Tan libre como puedas

CAPITULO 6

El viernes ha llegado y aún no tengo noticias de Ezra. Intenté llamarlo en varias ocasiones, pero me mandó directo a buzón.

—Los exámenes comienzan la próxima semana —anuncia el profesor a pesar de que nadie le pone atención—. Hoy es el último día para entregar sus proyectos. —Poco le importa si lo escuchan, su atención está en su reloj y cuántos minutos faltan para salir—. Ah, casi lo olvido. El evento del aniversario de la universidad se ha cancelado.
—¿Qué? ¿Por qué? ¡No es justo! —El barullo de la clase comienza de repente ante la noticia.
—Ha habido ciertas situaciones con los organizadores. El director, para evitar problemas, lo ha cancelado, pero planea retribuirles con el viaje de graduación —informa.
—¿A dónde nos van a llevar?
—¿Iremos en barco o en avión?
Mis compañeros se amontonan preguntando al mismo tiempo, pero para su suerte, suena el timbre sin obtener respuestas.
—Que tengan buen fin de semana. —El profesor se pone de pie y se marcha dejando a la clase entusiasmada.
El tema no nos interesa, asi que luego de tomar nuestras cosas salimos del salón.

—¿Y ahora qué sigue?
—Mmm, ¿qué tal el boliche? —sugiero.
—¡Sí! Hace tiempo que no vamos —menciona Frida—. Nos vamos en tu coche —se dirige a Thiago—. Al mío lo enviaron al mecánico.
—Pero le hicieron servicio hace dos semanas —comento.
—Pues sí, pero mi madre necesitaba reafirmar su control sobre mí.
—Que mal.
—¿Dónde está tu coche? —le pregunta Frida.
—En mi casa.
—¿Por?
—Nunca traigo el coche a la universidad. Por la mañana me traen y por la tarde mi chofer me lleva de regreso todos los días.
—Soy yo quien te lleva de regreso —le dice Frida.
—Por eso —responde.
—Voy a cobrarte a partir del lunes —sentencia.
Reviso mi teléfono mientras permanecemos frente a la universidad. Me decepciono al ver que no hay llamadas ni mensajes en la bandeja. El mío parece estar hibernando, en cambio el de Frida no para de sonar.
—¿Qué quieres? —contesta de mala gana la llamada.
Por su expresión y tono de voz, puedo adivinar quién es.
—Creo que ya no va a ir al boliche —susurra Thiago.
—Que no, ya tengo planes. —El fastidio adorna cada palabra que pronuncia—. Pues no es asunto mío. Arréglate como puedas —sentencia antes de colgar.
La llamada no dura lo suficiente como para calmar su enojo y la deja con mala cara.
—¿Todo bien?
—¡Es una bruja! —exclama furiosa.
Al instante, el coche de los Calixto aparca frente a nosotros. El chofer baja para abrir la puerta trasera.
—Señorita, su madre me ha enviado por usted —le dice.
—No pienso ir.
—No me ponga en un aprieto. Si no la llevo, su madre va a despedirme y soy demasiado viejo como para conseguir un nuevo empleo. Seguro terminaré en las calles, pidiendo limosna, rogando por un poco de comida para mi familia.
—Está bien, está bien. Voy a subir —accede a la petición del hombre de cabellera blanca—. Pero que sepas que eso es chantaje —le acusa entrando al coche.
El hombre sonríe ante el puchero de mi amiga y cumpliendo su propósito cierra la puerta.
—Corre antes de que nos pida que la acompañemos —musita Thiago.
—¿Qué?
—¡Oigan! —nos grita Frida abriendo la puerta del coche—. Ustedes se sacrificarán conmigo, suban.
—Te lo dije —se queja—. Ni creas que iremos contigo —le dice.
—Es solo una comida con mi madre. No van a dejarme sola ¿verdad? —Su expresión es tan tierna, vulnerable y afligida, que no puedo negarme.
—Claro que no —respondo subiendo a su lado.
—Pero ni creas que me voy a quedar al postre —le avisa Thiago uniéndose.
El coche arranca llevándonos así, hasta nuestro cruel destino.

Al dar el primer paso dentro de la casa de Frida, se siente como el principio del fin y mi corazón lo sabe.
—No la miren directo a los ojos —ordena—. No muestren debilidad.
Caminando por el largo corredor que lleva hasta su sala, nuestros pasos marcan la cuenta regresiva haciéndose sonar como un escalofriante tic tac.
—Llegas tarde. —Es lo primero que dice Nicol al ver a su hija.
—De haber podido no habría llegado.
—Deja tus tonterías para después, ahora no es momento. —La frialdad en su voz casi me hiela la piel—. Y ustedes no desvíen la mirada. No los voy a convertir en piedra —se dirige a nosotros.
—Hola, Nicol.
—Cuánto tiempo —saluda Thiago.
Nicol regresa el saludo por mero compromiso, pero después de eso, no nos presta atención.
—Te dije que pronto llegaría. Ahora sonríe que los voy a presentar.
—¿Presentar a quién? —Frida hace la pregunta, pero todos queremos la respuesta.
—Elliot, tu prometido.
Es impresionante cómo tan pocas palabras pueden causar una explosión tan grande de emociones.
Esta comida más que arruinar nuestros planes, ha pisoteado la teoría de que era un mero chantaje.
El joven de cabello castaño y ojos azules al cual no habíamos notado, se acerca a ella.
—Hola —saluda emocionado—. Soy Elliot, tu prometido —se presenta extendiéndole la mano.
Si el solo verlo le causaba mala cara, escuchar su presentación casi la desfigura.
—Frida, saluda —ordena Nicol.
Su hija se queda inmóvil, absorta en esa mano que pretende ser cordial.
—Thiago Téllez. —Al ver que su amiga no tiene intención de saludarlo, se apresura a hacerlo él.
—Elliot Gallur —corresponde el apretón.
Me acerco a Frida sin siquiera mirar al hombre. Tomo su mano que está tan fría como si hubiera sostenido un témpano de hielo e intento hacer que se sienta mejor conmigo cerca.
—Yo iba a perdonarte —masculla.
—¿Qué? —Al estar tan lejos, Nicol no la ha escuchado—. No balbucees.
—¡Dije que lo único que haces es arruinarme la vida! —exclama.
—Eso dices ahora, pero cuando crezcas me agradecerás.
—¿Qué voy a agradecerte? ¿Que me entregues a un tipo que no conozco? —Con cada palabra aprieta más mi mano—. ¿Que solo me busques para hablarme de él? ¡Dime! ¡¿Qué es lo que tengo que agradecerte?!
—El tiempo —responde Nicol.
—¿El tiempo? Tiempo es lo que se me escapa entre las manos y cada día te entiendo menos.
—No necesito que me entiendas. Solo espero que me obedezcas y aceptes la vida que tengo planeada para ti.
—Pero yo quiero planear mi vida.
—No importa lo que quieras ahora. Yo sé qué es lo mejor para tu futuro. —Nicol se acerca hasta su hija y la toma de los hombros mirándola fijamente a los ojos—. Vivirás cómodamente, rodeada de lujos. Ni siquiera tendrás que trabajar para poder viajar a donde quieras, cuando quieras.
Los ojos de Frida brillan intensamente, pero no derraman una sola lágrima. Sus manos tiemblan e incluso su cuerpo. Aparta los brazos de su madre retrocediendo un paso.
—Te odio —le dice sin bajarle la mirada—. Te odio a ti, lo odio a él y todo lo que han planeado. Si tan buena es esa vida que planeas, ¡entonces cásate tú!
—Oh, no, Cali, pero que barbaridades dices —interviene Noah llegando de repente—. Suficiente tiene el pobre con lo que está pasando como para que quieras dañarlo más casándolo con ella.
—¡Mamá! —La cara de Nicol se pinta de colores.
—Abuela. —Como una niña pequeña, Frida se tira a sus brazos.
—Ya estoy aquí, cielo —le dice mientras acaricia su cabello.
Noah es la única que podría tratar así a Nicol sin temer las consecuencias, después de todo, es su madre y la única a quien teme y respeta.
De repente, la sola presencia de Noah calma el ambiente hostil de toda la habitación.
Alegres de verla, Thiago y yo nos acercamos para abrazarla también.
—Cuánto han crecido —nos dice—. Sé que no vienen aquí muy seguido para evitar disgustos —comenta mirando a su hija para hacer referencia—, pero pueden ir a mi casa cuando quieran.
—Gracias Noah. Te visitaremos más seguido —aseguro.
Noah es lo más cercano que tengo a una abuela. Cuando era pequeña, junto a Thiago y Frida, visitábamos su casa todos los fines de semana. Siempre nos preparaba un bocadillo para comer mientras nos contaba historias de su juventud.
—Bueno, ¿por qué no vamos a comer? —sugiere—. La comida ya está servida y no me gusta fría —comenta.
Tras ella, Frida, Thiago y yo, caminamos rumbo al comedor.
Mi amiga está más relajada, pero aún así, se le nota incómoda. Mientras la observo, no dejo de preguntarme qué puedo hacer para ayudarla.
¿Un abrazo?
¿Palabras de aliento?
Si tan solo entendiera lo que está sintiendo, sería más fácil.




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