Tan libre como puedas

CAPITULO 10 Parte 3

El ambiente se pone tenso y el silencio es incómodo.

Ezra comienza a negar con la cabeza ante mi acusación.
—Yo puedo explicarlo. —Antes de que pueda seguir con mi relato, Jade interviene.
—Te escucho —dice Magi cediéndole la palabra.
—Es verdad que nos viste en aquel taxi, pero no estábamos besándonos —niega mis palabras totalmente ruborizada—. Eso jamás pasaría —dice esto último con un toque de tristeza.
—Yo los vi.
—Bueno, creo que desde la distancia a la que estabas es completamente aceptable confundirse. —Como si tratara de justificar mi proceder, me habla de una manera dulce y comprensiva.
—Él se inclinó para besarte —le acuso a lo cual, ella niega suavemente.
—Él se inclinó para desenredar mi cabello de los ostentosos aretes que me obligó a usar mi hermana —aclara—. Éstos, de hecho. —Levantando su cabello, deja al descubierto sus orejas.
Me sorprendo al ver varios aretes pequeños en su oreja izquierda. Se ve muy bien con ellos, pero es un gran contraste respecto a su tierna y frágil apariencia. Al poner atención en los aretes a los que se refiere, puedo notar que son demasiado largos y exagerados, además, se enredan terriblemente con su cabello.
—Tu hermana no debería obligarte a lucir como ella —desaprueba Magi—. Mira como te hace batallar.
—Él jamás te engañaría —asegura Jade.
Su mirada es tan tierna y su expresión tan comprensiva que me hace sentir mal por creer que es desagradable.
—¿No?
—En mi juventud me enamoré perdidamente de un hombre maravilloso —comienza a contar Magi mientras ayuda a Jade con su cabello—. Fuimos pareja durante varios años, pero cuando sus padres se enteraron de nuestra relación y mi embarazo le prohibieron volver a verme y lo obligaron a casarse con su prometida. Yo no sabía de ella —aclara—. Mi hijo creció sin un padre y odiando la traición más que cualquier cosa en el mundo, por eso te pido una oportunidad.
—Eso debería decirlo yo ¿no crees? —interviene Ezra.
—Tú eres un bruto y todo lo arruinas.
—¿Pueden dejarme hablar con ella, por favor?
—Adelante.
—A solas —aclara.
—Arruínalo y te desheredo —le advierte poniéndose de pie.
De mala gana, ambas se marchan a la cocina.
—Le agradas —comenta sentándose a mi lado—, si no, no me desheredaría.
—¿De verdad no lo hiciste? —pregunto en un susurro, pero la respuesta la tengo bien clara.
Mi corazón canta victoria restregándole a mi mente su felicidad.
—¿Tú qué crees?
—¿Entonces por qué saliste corriendo tras de mi?
—Solo un idiota no lo haría después de ver esa expresión en tu rostro —responde con una dulce sonrisa acariciando suavemente mi mejilla—. Sentí que si no lo hacía te perdería, aunque no me sirvió de mucho.
—¿Y por qué no intentaste explicármelo? —Tantas preguntas me llevan a la misma respuesta, la cual, espero con ansia desde hace tiempo.
—Te llamé muchas veces y envié un montón de mensajes. También intenté hablar contigo en la escuela y fui a buscarte el viernes, pero tus mastodontes no me dejaban siquiera mirarte.
Me quedo sin argumentos ante su explicación y acepto mentalmente que ha sido culpa mía. Lentamente al tenerlo tan cerca, el dolor e inseguridad por creer que había alguien más para él, desaparece.
—Entonces no me engañaste.
—Jamás lo haría. No soy tan tonto.
En nuestra mirada que se atrae mutuamente, se transmiten las palabras que no son dichas. Sus dedos se entrelazan con los míos dejándome sentir su cálida piel. Sin más, ante el momento y la situación, sonrío embelesada. Mi mente y corazón finalmente se sincronizan anhelando una sola cosa: su amor. El sofá cruje levemente cuando inclina su cuerpo hacia el mío para acercarse. Su vista, fija en mis labios enciende mis mejillas. Está tan cerca que puedo sentir su aliento en el rostro y mi corazón en la garganta.
De pronto, arruinando el momento, tres toques en la puerta reclaman nuestra atención.
—¡¿Quién es?! —grita su madre saliendo de la cocina—. Agh, y justo en la mejor parte.
—¿Estabas espiando?
—No, hijo. Me pintaba las uñas con mermelada. ¡Claro que estaba espiando! —suelta furiosa cruzando la sala—. ¡Qué! —exclama al abrir la puerta.
—Disculpe la molestia Sra. Cantú. Vengo a recoger a Jade —anuncia un hombre vestido de traje.
—Eres muy inoportuno, Camilo —se queja.
—Lo siento —se disculpa Jade llegando a la puerta también.
—Tranquila, solo bromeo. Ve a casa y descansa.
—Podría quedarme aquí si tú me lo permites.
—Jade.
—Solo bromeaba —comenta de inmediato.
—Buenas noches —se despide besando su frente.
Puedo ver claramente que se aprecian, pero a la vez, es como si Magi tratara de mantener cierta distancia y por las expresiones de Jade, puedo notar que ella también se da cuenta.
Tras cerrar la puerta, la dama vestida de blanco se une a nosotros sentándose en el sillón de enfrente.
—Bueno, ya que está todo bien ¿por qué no celebramos con una buena rebanada de pastel? —propone.
—Mamá, ya casi son las nueve.
—¿Le vas a negar a esta pobre anciana su único vicio?
—Ni siquiera llegas a los cincuenta —rezonga al levantarse—. Y no es tu único vicio —aclara de camino a la cocina.
—Las gomitas de serpiente no cuentan —masculla enfurruñada.
—A su hijo también le gustan mucho los postres —comento al no ver a Ezra—. Sus favoritas son las tartaletas de frutas.
—Cuéntame más —pide emocionada.
—Siempre que vamos a alguna cafetería pide dos tazones: uno con chocolate y otro con cerezas —mientras le cuento, imagino la última vez que salimos juntos.
—No me lo imagino comiendo cerezas con chocolate.
—En cada tartaleta pone una cereza extra…
—Deja de darle material para hacerme bullying de por vida —exige Ezra llegando a la sala—. Y tú no seas chismosa —la reprende al dejar la charola que traía consigo sobre la mesa.
—Que grosero. Yo no soy chismosa —se defiende.
Indignada, toma un sorbo al café que trajo su hijo.
—Gracias —le digo luego de que deja café y pastel frente a mi.
—¿Por qué el de ella tiene cerezas?
—Porque yo las puse ahí —responde naturalmente.
Al poner atención, noto que mi pastel es el único con una cereza.
—Por favor, tómela señora —le ofrezco a Magi.
—No, linda. Estoy bromeando; a mi no me gustan —confiesa—. Y no me digas “señora” dime “Magi”.
—O Margarita.
—Magi está bien —afirma dándole un puntapié en la espinilla a su hijo.
—Margarita es un lindo nombre —agrego.
—También puedes decirme “mamá”.
—¿Cómo?
—No seas tímida. Ya que el malentendido se arregló y vuelves a ser mi nuera, no hay necesidad de formalidades. Dime “mami”.
—La verdad, después de lo que pasó no sé si nosotros…
—Tranquila, mi hijo no es rencoroso. El que lo hayas tachado de infiel no va a hacer que cambie sus sentimientos por ti. Además, dónde vas a encontrar a otro hombre tan guapo como él. Es trabajador, está lleno de propósitos y ambiciones, es el mejor de su generación…
—Ya deja de subastarme ¿quieres?
—Entonces convéncela tú. ¡¿Dónde crees que vas a encontrar una chica tan linda, educada y comprensiva como ella?! Llevas veinticuatro años soltero, si sigues asi no vas a salir ni en rifa.
—¿Veinticuatro? Pero nosotros llevamos saliendo más de tres años.
Ante ese nuevo descubrimiento, los ojos de Magi se abren sorprendidos y puedo ver el instinto asesino emerger en su mirada.
—¡¿Cómo que tres años?! ¡¿Por qué no la trajiste antes?! —Con la intención de desahogar su coraje, toma un cojín del sofá para azotarlo contra su hijo.
—¡Mis padres tampoco lo saben! —confieso en un intento de dividir la culpa—. Y, sinceramente, no creo que lo acepten si llego a decírselos.
—¡¿Por qué no?! Mi hijo es un hombre maravilloso —afirma orgullosa.
—Acabas de decir que dentro de poco no saldré ni en rifa.
—Palabras, palabras —suelta restándole importancia a tal acusación.
—En realidad, no me refería a que no lo aceptaran a “él” precisamente.
—¿Entonces?
—Su familia es dueña de restaurantes CaraLuna —informa Ezra.
—¡¿Restaurantes CaraLuna?! ¿Esos que te cobran un riñón por tres hojas de lechuga?
—No aceptamos órganos como pago —comento tratando de seguirle el juego.
—Ya veo. Asi que tus padres son esa clase de personas.
—No entiendo.
—Selectivos —pronuncia dejando un ambiente pesado que me hace sentir culpable.
No quiero que piense que también soy asi.
—Solo su padre —aclara Ezra—, su mamá es más linda que tú —remata levantándose para llevarse la vajilla vacía a la cocina.
—Mocoso malcriado. —Lanzándole el cojín directo a la cabeza, logra desquitarse un poco—. De pequeño era tan lindo —se lamenta.
—Aun lo es —suelto sin pensar—. Quiero decir, bueno, solo hay que mirarlo. —El rostro se me pinta de colores, pero ya abrí la boca.
—Me alegra que veinticuatro años de mi vida sean gratificantes para ti. —Al ponerse de pie, hago lo mismo—. Ya es tarde, vamos a buscarte algo cómodo para que duermas.
Antes de que pueda decir algo, me deja bien claro que no tengo opción y me lleva consigo hasta su habitación en el segundo piso.
—No es necesario que sea tan amable —le digo aceptando la ropa que me ofrece.
—Es de mis favoritos, póntelo —ordena—. También ten esto —dice poniendo un par de calcetas y pantuflas sobre la pijama.
Al ver el montón de cosas que sostengo entre mis manos me da ternura y le atribuyo sus atenciones a su instinto maternal. El que sea tan atenta con una desconocida me hace creer que es una persona amable, lo cual, también me hace pensar en mi madre. Si ella viera las palmas de mis manos y el golpe en mi cabeza se pondría a llorar.
Inevitablemente, su recuerdo viene acompañado de una sonrisa triste y lagrimas que lucho por contener.
Aún no entiendo cómo pudo mentirme tanto tiempo.
—¿Te sientes mal? —cuestiona desde la cómoda en donde sigue buscando cosas.
—No. Es que me duele la cabeza. —No puedo decirle que estoy asi porque mi madre me oculto que estoy comprometida.
—Tengo unas pastillas por aquí —asegura abriendo el segundo cajón—. Las vi en la mañana.
—Si la quieres obligar a aceptar el anillo de la abuela, está en el cajón de abajo. —De pie, recargado en el marco de la puerta y con los brazos cruzados, Ezra se mantiene atento a lo que hace su madre.
—¡Las encontré! —anuncia vencedora—. No seas ridículo, ese anillo debes dárselo tú cuando le pidas matrimonio —le dice a Ezra al entregarme las pastillas.
—¿Por qué le diste una pijama? —cuestiona.
—Se va a quedar a dormir.
—Oh.
—En tu habitación.
—¿Qué?
—No es necesario —intervengo—. Puedo dormir en el sofá de abajo, es muy cómodo.
—Pero qué vergüenza. Oh, la deshonra para nuestra familia. Jamás creí que mi hijo seria un ser tan indiferente. —Lamentándose, Magi se tapa el rostro con las manos.
—A mi no me molesta dormir en el sofá —aseguro acercándome a ella para tranquilizarla—. Ya le agradezco que me deje pasar la noche en su casa.
—La estás asustando, Margarita —le acusa Ezra sin inmutarse ante la escena—. Obvio no voy a dejar que duerma allá abajo —le dice antes de marcharse.
—Ve con él —traviesa, me apresura sonriente.
Tardo unos pocos segundos en procesar lo que ha pasado, pero cuando logro entenderlo, sonrío igual que ella.
Al salir de su habitación me doy prisa para alcanzar a Ezra.
—Es aquí —indica recargado a lado de una puerta amarilla.
Se comporta de una manera tan tranquila que me hace sentir mal. Es verdad que nunca vi sus labios tocándose y aun asi, el miedo e inseguridades desecharon la confianza absoluta que tenia en él y me convencieron.
—Voy a entrar —aviso.
—Buenas noches.
—Espera —le llamo deteniéndolo.
—¿Necesitas algo más?
En su mirada no hay ni una pizca de resentimiento, al contario, es como si nada hubiera pasado.
—Perdón —expreso sinceramente.
Que a él no le importe lo que hice no significa que yo deba pasarlo por alto también. Quería una explicación para lo que vi, pero cuanto trató de dármela no lo escuché. Quería que me buscara, pero cuando lo hizo, hui.
—No deberías…
—Está bien si no me perdonas, yo solo quiero que sepas que lo lamento. No debí haberte culpado de algo tan bajo cuando tú siempre fuiste tan digno; te herí y no lo merecías. Todo ha sido mi culpa, me aseguraré de hablar apropiadamente con Frida y Thiago para que no haya malentendidos entre ustedes.
—¿De verdad creíste que yo te engañaría?
—Si no lo creyera no habría hecho tal escándalo.
—No creo que esa fuera la razón. Apuesto que tenías miedo de perderme, miedo de que existiera alguien más. Apuesto mi vida a que en el fondo sabías que jamás te haría algo asi. —Frente a frente, sus ojos absorbentes me impiden desviar la mirada.
¿Tanto asi confía en mí? ¿Tanto asi me conoce?
Lo que me torturaba era perderlo y para no hacerme más daño me obligué a creer que era su traición. Una traición duele en el ego, pero que te cambien en el corazón.
—Perdón —imploro al abrazarlo.
No debí dudar de él, de su amor, ni de mí.
Aceptándome de nuevo, me rodea con sus brazos. En su pecho, puedo escuchar el latir de su corazón.
—Cariño —me llama acariciando mi mejilla—. Te amo.
—También te amo.
Poco a poco, sus labios se acercan a los míos.
—Entonces… ¿traigo el anillo de la abuela?
Al escuchar la voz de Magi escondo mi rostro entre la chamarra de Ezra mientras le exige que se vaya.
—Esta bien, ya me voy —le dice—. Pero sepan que es culpa suya por exhibicionistas —aclara antes de irse.
—De verdad le agradas —comenta.
—¿Tú crees?
—Sí. A mis ex novias nunca les dio pastel.
—Pero ella dijo que tenías veinticuatro años soltero.
—Eso es porque ellas nunca contaron para ella. Siempre fue muy amable y respetó la relación, jamás habló mal de ella ni me pidió que las dejara; solo dejó que me diera cuenta por mi mismo lo que en realidad quería.
—¿Y qué era?
—Amor —precisa.
—¿Y lo encontraste?
—Cuando llegaste tú.
Al escuchar sus palabras siento que podría enamorarme más de él si fuera posible. Su mano en mi cintura me atrae hacia él mientras nuevamente acerca su rostro.
—Que romántico. Es igual a su padre. —Magi, dándole unas palmaditas en el hombro a Ezra, lo hace de nuevo.
—Mamááá.
—Es verdad —asegura entre palmada y palmada.
—Agh, voy a sacar las cobijas. —Enfurruñado, Ezra entra a su habitación azotando la puerta tras él.
—¡También te quiero, hijo! —le grita—. Es un poquito penoso —lo excusa.
—Yo diría gruñón.
—Deberías ver su cara cuando hablo mientras vemos películas —menciona entre risas—. Odia que haga eso, sin embargo, es él quien enciende el televisor.
—Es un hombre encantador.
—Lo es. Y todos estos años he rogado al cielo que envíe a la persona correcta —confiesa tomando mi mano entre las suyas—. Por favor, no lo lastimes. —Entre su petición, es evidente el miedo y preocupación.
Al escucharla se me hace un nudo en la garganta pues sé a qué se refiere. Teme que yo lo cambie, tal como hicieron con ella.
Sin esperar una respuesta ni despedirse, se marcha soltando mi mano.
Magi dejó la luz encendida en una habitación un poco más adelante, asi que voy hasta allá para apagarla, pero al llegar me doy cuenta que es el baño y entro. En el espejo que cuelga de la pared observo mi aspecto. Además del pequeño corte en la frente, un leve raspón en la mejilla y el cabello enmarañado, no hay mucho que lamentar. Paso los dedos entre mi pelo tratando de peinarlo un poco, pero se atoran a mitad de camino causándome dolor. Decido hacer mejor una trenza y esperar hasta que pueda tomarme mi tiempo desenredándolo mañana. Me lavo la cara y cambio de ropa antes de salir y volver a la habitación.
Giro el pomo negro de la puerta amarilla y entro. Las luces están encendidas y Ezra en el asiento de ventana mirando hacia la calle.
—Que linda —me dice al voltear a verme.
Camino hasta él para sentarme del otro lado.
—Me gusta tu pijama de santa —comento al notar que también se ha cambiado.
—A mi me gustas tú —afirma sin vergüenza.
Siempre me he preguntado cómo puede decir ese tipo de cosas con una cara tan seria.
—Gracias —respondo haciéndolo reír.
De repente, se pone de pie.
—Ya es tarde y mañana hay que ir a clases. Dejé un par de cobijas en la cama por si te da frio. No tengo osos de peluche, pero puedes dormir abrazando la almohada.
—¿Y si te quedas?
Me siento tan feliz de estar a su lado que no quisiera que se marchara tan pronto. Quiero seguir viendo su sonrisa y esos ojos color marrón que brillan cuando me miran.
—Solo si te quedas en mis brazos —responde.
—En donde más.




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