hoja.
—¿Hacer con qué? —Se hace la desentendida.
—Con el papel que te dejaron en la bolsa.
—¿Y quién dice que es para mi?
—“Para la chica de rosa” —leo del papel para después mostrarle la evidencia.
—Yo visto de magenta —aclara señalando su playera.
—Solo tú lo distingues.
—No me interesa. Bótalo.
—Bueno. —Acatando la orden, hago bolita el papel para arrojarlo en el bote de basura.
Es para ella y si no le interesa, no puedo hacer nada más que respetar su deseo.
—Ven rápido, ya va a empezar.
—¿Otra vez esa? —me quejo sentándome a su lado nuevamente.
—Me encanta el protagonista. Tiene unos ojos preciosos.
Ya perdí la cuenta de cuántas veces hemos visto la misma película.
Entre eso y un montón de comida chatarra, se llega la hora de dormir.

La habitación, iluminada por la luz de la luna, se vuelve el lugar sagrado donde abrimos nuestro corazón.
Frida comienza a recordar aquellos años donde su padre aún vivía y su madre era felíz y cariñosa con ella.
—¿Por qué tenía que morir? Él ni siquiera bebía.
El padre de Frida murió en un accidente automovilístico causado por un ebrio cuando ella tenía apenas siete años. La edad suficiente para tener recuerdos de un padre amoroso y sufrir por su ausencia.
—Lo extraño —susurra en un hilacho de voz.
Me acerco más a ella para poder abrazarla. Su cuerpo tiembla mientras llora aferrada a mí. Acaricio su cabello hacia atrás, tratando de hacer que sienta mi cariño.
—Lo lamento. No puedo hacer más que esto —le digo apretándola contra mi—, pero te juro que si pudiera me llevaría todo tu dolor.
Por un momento, permanecemos en silencio hasta que logra controlarse.
—Jamás te daría mi dolor —me dice—, pero puedes llevarte a mi madre.
No entiendo como aún en estos momentos puede bromear así.
—Solo tú puedes con ella.
Aún entre mis brazos, suelta una risilla.
—Con el paso de los años me acostumbré a su carácter. Si ella no hubiera hecho eso, podríamos vivir en paz ahora —menciona refiriéndose al compromiso.
—No creo que lo diga enserio. Para mí que lo usa como amenaza. Ya han pasado muchos años y no aparece el famoso prometido.
—Yo pienso lo mismo. Últimamente es más insistente, seguro se dio cuenta que ya no funciona. —Guarda silencio por un momento mientras observamos la luna—. ¿Tú qué harías si Emma te obligara a casarte? —suelta finalmente.
—¿Mi madre? Imposible. —La sola idea es absurda y da risa.
—¿La odiarías? —insiste.
—No puedo imaginar a mi madre haciendo eso, en todo caso, creo que quien podría hacerlo sería mi padre. Aunque también lo dudo. No hay razón para que lo haga.
—Mi madre tampoco tiene alguna razón y ya ves.
—Ya no pienses en eso. Pronto se cansará y dejará de fastidiarte.
—Tienes razón. Supongo que entonces debo prepararme para lo que sea que se le ocurra después.
El ambiente se relaja.




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