El canto de las aves anuncia que ya ha salido el sol. Al abrir los ojos, lo primero que veo es a Ezra. Por un momento me quedo observando su rostro: el sol de la mañana le da en la cabeza haciendo que su cabello oscuro luzca más claro, sus labios levemente separados dejan salir lo que parece un ronroneo que carraspea desde su garganta. Cuando comienza a moverse, de inmediato me tapo con la cobija.
—Buenos días —saluda adormilado.
—Buenos días.
—¿Por qué te escondes?
—No me escondo —balbuceo.
—No puedo escucharte ¿sabes? Mis oídos están acá arriba, mi pecho es solo un atractivo.
No hay una respuesta para tal afirmación, asi que me mantengo en silencio mientras pasa el tiempo y Ezra me estruja entre sus brazos. Justo ahora, siento que podría pasar el resto de mi vida de esta manera.
—¡Buenos días, dormilones! —La puerta de la habitación se abre de repente dejando entrar a Magi.
Ante tal estruendo y sorpresa, Ezra termina en el suelo y yo, apurada, bajo de la cama.
—¿Te lastimaste? —Con cuidado lo ayudo a levantarse—. No quise empujarte, es que me espanté.
—Tranquila, estoy bien.
—¡Vaya que amanecimos enérgicos hoy! Bajen a desayunar, los espero en el comedor —avisa Magi antes de cerrar la puerta.
Luego de cambiarnos de ropa, bajamos al comedor. Magi nos espera con el desayuno servido. No quiero ser tan atenida, asi que luego de terminar de comer recojo los platos y voy a la cocina a lavarlos.
—“Porque entre ser y no ser, yo soy”. —Desde el sofá, Magi disfruta de su novela favorita.
En cuanto dieron las once, corrió a encender el televisor alegando que no se perdería ese capitulo por nada del mundo.
—Siempre hace eso —comenta Ezra mientras pica algo de fruta para su madre.
—¿Y tú también? —cuestiono refiriéndome a la fruta y el tratamiento facial que aplicó hace poco a ella.
—Al menos una vez el mes.
—Vaya, eres un gran hijo —comento impresionada.
Lo más atento que yo he hecho por mamá es llevarle pizza.
—Ella es una gran madre —afirma—. Sin ella, no sería lo que soy ahora. —Con una mirada que me parece tan tierna y llena de afecto, acomoda el kiwi, las fresas y sandia de manera circular en una bandejita.
—Entonces debo agradecerle por haber criado a un hombre tan esplendido para mí —digo secando mis manos luego de terminar con la vajilla.
—¿Para ti? Te recuerdo que terminaste conmigo anoche.
La sonrisa en mis labios se desvanece al escuchar su respuesta.
—Ah, sí —musito.
—Tú terminaste conmigo, pero yo no contigo —aclara acercándose a mí—. Y mientras no quieras que lo haga, no planeo dejarte ir. —Con una sonrisa de lado que me alborota el corazón, se toma su tiempo contemplándome.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Las últimas horas he sentido que floto sobre algodón de azúcar. Todo se siente tan bien a su lado.
—¡¿Me traen mi fruta o voy yo por ella para que puedan seguir coqueteando?! —grita Magi desde su asiento.
Tras soltar un bufido, toma la bandeja para llevársela a su madre. Cuando regresa, siento la necesidad de robarlo para mi sola.
—Tengamos una cita.
Aunque en un principio no lo veía muy convencido, al final aceptó salir.
—¿La feria? ¿No prefieres ir al acuario o a patinar?
—No. La feria está bien.
Quizá el ya no lo recuerde, pero nuestra primera cita fue aquí.
La primera vez que lo vi pensé que era un tipo serio, arrogante y medio amargado. Las chicas lo seguían a todos lados, pero el nulo interés del pelinegro misterioso era evidente y poco a poco dejaron de atosigarlo. Sin darme cuenta, mis ojos se interesaron en él también y lo buscaban entre los demás. El sentarme detrás suyo ayudó a que conversaciones espontáneas y sin sentido se dieran frecuentemente.
La primera vez que me sonrió, el corazón casi se salió de mi pecho. A las otras chicas ni siquiera las miraba, en cambio, a mi me sonreía; eso me hacia sentir especial.
Sin planearlo nos hicimos cada vez mas cercanos y sin buscarlo nuestros sentimientos se encontraron. Cuando descubrí la calidez de sus manos no quise soltarlas más, cuando contemplé su sonrisa deseé que jamás se desvaneciera y al notar el brillo en sus ojos quise que me iluminara solo a mi. Estaba enamorada y en ésta ocasión, mi amor era correspondido.
Al entrar a la feria no puedo evitar comparar la vista nocturna con la que tengo frente a mi. Por la noche, las luces de los juegos brillan intensamente entre la oscuridad y todo luce más romántico bajo la luz de la luna, en cambio ahora, es todo tan simple y ordinario.
Mientras caminamos por el centro de la feria los puestos de comida relucen a las orillas abriendo paso a todo aquel con una pizca de antojo, los algodones colorean la vista y las viejas lonas desteñidas de los puestos cubren todo lo que pueden.
—¿Qué quieres intentar primero? Mira, allá están los dardos —propone.
Entre tantos juegos que intentan acarrear tanta gente como pueden y dejar ganar a unos cuantos, me decido por uno.
—La maquina de peluches. —Apunto el artefacto de metal no muy lejos de nosotros.
Emocionada, sujeto a Ezra del brazo y lo llevo hasta allá. La maquina está tan repleta que siento que puedo ganar mil veces. Ballenas, perros, gatos; todos pasan a segundo plano cuando veo ese maravilloso panda en la cima. Siento tal confianza en mis habilidades que la garra parece un enemigo insignificante.
Decidida a llevar ese panda conmigo, sujeto la palanca con una mano a la vez que estiro hacia Ezra la otra.
—¿Qué?
—¿Me das una moneda?
—¿La señorita Lara no trae dinero?
—No te burles.
—Está bien, ya vuelvo —avisa dándose la vuelta para ir con el encargado.
Mientras espero a que regrese, imagino los movimientos que tengo que hacer para obtener el premio. Al llegar de vuelta, me entrega diez fichas.
—Con una era suficiente —fanfarroneo.
Sin decir una palabra, se queda de pie a mi lado observando mis magnificas maniobras.
Durante el primer intento estaba calentado asi que no me preocupo al fallar, el segundo, tercero y cuarto me sirvieron para acomodar mejor el panda, con el quinto casi lo tenía, el sexto no entiendo cómo, pero fue peor que el primero y los últimos tres fueron una burla. Ahora, derrotada, me quedo con las ganas de exigir un reembolso.
No quiero seguir viendo esas maquinas amañadas, asi que nos alejamos lo más que podemos hasta refugiarnos bajo la sombra de una jacaranda.
—¿Morado o amarillo? —pregunta luego de comprar un par de algodones de azúcar a un señor que pasó ofreciéndolos.
—Morado.
Hace tanto que no pruebo un algodón de azúcar que cuando se deshace en mi lengua su sabor me llena de dulzura.
—Mira, se fueron de pinta —señala a la joven pareja—. Al menos se hubieran cambiado de ropa. Ya hasta sé a cuál secundaria van.
—Tú tampoco fuiste a clases —le informo.
—Mi mamá no me despertó —se excusa añadiendo un vaivén desinteresado de hombros.
Entre risas, pasa un brazo sobre mis hombros atrayéndome hacia él.
Observando a la joven pareja, veo como el chico dispara a las botellas y logra derribar algunas ganando asi un cojín blanco de felpa con forma de corazón.
—Que tierno —menciono al ver como sin pensarlo, se lo entrega a su pareja.
Conmovida, toma el obsequio entre sus manos dándole un beso en la mejilla.
Al verlos, recuerdo mi “yo” de secundaria.
Que hubiera dado yo por que “él” me amara.
Esa época fue muy difícil. Todo fue tan repentino, no entendía lo que pasaba. Y aunque quizá no quedó superado, logré aceptar que no sería de otra manera. Afortunadamente, unos años después apareció Ezra y poco a poco endulzó mi corazón a su manera.
—Olvidé algo, ya vuelvo —anuncia al ponerse de pie—. No tardo. —Sin decir a dónde va o qué olvidó, se marcha.
Mi cuerpo que estaba cálido entre sus brazos, comienza a enfriarse sin él. De repente y sin razón, la soledad me invade haciendo que mi mente me traicione nuevamente.
Un pensamiento recurrente me perturba como la roca al caer en aguas tranquilas.
Él me ama, repito una y otra vez tratando de tranquilizarme. Pero, ¿acaso el amor es suficiente? ¿Qué pasará el día que deje de amarme? Seguramente, cuando llegue ese momento Jade estará ahí. Su ternura y belleza lo cautivarán, además, un corazón desolado sucumbe ante la más mínima muestra de afecto. Es evidente el interés que tiene y no sería extraño que algo sucediera entonces, pero… ¿y si él la nota antes?
Hace tiempo leí una frase: “Si te enamoras de dos personas quédate siempre con la segunda. No te habrías enamorado de la segunda si de verdad amaras a la primera”. Nuestro amor podría existir hoy, pero quizá mañana…
El silbido del viento y una brisa helada me traen de nuevo al momento. Dirijo la vista al cielo para que las lágrimas que se acumularon no se derramen, pero aun asi, logran desbordarse.
—¿Qué pasó? ¿Por qué lloras? —Preocupado, me examina en busca de algún mal.
—No te vayas con ella —le pido.
—¿De qué hablas?
—Cuando te des cuenta de lo linda y tierna que es, te vas a enamorar —aseguro imaginando la escena en mi cabeza.
Como aquella vez, Ezra se acercará a ella, pero en esta ocasión no será a desenredar su cabello.
—¿Te refieres a Jade? —intuye.
Aún sin mencionarla, sabe que me refiero a ella solo por esos dos adjetivos. Entonces, quizá el ya…
—No te lo permito —espeto aprisionándolo entre mis brazos.
—Cariño —me llama alejándose un poco—. Puedes prohibirme todo lo que quieras, pero eso no impedirá que en efecto, note lo linda y tierna que es.
Al escucharlo se me forma un nudo en la garganta.
—Descarado.
Ante mi insulto, no hace más que reír. Su reacción me desconcierta.
—Cariño, ¿acaso eso importa?
—¿Qué seas un sinvergüenza?
—Que ella sea linda y tierna —corrige.
—Eso es todo lo que importa —afirmo.
—No voy a negar que me gusta este lado celoso tuyo, pero no deberías dejarte cegar. Imagínate, si yo me dejara derrumbar por cada tipo al que sé que le gustas, en estos momentos no quedarían más que escombros de mi.
—Nómbrame a uno solo —le reto.
—Cariño, está más cerca de ti de lo que me gustaría y te ama tanto que cuando te mira me molesta porque sé que si quisiera podría arrebatarte de mi lado en cualquier momento.
—Eso jamás pasara —aseguro.
—Yo también tengo miedo de perderte —confiesa—, pero así como sé que me amas, te pido que reconozcas mi amor por ti. —En cuclillas, entrelaza mi mano con la suya—. ¿Sabes? No importa que tan linda sea Jade, te prefiero a ti con el cabello suelto. Puede ser todo lo alegre que quiera, pero me gusta más tu rostro pensativo. Puedo gustarle toda la vida, pero no importa porque te amo a ti. —Su rostro es tan serio, pero a la vez tan pacifico que siento que no podría ser más sincero.
Los rayos del sol ahora lucen más brillantes, el viento helado se siente como un suave roce en mi piel y su silbido es apaciguado por el ferviente sonido del latir de mi corazón.
—Me costó más de lo que esperaba. —De detrás suyo saca el panda que tanto ansiaba conseguir—. Aunque no llegué a las diez fichas —agrega con una pizca de humor.
Me dejó sola porque fue a conseguir el panda.
Conmovida, observo el magnifico oso blanco y negro. Acaricio su nariz, su sonrisa.
Aún en cuclillas, se mantiene atento a mi expresión. Los rayos del sol que se cuelan entre las ramas de la jacaranda le dan directo en el rostro haciendo que el color de sus ojos sea más claro. Al contemplar su rostro, siento como si millones de corazones salieran de mi cuerpo solo para revolotear a su alrededor.
—¿Qué te parece la montaña rusa? —propone al ponerse de pie.
—Solo si no vomitas.
—No prometo nada.
Tomados de la mano, nos alejamos de aquella banca donde experimenté tantos sentimientos diferentes por la misma persona.
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Editado: 01.03.2026