Tan libre como puedas

CAPITULO 7 Parte 1

Como es costumbre cada domingo, mis padres y yo pasamos la mañana juntos.
Cuando era niña, esperaba ansiosa los panqueques que mi madre preparaba con sus propias manos. A veces me dejaba ayudarla, pero cuando no, esperaba junto a mi padre en un sillón. A su lado, sostenía una de mis revistas mientras lo imitaba a él leyendo el periódico. En ocasiones, se daba cuenta de lo que hacía y me mostraba una leve sonrisa. Cuando el desayuno estaba listo y hacía buen clima, salíamos a comer afuera. Al terminar, mi madre se ponía a pintar en el jardín mientras mi padre nos observaba desde el porche.
De pequeña era todo tan hermoso.
Mi padre nunca ha sido muy cariñoso, aún así, mi madre lucía feliz, pero algo sucedió cuando cumplí trece años. Los momentos agradables se volvieron una monotonía aburrida, los domingos un compromiso y el caballete de mi madre jamás volvió a lucirse en el jardín. Incluso ahora, no sé qué sucedió.

—Mamá, ¿te sientes bien?
—Sí, cariño, no te preocupes. —Aunque lo diga con una sonrisa, dudo mucho que sea verdad—. Estoy un poco cansada, no dormí bien anoche.
Su piel es clara, pero aún así su rostro luce marchito. Las ojeras debajo de sus ojos color avellana hacen que luzcan cansados y tristes.
—¿Y cómo quieres dormir si te la pasas sentada en el tocador toda la noche? —le reprocha mi padre—. No duermes ni dejas dormir. Eres muy molesta.
—Si tú me escucharas…
—Sí, lo hago. Incluso escucho las palabras que no pronuncias; por eso hago todo esto, para complacerte.
—Eso no es lo que quiero.
—Ya basta. Déjame tomar una taza de café en paz.
La conversación termina de un solo tajo. Por el resto del desayuno, el único sonido que se escucha es el de los cubiertos mientras mamá y yo picoteamos la comida, en cambio, papá se toma su tiempo saboreando la bebida. Al terminar, se levanta y luego de despedirse, se marcha.
Mi madre y yo huimos a su estudio justo después.

—Mamá.
—¿Sí, cariño?
—¿Por qué llevas tanto pintando ese cuadro? —pregunto observando la pintura sobre el caballete.
—Porque no quiero terminarla.
—¿Entonces por qué sigues pintando?
—Porque no puedo abandonarla. —Su mirada se pierde entre su obra.
En el lienzo, mamá sigue dando pinceladas en la banca de madera. Sus labios sonríen mientras pinta las glicinias que, en diferentes tonos de morado, cubren la pérgola que crea una especie de túnel.
—Mamá.
—¿Sí, cariño? —responde sin apartar la mirada de su cuadro.
—¿Nunca pensaste en ser profesional? Ya sabes. Hacer exposiciones, viajar por el mundo en busca de inspiración, usar una de esas boinitas. —Al escucharme se detiene por un momento para luego continuar pintando.
—Cuando era joven ese era mi segundo mayor anhelo.
—¿El segundo? ¿Cuál era el primero?
—Casarme con mi amado. —De repente, su mirada adquiere cierto brillo, como si recordara algo maravilloso.
Me alegra saber que al menos pudo cumplir uno de sus sueños, pero me intriga saber qué pasó con el segundo, así que le pregunto.
—A tus abuelos nunca les gustó la idea y yo jamás tuve el valor para llevarles la contraria. No quería causarles disgustos, asi que solo hice lo que me pidieron —confiesa cabizbaja.
—Pues si tus padres eran como Nicol, no te habría servido de nada oponerte.
—¿A qué te refieres?
No he hablado con mi madre acerca del compromiso porque no creí que fuera un problema, pero ahora, quizá ella pueda ayudarnos.
—Mamá, Frida está comprometida.
Puedo ver como le cuesta asimilar lo que le acabo de decir.
—¿Qué?
—Este viernes su prometido se presentó en su casa.
—¡No puede ser! —exclama emocionada—. ¡¿Frida?! Debe ser un joven excepcional si logró cautivarla de esa manera. No puedo imaginar lo que debe estar sintiendo.
—Yo tampoco.
—Si a mí me llena de alegría la noticia, Nicol debe estar regocijándose.
—Bastante.
—Frida debe estar nerviosa con semejante situación, pero seguramente la emoción y felicidad lo compense todo.
—No lo creo.
Al ver la expresión en mi rostro, su entusiasmo se desvanece.
—Cariño, ¿qué pasa? —Ahora, en su rostro hay cierta preocupación.
—Mamá, Frida no quiere casarse.
—¿No? ¿Entonces por qué llevó a su prometido?
—Frida no le presentó su prometido a Nicol, Nicol le presentó su prometido a Frida —aclaro.
—Espera, ¿Nicol se va a casar? —La sorpresa e incredulidad contorsionan su rostro.
—No, mamá —niego perdiendo un poco la paciencia.
—Hija, explícate porque no te entiendo.
Me levanto de mi asiento para acercarme hasta ella y en cuclillas, la observo hacia arriba en busca de ayuda.
—Mamá, ¿por qué no hablas con Nicol? Ustedes solían ser amigas. Estoy segura de que si lo intentas podría escucharte.
—Cariño, ¿pero de qué estás hablando?
—¡La está obligando a casarse! —grito perdiendo los estribos.
Sé que no debería desquitarme con ella, pero las emociones se sienten tan a flor de piel que no puedo controlarme.
—No puede ser —musita incrédula—. Nicol no sería capaz de hacer algo así también.
—Lo está haciendo. Va a obligar a su única hija a que se case con un desconocido.
—En esta época nadie puede obligar a eso —sentencia.
—Quizá no, pero ¿y si logra convencerla o la chantajea? —Me pongo de pie escandalizada al imaginar de lo que podría ser capaz Nicol.
Mi madre se ve tan conmocionada. Aprieta los labios en una fina línea mientras mantiene la vista fija en sus manos. Suelta un suspiro tratando de calmarse, luego su gesto se relaja.
—Aunque me pusiera de rodillas , Nicol no me escucharía —responde a mi petición de hace rato—. Si ella llega hasta ese punto, entonces debe haber una razón muy fuerte para lo que está haciendo —habla refiriéndose al compromiso.
—¿Qué razón es tan fuerte y válida como para arruinar el resto de su vida. —Mi amiga no merece eso.
—Lo siento, cariño. —Con una expresión afligida, estira su mano hacia mi—. A veces, no hay otra opción.
Al tomar su mano, me invita a sentarme en su regazo. Aunque seguramente ya soy muy pesada para ello, poco importa en este momento.
—¿Qué hago entonces, mamá? —Abrazándome a su cintura, acepto su consuelo—. Es mi mejor amiga y está sufriendo.
—Por ahora tómalo con calma —precisa tomando mi barbilla con sus dedos—, cuando llegue el momento pueden fugarse —dice antes de darme un beso en la nariz—. Yo conseguiré los boletos de avión.
Su cuerpo tibio contra el mío, el sonido del latir de su corazón y el movimiento que hace su pecho al respirar, lentamente me hacen sentir tranquila. Su dulce aroma a melocotón me relaja mientras me tararea una canción.
Aún teniendo tantos problemas, aún con ese rostro pálido y ojos tristes, mi madre sigue cuidando de mi cuando yo ni siquiera soy capaz de abrir una puerta para defenderla.
—Mamá.
—¿Sí, cariño?
—¿Por qué pelean tú y papá? —Sé que aún no soy capaz de ver por ella, pero al menos puedo escucharla.
—Son cosas sin importancia —asegura.
—Si no fuera importante, tú no te quejarías. Jamás lo habías hecho, hasta ahora ¿acaso no confías en mí?
—No es eso, cariño. Es solo que… no es necesario que lo sepas. Te lo diré cuando ya no sea un problema.
Antes de que pueda decir algo más, mi teléfono comienza a sonar indicando una llamada entrante.
—¿No vas a contestar? —La expresión de mi madre refleja el alivio que le causa ese timbre.
—Seguro es Thiago. Quedamos en salir hoy.
Ésta mañana, luego de enviarle varios mensajes y hacerle un montón de llamadas a Frida y no recibir respuesta, me comuniqué con Thiago y al estar los dos en la misma situación quedamos en ir a buscarla al mediodía.
—No lo hagas esperar. Ve —ordena haciendo que me levante.
—Está bien, pero esto no ha terminado —le aviso.
Quizá la llamada en realidad sí fue oportuna. Ahora, luego de ver su expresión de alivio, entiendo que no debería presionarla para que confíe en mí, sino más bien mostrarle qué tan digna de eso soy.
Luego de despedirme, me doy la vuelta para salir del estudio.
—Anya, cariño —me llama deteniéndome.
—¿Qué pasa? —Me giro de inmediato al pensar que quizá quiera hablar de eso.
—Te vez muy linda con ese pantalón, pero… a menos que quieras lucir un arcoíris en la retaguardia, sería mejor que te cambiaras —sugiere tratando de contener la risa.
¿Arcoíris en la retaguardia?
Giro en busca de algún arcoíris en sus cuadros, pero no hay ninguno.
—Atrás —indica apuntando mi pantalón.
—¡Mamá! —exclamo al ver las manchas de pintura en la parte trasera del pantalón—. ¡Tu mandil! —Al sentarme sobre ella, me manché con la pintura fresca que había en el.
—Lo lamento, cielo —atina a decir entre risas.
Por un momento, me pierdo entre la sensación vibrante que genera su diversión. Hacía muchísimo tiempo que no la veía así. La manera en que ríe hace que mi corazón se sienta grande de tan solo escucharla. Sus mejillas se han coloreado y de sus ojos caen algunas lágrimas traviesas, se abraza el estómago mientras respira entrecortada tratando de calmarse.
Ella es mi hogar.
Ante tal pensamiento, se me forma un nudo en la garganta al preguntarme cuándo fue la última vez que Frida experimentó algo así.
—Voy a cambiarme —le aviso cuando se ha calmado—. Volveré para la hora de la cena; traeré pizza.
—Bien, te estaré esperando. Ve con cuidado.
Me despido y con intención de marcharme camino hasta la puerta, pero me surge la necesidad de darle un ultimo abrazo, asi que regreso.
—Te quiero, mamá —le digo apretándola entre mis brazos.
—Y yo a ti, amor mío. —Corresponde el abrazo para luego de unos segundos alejarse un poco sosteniendo mi rostro entre sus manos—. Te amo, más que a todo.
Tras recibir un beso en la frente, nos despedimos de nuevo.




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