Ese día, después de cenar con mamá me encerré en mi habitación; me tiré en la cama, me arropé y lloré como hacía mucho tiempo no lo hacía mientras abrazaba una almohada. Lloré tanto, que creí que mis reservas de lágrimas habían quedado vacías, pero a la mañana siguiente cuando desperté, me di cuenta que quedaban suficientes.
Han pasado dos semanas desde entonces. Afortunadamente, Ezra no ha asistido a clases, pero sin duda hoy no faltará ya que es el primer día de exámenes.
No sé cuantas veces me imaginé la escena de nosotros encontrándonos. Creé cientos de escenarios con muchísimos diálogos diferentes, pero siempre llevaron al mismo resultado.
A ésta hora de la mañana el sol apenas y se asoma en el cielo. Mientras camino por las calles, mi teléfono no para de vibrar.
Después de que lo ví con esa mujer aquel día me llamó incontables veces y envió muchísimos mensajes, pero a partir del día siguiente y hasta ésta mañana había dejado de contactarme. De cierta manera lo agradezco, porque me dio tiempo para pensar y calmarme. Aún así, me duele el corazón al recordar aquel momento.
Me detengo una cuadra antes de llegar a nuestro punto de encuentro. Desde lejos, observo la plaza en la que esperó mi llegada y me recibió con una sonrisa cada mañana. Sé que él está ahí esperándome; me lo dijo en un mensaje. Sé que quiere hablar conmigo y que insistirá hasta lograrlo, pero también sé que no estoy lista.
De pie en el mismo sitio, siento como el viento helado enfría mis mejillas. Las calles vacías me parecen tan hermosas y el silencio tan acogedor. Hacía mucho que no me sentía así, con una sensación tan extraña en el pecho.
Elevo la mirada al cielo ahora más claro y suelto un suspiro. Al ver como se forma el humo blanco con el aliento que sale de mi boca pinto una sonrisa; me encanta cuando eso sucede.
—¡Oye tú! ¡Ya deja de jugar y sube! —Con la puerta del coche abierta, Frida me llama desde su asiento—. A que no esperabas a la princesa en su caballo blanco —comenta luego de que entro.
—No eres una princesa ni vienes en un caballo blanco —bromeo.
—¿Eso significa que no te alegra verme?
—Siempre me alegra verte —aclaro.
Frida, quien siempre se ha preocupado por mí, dejó a un lado lo que aquejaba su corazón para darle prioridad a mi mente tortuosa y sentimientos confusos. No ha vuelto a desaparecer ni se le ve abatida. Al menos algo bueno salió de esto.
—Te dije que no era necesario que vinieras por mí —comento.
—Y yo te dije que de todos modos lo haría —recalca—. Además, aún no estás lista para verlo y mucho menos para hablar con él.
—Ja, ¿y cómo es que estás tan segura?
—Agachate si no quieres que te vea.
Tras hacerme pequeña en el asiento y maldecir internamente, después de un momento, echo un vistazo en su dirección.
—Ya ves. —Con una sonrisa que reafirma cuán acertada estaba, Frida me mira de reojo mientras yo hago un puchero.
Al llegar a la universidad, bajamos del coche para ir directamente a clases.
—Tienen cuarenta minutos para terminar su exámen —anuncia el profesor justo cuando suena la campana—. En cuanto acaben, déjenlo sobre mi escritorio y salgan del salón. Pueden comenzar.
Doy vuelta a la hoja, pero no soy capaz de escribir siquiera mi nombre por estar pendiente del asiento vacío frente a mí.
Si Ezra pierde el derecho a exámen será mi culpa.
—Disculpe, profesor ¿puedo entrar? —De pie en la puerta, Ezra espera la autorización del profesor.
—Claro. Tome su exámen y siéntese. Le quedan treinta minutos.
Mientras se dirige a su asiento, lo observo de reojo. Algunas gotas de sudor escurren por su frente, seguro tuvo que correr.
Con el asiento frente a mí ocupado, ya más tranquila, puedo comenzar mi exámen el cual me toma poco menos del tiempo límite. Durante el resto del día, todo transcurre sin problema.
Mis manos temblorosas no se controlan mientras guardo mis cosas en la mochila.
En mi asiento, espero a que Frida y Thiago estén listos para irnos.
—Ya está —anuncia Frida de pie.
Me levanto, pero antes de poder dar un paso Ezra se planta frente a mí. El corazón se me acelera al ver sus ojos marrones. Quiero hablar con él, quiero que me explique y niegue lo que pasó en aquel coche, pero tengo miedo de lo que pueda decir. De repente, todas mis inseguridades salen a flote. Si fuera más bonita, si pudiera llevarme hasta la puerta de mi casa, si mis padres lo conocieran... Hay tantas razones para preferir a alguien más.
Cuando abre la boca para hablar las piernas me flaquean ante la incertidumbre.
—Nos vamos —avisa mi amiga interrumpiéndolo.
Todo termina sin empezar. Al ir de salida volteo para verlo. De pie en el mismo sitio, se apoya cabizbajo en el pupitre. La expresión en su rostro mientras se apoya cabizbajo en su pupitre me causa un pinchazo en el corazón.
Frida no suelta mi mano hasta que llegamos a su coche. Desde el momento en que subimos hasta que salimos de la universidad me mantengo atenta al espejo retrovisor esperando ver a Ezra, pero no aparece.
Si es tan fácil hacer que deje de buscarme entonces no debo importarle mucho.
Creí que armaría un alboroto e intentaría de cien maneras acerarse a mí, pero veo que solo me estaba sobreestimando.
—¿Trajiste todo? —habla Thiago unas cuadras después.
—Sí.
—¿Y dónde está?
—Lo trae el pilón —responde de mala gana.
Dos cuadras después, aparca dejando entrar a quien menos esperábamos.
—¡¿Elliot?! —al unisono, Thiago y yo nombramos al nuevo pasajero.
—Hola —saluda gustoso mientras forcejea tratando de subir una enorme canasta de mimbre.
Al estar arriba, la coloca a su lado.
Sin pronunciar palabra, miramos a Frida quien se mantiene atenta al volante, pero aun asi se da cuenta de nosotros.
—Mi abuela me obligó —comenta.
—La convenció de manera sutil —corrige Elliot—. Espero que no les moleste —se dirige a nosotros.
—A mí me molesta —afirma nuestra conductora.
—Si quieres me bajo, pero Noah se va a enojar y la canasta se va conmigo.
—No me chantajees —gruñe.
A pesar de sus evidentes ganas de lanzarlo por la puerta, logra contenerse, pero se desquita apretando el volante entre sus manos.
En silencio, observo a Elliot. Con una sonrisa en los labios, sostiene la canasta mientras cada tanto sus ojos echan un vistazo hacia Frida.
Quizá no sea tan mala idea incluirlo en nuestros planes. Definitivamente Nicol no cancelará el compromiso, pero tal vez podamos lograr que él lo haga.
—Trajiste una canasta de mimbre —comenta Thiago. Con cuidado, levanta una de las tapas—. ¡Y un mantel a cuadros! —exclama divertido.
—Un picnic no es tal sin eso —afirma Elliot.
—No quiero ir —me quejo.
—Ya estás de camino —responde Frida.
La idea de saltar de un coche andando no es muy tentadora, asi que dejo de resistirme.
Después de ver a Ezra, se revolvió todo aquello que estaba en calma, o que creí que lo estaba. En realidad, solo estaba posponiéndolo. Es como si después de llorar y dejar de verlo por unos días hubiera cubierto el dolor con una manta oscura, pero al ser tan fina, se fue volando con la más tenue brisa.
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Editado: 04.01.2026