Tan libre como puedas

CAPITULO 7 Parte 3

El viento dejó de soplar de un momento a otro dejando asi que el sol nos brindara su calor. Frida tuvo que cambiarse de ropa para no resfriarse, luego de eso, nos unimos a Noah.
—Espero que sean de su agrado. —Nervioso y sonriendo de más, Elliot deja una charola con galletas sobre la mesita de enfrente.
—Son hermosas —suelto sin pensar, pero me arrepiento al instante.
Elliot, al escucharme, de alguna manera muestra una sonrisa más grande.
Observo fijamente las galletas. A pesar de haber pasado por el horno, su forma es tan perfecta como cualquier otro circulo; sobre este, un brillante glaseado, pero lo que es realmente sorprendente es el detalle de los dibujos. Decorando cada galleta dibujada a mano, se muestra una flor distinta.
Mis ojos saltan del girasol al tulipán, del tulipán a las camelias y luego a las rosas.
—Tomen una —nos pide Noah.
Entre los tres, nos miramos como pidiendo autorización.
—Pruébenlas —acepta Frida la petición de su abuela.
Thiago es el primero en elegir una galleta. Él toma un tulipán mientras que yo un girasol.
—Saben bien —comenta tras dar un mordisco.
Hago lo mismo con el girasol. Al saborear, la galleta se desmorona en mi boca mientras que el aroma… el aroma me hace salivar. Quisiera devorar todas las que quedan en la bandeja, pero me obligo a no hacerlo.
Estoy segura que mi satisfacción ante las galletas se me refleja en el rostro pues Elliot sonríe al verme.
—Aprendiste bien —le dice Noah admirando la camelia en su galleta.
—¿Te ha enseñado tu madre? —cuestiona Thiago devorando su tercer tulipán.
—Su madre no sabe ni preparar cereal —responde Noah.
—A ella no le gusta que yo entre a la cocina. Preferiría que fuera solo un hombre de negocios —comenta Elliot.
—Entonces le agradeceré al cielo cada noche que seas el único hijo que tiene. El mundo no necesita más descendencia suya —ataca Frida.
—No soy el único que tiene, pero sí el único que le queda —confiesa cabizbajo mirando por un instante la taza que sostiene entre sus manos—. Le daré a mi hermana tus agradecimientos cuando visite su tumba —anuncia con una sonrisa que intenta ocultar el dolor.
No sé qué es lo que piensa, pero estoy segura de que mi amiga se arrepiente de haber hecho ese comentario. De otra manera, no tendría tal expresión en su rostro.
—Entonces te enseñó tu hermana —continúa Thiago la conversación.
—Sí. A ella le gustaba mucho la cocina. Horneábamos juntos todo el tiempo, pero dejamos de hacerlo cuando murió. —Aún cuando es evidente lo mucho que le cuesta hablar de ello, mantiene una sonrisa e incluso bromea—. Ahora solo me queda un recetario y un montón de moldes y cacharros.
En señal de apoyo, Thiago le da unas palmadas en el hombro. Frida, en cambio, se remueve en su asiento con los ojos brillosos.
Mi amiga podrá ser todo lo ruda que quiera, pero su corazón es de azúcar. Con los brazos cruzados y una mueca en el rostro, se inclina un poco hacia adelante para ver de cerca las galletas.
—De lejos no se ven tan mal —es lo más amable que puede decir.
Elliot no pierde detalle de su expresión y movimientos. Al escuchar sus palabras, le sonríe embelesado.
Después de un rato más, nos despedimos. Frida ha prometido asistir a clases mañana y no desaparecer nuevamente, asi que nos vamos tranquilos.

La música suena en el estéreo del coche de Thiago mientras conduce por la carretera de regreso a casa. En silencio, observo el paisaje sintiendo el aire chocar contra mi rostro.
Son ya pasadas las cinco de la tarde y el sol comienza a descender.
—Oye, pasemos a la pizzería. Le prometí a mamá llevar algo de cenar.
—No imagino a Emma comiendo pizza. Seguro lo hace con cubiertos —bromea.
—Claro que no, ya lo hace con las manos.
A pesar de ser una broma, lleva algo de razón. Mi madre se ve tan delicada y refinada, que cuesta creer que le guste ese tipo de comidas. De hecho, no hace mucho que probó la pizza por primera vez; aún recuerdo su expresión maravillada y mejillas sonrojadas.
—¿Y tu padre?
—Él la detesta.
—Seguro que sí. Con la cara que tiene.
—Thiago —le llamo sintiendo un hormigueo en las manos.
—Era broma.
—Da la vuelta.
—¿Qué?
—¡Que des la vuelta! ¡Sigue ese coche! —exclamo apuntando hacia atrás.
Sin cuestionarme ni titubear, da un giro brusco pasándose así al carril adjunto.
—¿A quién seguimos? —cuestiona entre divertido y desconcertado.
—A Ezra.
El corazón me late más rápido que nunca. Un sudor frío se esparce por mi cuerpo haciéndome temblar ligeramente mientras intento convencerme que no era él, que ese auto que pasó a lado no llevaba a mi pareja. Llevo una semana sin saber de él, asi que es lógico que mi mente juegue sucio.
Thiago, al escuchar mi respuesta, pisa a fondo el acelerador hasta que logra emparejarse con el coche que seguimos. Al estar lado a lado, puedo ver en la parte trasera como un joven se inclina hacia su acompañante; su rostro sobre el de ella me hace pensar solo una cosa.
El conductor comienza a gritarnos y es ahí cuando el jóven, ajeno a lo que sucedía, nos presta atención finalmente y sonriente, mira en nuestra dirección.
Al encontrarse nuestras miradas, no cabe duda, es él.
Su rostro, radiante y hermoso, se torna sombrío al reconocerme.
—Ya es suficiente —le informo a Thiago mientras lucho por contener las lágrimas.
Poco a poco disminuye la velocidad del coche hasta que finalmente se detiene. El coche donde iba Ezra sigue avanzando mientras él hace señas en nuestra dirección, supongo yo, pidiéndole al conductor que pare.
—Anya —pronuncia Thiago.
Mis ojos no se despegan del frente. Ezra baja del coche que termina deteniéndose varios metros más adelante. Corre hacia nosotros y mientras se acerca, su rostro muestra desesperación. Es entonces cuando recuerdo el día de su cumpleaños, el día que pasé más de siete horas en aquella plaza, con ese viento que entumía hasta los huesos. No lo culpé, ni le reclamé, pero ahora me pregunto qué estaría haciendo. Cuando lo llamé parecía muy ocupado y no tenía tiempo para mí, quizá por tenerlo para ella.
—Vámonos —le pido.
Sin demorar un segundo más, mi compañero da vuelta en u. Mientras nos alejamos puedo ver a Ezra por el espejo retrovisor a mitad de carretera. Al escucharlo gritar mi nombre, siento cómo me retumba el corazón.
Inevitablemente, las lagrimas que trataba de contener terminan derramándose. Thiago se mantiene en silencio conduciendo un rato más.




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