Tan libre como puedas

CAPITULO 10 Parte 1

Son ya las nueve de la mañana y nuestro desayuno familiar aún no comienza. Mi madre y yo llevamos casi media hora esperando en el jardín a que papá llegue. Al parecer, salió desde temprano.
—Mamá —le llamo por segunda vez—. ¡Mamá!
—¿Sí, Cielo? —Aunque parece desconcertada, se esfuerza por mostrar una sonrisa.
—Tengo hambre —le digo—. ¿Pido que sirvan el desayuno?
—Sí, está bien.
—Voy a decirle a Darla —aviso.
—¡No! —exclama deteniéndome.
—¿Por qué no? —Le observo extrañada—. Mamá, ¿estás bien? —Su rostro luce pálido y su mano que me sostiene del brazo se siente helada.
—Porque… ¡quiero pizza!
—¿Pizza?
—Sí, quiero comer pizza. Hoy no tengo ganas de desayunar panqueques.
—¿No crees que es muy temprano?
—Tengo antojo, ¿sí?
Pocas veces mi madre es tan insistente, asi que no hay más remedio que complacerla.
—Bueno. Voy a llamar.
—¡No! —niega de nuevo—. Ve tú por ella, es más rápido.
—Pero la traen a domicilio —me quejo—, y llega calientita.
—Por favor.
Cediendo por segunda vez, acepto la petición de mi madre. Luego de ir por mi bolso y las llaves del coche, mamá me acompaña a la entrada.
—Date prisa. —Caminando detrás de mí, me apresura empujándome.
—Vaya que tienes antojo —bromeo sintiendo sus manos en mi espalda impulsándome para caminar más rápido.
Jamás había actuado tan desesperada.
A unos cuantos metros de la puerta aparece Darla.
—No pueden salir —sentencia autoritaria—. El Señor no lo permite. —Impidiendo que avancemos, se planta frente a la puerta con una sonrisa burlona que se esfuerza por ocultar.
—Voy y vuelvo en menos de treinta minutos. Mi padre ni siquiera se va a dar cuenta —menciono tratando de persuadirla.
—El señor dio una orden.
Al escuchar su tono de voz pierdo un poco la paciencia. No dormí bien las últimas dos noches y si Darla no se controla, tampoco podré hacerlo.
—Voy por una pizza. No tardo —le digo con la última gota de sensatez que me queda.
—Te prohíbo que salgas.
Sé que cuenta con el favor de mi padre y por supuesto que no quiero problemas, pero hoy no es un buen día.
—Escúchame bien, señorita Monet. En esta casa hay dos autoridades para mí. Una de ellas es mi padre, pero la otra ten por seguro que no eres tú, asi que no puedes prohibirme nada. Ahora, hazte a un lado.
Por su expresión, supongo que Darla está tan sorprendida como yo, pero por como aprieta los dientes puedo asegurar que no iguala ni de lejos su malestar.
Tras dar un paso al costado me permite avanzar. Aún no sé cómo se me ocurrieron esas palabras ni cómo fui capaz de pronunciarlas, pero ese momento quedará por siempre en mi memoria.
Camino hasta la puerta, pero antes de salir, entra mi padre.
—¿A dónde se supone que vas? —pregunta seriamente con esa mirada inexpresiva tan típica en él.
—A mamá se le antojó una pizza. ¿Te traigo una también? —Intento sonar tranquila, pero esa mirada severa que le lanza a mi madre me da escalofríos.
—Dejate de tonterías —sentencia—. Saluda.
Detrás de él, entra un hombre vestido de una manera muy elegante, pero a la vez casual. Al verme sonríe de inmediato y se acerca a mí directamente.
—Leonardo Borgues. Un placer —se presenta antes de besar el dorso de mi mano.
—Anya Lara. Mucho gusto.
A pesar de habernos presentado, sigue tomando mi mano mientras me observa fijamente. Su mirada es tan penetrante que me hace sentir incómoda.
—Soy Emma, su madre. —Arrebatando mi mano de Leonardo, mi madre toma la suya.
Ante tal acción, dirijo la vista hacia mi padre en espera de su reacción.
—Entremos. El desayuno ya debe estar listo. —Contrario a lo que creí, actúa como si nada.
—Ni siquiera hay platos en la mesa —le informo.
—El desayuno está servido en el comedor. Por favor, acompáñenme. —La sonrisa en los labios de Darla no podría ser más grande y su amabilidad más fingida.
Seguramente ahora está satisfecha luego de cobrarse lo de hace un rato.

Sin problemas y con poca charla, mi madre y yo comenzamos a desayunar. Contrario a nosotras, Leonardo y papá conversan amistosamente.
—Escuché que casi te gradúas de la universidad —comenta Leonardo del otro lado de la mesa.
—Sí. Ya solo falta un semestre —respondo.
—No es mucho tiempo, puedo esperar.
No entiendo su respuesta asi que no continúo la conversación.
Mi madre apenas y ha probado bocado, en cambio, se mantiene en silencio aferrada a mi mano por debajo de la mesa.
—Después de la graduación hay un viaje escolar asi que serán dos semanas más —le dice mi padre.
—No tengo ningún problema con eso. El reloj ya va en cuenta regresiva. —Una rara sonrisa se dibuja en el rostro de ese hombre mientras me lanza una mirada fugaz.
Mi madre al notar eso, comienza a temblar.
—Mamá, ¿qué te pasa?
—Me duele un poco el estomago —responde.
—Si te sientes indispuesta, ve a descansar —sugiere papá.
—No, estoy bien —asegura forzándose a sonreír,
Durante el resto del desayuno, Leonardo continúa mirándome de vez en cuando. En varias ocasiones trata de entablar una conversación, pero no le presto mucha atención por estar pendiente de mamá.
—Agradezco mucho su hospitalidad —habla Leonardo al levantarse.
Se despide de mi padre, de mamá y finalmente de mí.
—Anya, acompáñalo a la puerta —ordena papá.
Sin rechistar obedezco poniéndome de pie, pero al dar el primer paso mi madre me detiene tomándome del brazo.
—Emma —le llama—. Leonardo es alguien muy importante, acompáñalo —se dirige a mí.
—Ya vuelvo —le aviso apartando su mano.
Sin despegar la mirada de la mesa, asiente.
No quiero dejarla, pero tampoco puedo desobedecer a papá.
Acompaño a nuestro invitado hasta la entrada. Durante el trayecto nos mantenemos en silencio.
—Me gustaría haber conocido un poco más de ti, pero no importa. Ya tendremos tiempo para conversar y conocernos mejor; mucho tiempo en realidad. —Tras una leve reverencia, finalmente se despide.
De inmediato, regreso al comedor.
—¿Y mamá? —pregunto al ver su asiento vacío.
—Estaba cansada y se fue a dormir. No la molestes —exige.
—Está bien. —Me doy la vuelta para irme, pero me detiene llamándome.
—Ya te lo dije antes, pero quiero que te lo grabes bien. Leonardo es un hombre muy importante y quiero que seas amable con él. Asegúrate de no avergonzarme.
—No lo haré, padre.
Siempre me he comportado de manera digna, ¿por qué me dice eso ahora?
Detrás de mi padre, Darla se mantiene de pie, sonriéndome.
No estoy de humor para más de eso, asi que me despido para luego ir a mi habitación.
No hice planes con mis amigos, por eso no tengo algo interesante que hacer. Al ver que el reloj marca apenas las once de la mañana me agobio, ¿como que apenas pasaron dos horas?
Sin ánimo, me dejo caer sobre el sofá. Estiro la mano hasta la mesa para tomar el último libro que compré en la librería. Ya ha pasado un tiempo y sigo sin poder salir del octavo capitulo. Además de ser bastante largos, han pasado muchas cosas en mi vida. Hoy tengo tiempo de sobra y planeo usarlo sabiamente. Abro el libro, busco el marca paginas y comienzo a leer. Cada página es más interesante que la anterior, para cuando me doy cuenta han pasado casi ocho horas y no transcurrieron precisamente mientras leía, sino más bien mientras dormía. En algún momento, al estar tan sumergida en la lectura, olvidé mis problemas y pude relajarme un rato.
Poco tiempo después de despertar mi estomago se hace sonar. Salgo de la habitación para ir a la cocina a buscar algo de comer. A mitad de camino, escucho la voz de mamá en la sala. No se escucha muy bien, asi que me apresuro.
—¿Qué es lo que esperas de mí?
—Por favor, te lo suplico, no se lo digas aún. —A los pies de mi padre, mamá se aferra a su pantalón con el rostro hecho un desastre.
—Ya es tiempo —responde mirándola hacia abajo sin una pizca de compasión.
—Al menos déjame a mí —suplica entre sollozos.
—Ya tuviste tu oportunidad de decirle que está comprometida, pero preferiste desperdiciar el tiempo comiendo pizza.
Tales palabras desconcertantes vuelven el aire pesado y me cuesta respirar. Mis manos comienzan a temblar mientras mi mente intenta mantener la cordura.
¿Están hablando de mí?
—No se lo digas tú. Solo concédeme eso —suplica.
Mis pasos suenan sobre el piso de madera al entrar en la sala. Cuando al fin me notan, ya estoy muy cerca de ellos.
—¿Estoy… comprometida?
Los ojos de mi madre expresan el terror que debe estar sintiendo al tenerme frente a ella en este momento.
—Lo estás. Desde hace dos meses —me informa papá tranquilamente.
De inmediato, mamá se pone de pie. Puedo ver en su expresión como se debate entre acercarse a mí o quedarse en su sitio.
Al ver a mi padre, sé que no está bromeando ni es una amenaza.
Mi mente comienza a dar vueltas y siento como todo a mi alrededor también. En mis ojos se acumulan las lagrimas impidiéndome ver con claridad, pero me obligo a no derramar una sola.
—¿Con quién?
—Leonardo Borgues.
Al escuchar su respuesta siento como si el alma se me cayera al suelo.
Doy unos pasos hacia atrás negando con la cabeza.
Por eso ese tipo se comportaba tan extraño. Se burlaba de mí.
—¿Por qué? ¡Por qué! —exclamo desesperada.
—Es tu deber como una Lara.
Tal razón absurda me llena de cólera haciendo que inevitablemente derrame mis lágrimas.
—Cielo —me llama temerosa intentando acercarse a mi—, perdóname, es mi culpa.
—Eres una mentirosa —espeto apartando con brusquedad esa mano que intentaba tocarme—. Dijiste que no tenia que preocuparme, que era algo sin importancia ¡Que tú lo solucionarías!
—Hijita. —Sus ojos no podrían derramar más lágrimas, sus manos tiemblan terriblemente casi tanto como sus labios.
Hace unos instantes me dolía tanto verla de rodillas mientras imploraba, pero ahora poco me importa cuan miserable luzca su rostro.
No puedo verla ni un segundo más por eso, doy media vuelta para salir corriendo. Veo tan borroso a causa de las lágrimas que choco con algunos muebles, pero aun asi no disminuyo el paso. Detrás de mí, puedo escuchar como mi madre se apresura para alcanzarme.
Al salir de casa corro hasta la esquina, por fortuna un taxi se detiene rápidamente al hacerle la parada.
—¿A dónde la llevo? —pregunta el conductor cuando subo.
—A donde sea que me alcance con esto. —Saco del bolsillo el único billete que por suerte traía conmigo y se lo entrego.
El taxi comienza a avanzar dejando atrás a esa persona que me mintió descaradamente.
¿Por qué no me lo dijo? ¿Sería esa la razón por la cual defendió a Nicol cuando le conté lo de Frida?
Me duele la cabeza y siento que pesa una tonelada asi que descanso en el asiento. Cierro los ojos y en silencio, me arrullo con el meneo del taxi.
Un matrimonio arreglado. No entiendo que razón tienen los padres para hacer eso. ¿No se dan cuenta que nos lastiman? Y pensar que negué rotundamente que mis padres pudieran hacer algo asi.
—¿Aquí está bien? —El conductor se detiene en… no se donde.
El lugar me importa poco. Agradezco al conductor para luego bajar del coche.
Las calles se ven tan lúgubres y sombrías. El frio es tan intenso que no hay personas en la calle a pesar de ser poco más de las siete.
Mi ropa es muy ligera, para entrar en calor me abrazo a mi misma. Si hubiera traído mi bolso podría comprar algo de beber, ropa más abrigadora e incluso un lugar donde pasar la noche, pero apenas y pude sacarme de ahí yo misma.
A una cuadra de distancia, veo a un hombre salir de una tiendita con un par de cervezas en las manos. Está tan borracho que camina un paso adelante y dos atrás. Con personas así hay que ser precavidas asi que me cruzo al otro lado de la calle. Con lo mal que avanza ese sujeto, llegamos casi al mismo tiempo al cruce. Al ser solo nosotros dos en la calle, me da un poco de miedo. Busco algún lugar a donde ir y no muy lejos, veo un pequeño parque; desafortunadamente tengo que cruzar para llegar ahí.
Aunque no pasa ningún coche, el hombre espera a que cambie el semáforo para poder avanzar. Mientras está de pie, su cuerpo se tambalea ligeramente adelante y atrás, además, con la luz de la farola sobre él y el entorno tan oscuro, causa una sensación de escalofrió. De repente, su teléfono comienza a sonar, pero el hombre sigue atento al semáforo. Lo deja sonar un buen rato hasta que se da cuenta que es a él a quien llaman. Cuando agacha la mirada hacia su bolsillo, aprovecho para cruzar la calle y dirigirme al parque, pero justo cuando voy pasando frente a él, en un intento por sacar el teléfono termina tirando la botella. Ante el estruendo, me quedo inmóvil observando como el líquido se esparce entre los cristales rotos hasta mojar mis zapatos. El sujeto frente a mi se queda mirando fijamente la cerveza derramada.
—¡Fuiste tú! —exclama apuntándome con su dedo.
—No, yo no la tiré —me apresuro a defenderme.
—Claro que sí, ¡págamela! —Su mano se estira hasta tomar mi cabello con fuerza y halarme hacia él.
—¡Pero yo no fui! —exclamo desesperada.
—¡He dicho que me pagues! —Con fuerza, de un solo tirón me arroja al suelo.
—No tengo dinero —musito asustada.
—¿Qué?
—Dije que no tengo dinero —hablo más fuerte, pero con la voz igual de temblorosa.
Busco en los alrededores alguien a quien pedirle ayuda, pero solo estamos nosotros dos.
—¡Ja, ja, ja! —De una manera escandalosa, comienza a reír agarrándose el estomago—. Eres tan graciosa —comenta, pero al segundo siguiente la sonrisa se le desvanece y con furia, lanza la botella que le queda contra el suelo justo a mis pies—. ¡Ahora págame!
Veo a mi alrededor nuevamente implorando al cielo que aparezca alguien, quien sea.
Este hombre está tan borracho que dudo entienda de razones. En un acto desesperado, me pongo de pie lo más rápido que puedo para emprender la huida. A pesar de que su reacción fue lenta, yo no fui tan rápida. Con su brazo alrededor de mi cuello me mantiene presa junto a él. Mientras más aprieta mi cuello menos aire entra a mis pulmones. En defensa personal me enseñaron a librarme de este tipo de ataques, pero no me enseñaron a controlar el miedo. Poco a poco el entorno se vuelve borroso y no precisamente por las lagrimas. En un último acto por escapar, rasguño sus brazos.
—Debiste pagar mis cervezas.
Al escuchar sus palabras y ese tono de voz burlesco, pierdo las esperanzas. Debí tener más cuidado, ser más rápida, traer dinero. Ojalá este día hubiera sido diferente. No debí salir asi de casa, ni caminar por un lugar desconocido, jamás debí gritarle a mi madre.
Mamá, perdóname.
Ya no me queda fuerza para resistirme, ni siquiera para pedir auxilio.
—¡Señor policía! ¡Por aquí!
Al escuchar el aviso, el hombre de aliento nauseabundo me arroja con fuerza contra el suelo para poder echarse a correr.
—Ve tras él, yo la cuido —habla de nuevo la mujer.
—Sí.
Mientras la chica me ayuda a enderezarme, lleno de aire mis pulmones nuevamente.
—¿Te encuentras bien? —Preocupada, la joven de ojos color miel me examina mientras sostiene con delicadeza mi rostro entre sus manos.
—Sí, gracias —respondo hipnotizada por esa mirada tan tierna y cautivadora.
—¡Estás sangrando! —exclama retirando el cabello de mi cara.
Con razón se sentía tan caliente.
—Tranquila, no creo que sea serio. Mi cerebro aún sigue adentro —bromeo tratando de aliviarla.
Tras escuchar algunos pasos apresurados que se aproximan, temo que sea ese sujeto de nuevo asi que pongo atención, pero al venir contra luz no logro ver su rostro, sin embargo la silueta es distinta, además, mi salvadora parece reconocerlo asi que me relajo.
—¿Lo atrapaste? —pregunta cuando llega.
—No, quizá se escondió en algún contenedor de basura; lo perdí.
Esa voz, esa voz hace que un sudor frío recorra mis manos. Elevo la mirada hasta el rostro del hombre que intentó capturar a mi atacante, enfoco bien la vista rogando al cielo estar equivocada, pero no.
—Ezra.




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