Tan libre como puedas

CAPITULO 10 Parte 2

Al escuchar mi voz, se paraliza y veo de nuevo en su rostro esa expresión de temor.
Lentamente, desvío la mirada hacia la joven que me salvó recién al fingir que traía consigo a la policía. La observo con atención y es entonces que la reconozco; su cabello color caramelo brillaba intensamente con los últimos rayos del sol mientras besaba a mi novio.
—¿Lo conoces? —cuestiona sonriente sin enterarse aun de lo que pasa.
Amabilidad no es algo que tenga para ella, por eso, la hago a un lado para ponerme de pie por mi propia cuenta.
—Cariño, ¡¿estás bien?! —Cuando todo parece hacer clic en su cabeza, preocupado, intenta acercarse.
¿Cómo se atreve a fingir con ella a su lado?
—No me toques —espeto deteniéndolo.
—¿Tú eres Anya? —pregunta temerosa.
Sus ojos, antes preocupados por mi, ahora se muestran temerosos.
—Déjame llevarte al hospital, estás sangrando.
—Que no me toques —exijo nuevamente.
No siendo suficiente la noticia del compromiso y ese encuentro con aquel borracho, la vida se ensaña conmigo y me trae justo a este par.
Yo quería hablar con él, escuchar lo que tenía para decirme. Quería perdonarlo y volver a su lado, pero ahora, al verlo a ésta hora paseando con ella…
Me siento furiosa y traicionada por causa suya, de mi madre y de la vida por haberse mofado así de mí que estoy segura que si antes hubiera sido difícil entendernos, ahora todo sería peor que un caos. Sé que en mi estado actual podría decir algo de lo que me arrepentiría después y seguramente ni siquiera serían mis verdaderos pensamientos, asi que me doy la vuelta para marcharme. Al avanzar apenas dos pasos el mundo se mueve haciéndome caer de rodillas.
—¡Cariño! —grita antes de correr hacia mi.
Con cuidado, intenta ayudarme a levantar, pero ese toque cálido suyo me lastima. Molesta, trato de apartarlo al ver su expresión desesperada, pero aún sigo mareada y no tengo fuerzas. Su rostro preocupado poco a poco se desvanece y su voz llamándome cada vez se escucha más lejana.

Cuando reacciono, al abrir los ojos me doy cuenta que estoy en el interior de una casa. Con cuidado, ya que no quiero desmayarme de nuevo gracias al golpe y la falta de alimentos, me enderezo y acomodo mejor en el sofá donde me recostaron.
Sin hacer ruido, desde mi asiento observo la decoración de la sala: sobre la mesita frente a mí se encuentra un tazón con caramelos, en las repisas hay varios portarretratos que por más que me esfuerzo no logro ver bien las fotografías. Un poco más allá, en lo que aparenta ser la cocina, Ezra y la chica menean un par de ollas sobre la estufa.
—Ve a traerle una manta —le dice.
Alegre, sale de ahí para después de unos pocos minutos volver con la manta en brazos.
—Supongo que no es tu primera vez aquí —intuyo.
Ella no responde, sino más bien, centra su atención en la manta que acaricia entre sus brazos.
—Ya estás despierta —comenta.
—¿Acaso preferirías que no? Seguro que sí.
—¡No es cierto! —niega rotundamente aparentemente herida.
—¡Basta! ¿por qué le gritas? —le reprocha Ezra al salir de la cocina—. ¿Cómo te sientes? —se dirige a mí con la manta que mandó traer.
Somos pareja desde hace casi cuatro años y yo jamás había visitado su casa, en cambio ella, sabe incluso donde guardan las mantas. Me pregunto ¿cuántas veces ha estado aquí? ¿Si ya conoce a su madre, si le agrada y son amigas? Tales pensamientos me llenan de celos y verla tan campante en este lugar me hace creer que es más especial que yo.
Alejo la manta con la que Ezra intenta cubrirme y me pongo de pie.
—No te vayas —suplica sujetándome.
Este día ha sido un caos y sé que en cualquier momento me voy a ahogar en llanto, pero no quiero que sea frente a él.
Uno a uno, alejo sus dedos de mí. Ignoro su petición y camino hasta la puerta. Alargo mi mano para girar la perilla, tomo aire y suelto un largo suspiro. Abro la puerta, veo el exterior, pero siento que no puedo salir.
¿Y si me equivoco? ¿Y si de verdad ha sido un malentendido?
Cómo va a ser un malentendido si los encontré paseando juntos en la noche. Cuando me trajeron a casa, en lugar de estar pendiente de mí, Ezra se fue a la cocina y luego, en vez de traer una manta él mismo, le pidió a ella quien sabía perfectamente dónde estaba que me la llevara.
No seas tonta, deja de dudar.
El viento golpea mi rostro de repente; está helado.
—No te irás —sentencia Ezra tras cerrar con fuerza la puerta.
—¿Qué haces? —cuestiono tratando de abrirla de nuevo.
—Quédate. —Sin apartar la mano de la puerta, se mantiene detrás de mí. — Tenemos que hablar —susurra en mi oído.
Su cuerpo está tan cerca del mío que puedo sentir los fuertes latidos de su corazón.
—No hace falta. —Me rindo con la puerta y me doy la media vuelta para enfrentarlo.
Intento parecer fuerte, pero en realidad tengo miedo de perderlo o de quedarme a su lado a pesar de todo.
—Cariño —me llama mirándome a los ojos.
Su rostro está tan cerca que puedo sentir su aliento chocar en mis mejillas.
—No quiero. —No puedo sostenerle más la mirada y termino girándome a un lado.
—Por favor —suplica acomodando su cabeza sobre mi hombro—. Dime qué hice mal y lo arreglaré.
Siento cómo el tiempo se detiene cuando inhalo su aroma. Sus manos buscan las mías y cuando las tocan, se aferran a ellas de una manera tan desesperada, pero a la vez tan dulce que me conmueve el corazón.
Al estar apoyado en mí, por sobre su hombro puedo ver a esa mujer que no aparta la mirada de nosotros.
—¿Desde cuando estás engañándome? —pregunto mirándola fijamente.
—¿De qué hablas? —desconcertado, Ezra se endereza para hablar conmigo.
—¿Lo niegas?
—Es que no sé de qué estas hablando.
—Hablo de aquel día que te vi en la carretera con ella.
—¿Pero qué dices? Ese día Jade y yo volvíamos de un viaje.
—¿Un viaje? Nunca me hablaste de un viaje.
—Es que fui de improviso y además, el director me obligó porque… —A media oración se queda en silencio, arruga el entrecejo y empuña las manos—. Yo no quería ir.
¿Por qué no termina la oración? ¿Por qué no puede decirme la razón de ese viaje? Si fueron juntos, entonces ella sabe el motivo, ¿por qué yo no puedo saberlo?
—¿Tienes idea de lo preocupada que estaba? Pudiste al menos decirme que saldrías. Yo respeto tu espacio y privacidad, no te habría obligado a contarme todo.
—Lo sé.
—¿Entonces? ¿Acaso confías más en ella? —Las inseguridades de mi corazón las pronuncian mis labios.
—¡Claro que no! ¡Eso es absurdo! —niega sin pensar.
Jade, quien nos observa atentamente en el mismo sitio, muestra una expresión herida ante la confesión de Ezra. Cuando siento como una sonrisa trata de curvar mis labios al ver su rostro me siento mal por sentirme bien ante su sufrimiento.
—Ya no importa. —No me gusta esta sensación, yo no soy asi y no quiero convertirme en este tipo de persona—. Puedes estar con quien quieras, viajar con quien quieras, besar a quien quieras.
—No sigas.
—Yo ya no quiero estar contigo.
—¡¿Por qué?! ¡Porque crees que besé a Jade? ¡Eso nunca pasó!
—¡Yo te vi en ese taxi!
—¡Que no! ¡Yo jamás la besaría!
—Eres un mentiroso ¡un cobarde!
—¡Ya es suficiente! —La orden llega clara y directa para ambos.
Cerrando la puerta tras de si, una mujer vestida de blanco se acerca a nosotros.
—Mamá.
—Tienes suerte de que escuché la mayor parte de la conversación —le dice—, o juro que te habría dado con la chancla más gruesa que tengo hasta por debajo de los dientes.
—¿En serio crees que yo la engañaría?
—No lo creo. No te imagino siendo lo que tanto aborreces.
—Lo vez —me dice.
—Pero eso no significa que ella deba creerte.
—Mamá.
La dama de blanco me observa de una manera tan amable que me hace recordar a mi madre.
—Soy Magi —se presenta extendiendo su mano hacia mi.
—Margarita —corrige Ezra.
—Pero dime Magi —agrega dándole una mirada de advertencia a su hijo—. Soy la madre de este inepto e insensible sujeto que vez aquí.
—Que grosera —se queja.
—Es un placer poder conocerla. Mi nombre es Anya Lara y era la novia de ese sujeto inepto e insensible.
Tras mis palabras, el silencio invade la sala. Ezra me observa aparentemente herido, Jade lo mira a él anhelando su atención y Magi simplemente suelta un suspiro.
—A ver linda, vamos a curarte esa herida y de paso me cuentas tu historia.
—No es necesario señora. Ya todo está resuelto.
—No soy “señora” soy “Magi” y no me hables de usted, me hace sentir vieja. —Cuando toma mi mano me quejo ante el dolor de su toque. Al ver mis heridas, camina hasta el sofá para indicarme que me siente con ella—. Ahora dime, ¿qué fue lo que pasó?
—Un borracho me atacó.
—Me refería a lo de mi hijo —aclara sonriendo.
—Ah, perdón.
—¿Por qué lo acusas de serte infiel?
—Hace dos semanas lo vi en un taxi junto a ella mientras la besaba.
La sonrisa que mantenía en el rostro se desvanece. En su expresión ahora hay seriedad.
—Continúa.




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