Frida se lanza para alcanzarlos, pero al ver que no voy con ella regresa por mí. Cuando llegamos junto a los paramédicos ya están subiendo a mi madre en la ambulancia. Mi amiga corre apresurada por la calle hasta su coche y esta vez voy tras ella. Saca las llaves de su bolso, las remueve entre sus manos, pero no elige alguna.
—Frida, rápido, se están alejando.
—¡Lo sé! Lo sé, pero… no encuentro la llave, no sé cual es —confiesa con un hilacho de voz y los ojos llorosos.
—No puedes conducir asi —le riñe Leonardo al llegar a nuestro lado para arrebatarle las llaves—. Deja esa maleta y suban al coche —ordena.
Es hasta cuando lo menciona que me doy cuenta que la he arrastrado desde mi habitación hasta aquí.
Sin rechistar, lo seguimos hasta su auto para subir y seguir a la ambulancia.
—¿Qué fue lo que pasó? —No intento susurrar, pero apenas me salen las palabras.
—Tu madre colapsó —me informa sin descuidar el volante.
—¿Por qué?
No me interesan, pero mi vista no se aparta de los tapetes negros de su coche que cada vez me parecen más borrosos.
Los segundos pasan, pero no obtengo respuesta alguna.
De repente, Leonardo gira en una esquina apartándose asi de la ambulancia.
—¿A dónde vas? La ambulancia se fue por allá.
—No se debe seguir una ambulancia, podríamos ocasionar un accidente. Además, ya sabemos a que hospital la llevan.
Después de unos minutos eternos llegamos al hospital casi al mismo tiempo que la ambulancia. Entramos corriendo detrás de los paramédicos a quienes recibe un equipo médico. Al ver como se alejan llevándose a mi madre, corro tras ellos.
—Señorita, no puede pasar —avisa una enfermera deteniéndome.
—¿Por qué no? —cuestiono sin despegar la vista de la puerta por donde han entrado—. Me quedaré en una esquina, no tocaré nada. Por favor, déjeme ir con ella —suplico aferrándome a su uniforme.
—Tiene que esperar afuera. La señora ya está siendo atendida, tranquilícese.
—Quiero ir con ella, es mi mamá.
—Anya. —Frida llega a mi lado para apartarme de la enfermera y permitirle seguir haciendo su trabajo.
Caminamos hasta las sillas más cercanas. Descanso la cabeza contra la pared mientras observo el color blanco enceguecedor que tiñe todo el lugar, aspiro el olor a desinfectante y escucho el silencio.
El tiempo pasa de una manera tan lenta que siento cómo disfruta el torturarme.
De repente, las palabras horribles y aquel golpe que le di en la mano regresan a mi mente haciéndome sentir basura. Una lagrima cae por mi mejilla. No puedo contenerme más y termino subiendo los pies a la silla para poder abrazar mis piernas y esconder el rostro para silenciar mis sollozos. Las lágrimas no se detienen, es como si no tuvieran fin.
—Hace frío, bebe algo caliente —sugiere Leonardo.
Levanto el rostro para verlo. Su mano sostiene el vaso humeante que me ofrece.
—No quiero.
—No me molesta que me odies ni tu actitud desagradable, de hecho, tus expresiones son divertidas —comenta campante a lo cual pongo mala cara—, pero por ahora hagamos una tregua ¿te parece? —Su mano me ofrece nuevamente la bebida.
Sin responder, acepto. No planeo dar un solo sorbo a lo que sea que me haya traído, pero al menos servirá para calentarme las manos.
—Ya terminé de llenar el formulario —me informa Frida.
Desconcertada, volteo a ver el asiento vacío a lado mío y luego regreso la mirada a ella.
¿En que momento se fue?
La espera continúa. Mi pierna comienza a moverse arriba abajo sin parar. El tiempo me parece eterno mientras observo las puertas de cristal que no se abren.
—Tranquilízate —dice Leonardo.
—No me toques —reniego apartando su mano que sujetaba mi rodilla tratando de pararme.
—No tienes que ser tan tosca —se queja.
—Vete —ordeno luego de ponerme de pie—. No tienes nada que hacer aquí.
—No estoy aquí por ti.
—Pues me importa poco. No quiero verte, no te quiero cerca de nosotras. —Las palabras me salen una tras otra cada vez con más rabia—. Todo esto es culpa tuya. ¡Todo se arruinó cuando llegaste tú! —Estúpidamente lo culpo tratando de aligerar mi pecho.
—No voy a pelear contigo asi —responde tranquilamente cruzándose de brazos.
¿Ahora intenta ser considerado? ¿Ahora si me toma en cuenta?
—¡Vete! ¡Lárgate!
—Anya, tranquila —interviene Frida.
—Señorita, por favor tranquilícese —exige una mujer atravesando las puertas de cristal.
—¿Cómo está mi madre? —le pregunto luego de correr hasta ella.
—La señora sufrió un infarto, pero afortunadamente llegó a tiempo y ahora está fuera de peligro. Pasará las próximas seis horas en observación. Después, la transferiremos a piso hasta que el doctor le de el alta.
—¿Puedo verla?
—No mientras esté en observación.
—¡Pero estará ahí seis horas! Ya tengo mucho tiempo esperándola, ¡necesito verla!
—Señorita, apenas ha pasado poco más de una hora —aclara apuntando el reloj que cuelga de la pared.
—Cuando salga de observación transfiérala a una habitación privada —le indica Leonardo.
—Entendido —dice antes de marcharse.
—¿Quién eres tú para decidir eso? —reclamo.
—Ve a tu casa y trae algo de ropa abrigadora para Emma —ordena ignorando mi pregunta.
—Yo no sigo ordenes tuyas.
—Bien, iré yo. Quédate aquí esperando noticias.
—¡Claro que no!
—Entonces ve tú.
—No lo haré.
Al escuchar mi respuesta, fastidiado, suelta un suspiro y saca su teléfono.
—Voy a llamar a Darla para que la consiga.
—No te atrevas —advierto.
Su expresión me deja claro lo testaruda e irrazonable que estoy siendo, asi que decido doblar las manos en esta ocasión.
Mi madre está a salvo en cuidados intensivos y por ahora, mi presencia es innecesaria aquí.
—No te muevas de ahí —le ordeno.
—No lo haré —responde victorioso al ver como me preparo para irme—. ¡Espera! —grita deteniéndome—. Llévatelo. —Desde su asiento me lanza algo pequeño.
Al atraparlo, lo observo dándome cuenta de lo que arrojó.
—Lo venderé como chatarra —le informo meneando las llaves de su auto.
—Vale más que tu cabeza, cuídalo.
Me doy la vuelta dejándolo nuevamente con una sonrisa victoriosa.
—Conduce tú —le pido a Frida cuando llegamos al auto—. Si lo hago yo, lo chocaré a propósito.
Al llegar a casa, conozco verdaderamente la desolación. El lugar se siente inmenso, frio y solitario. Me tomo unos segundos para asimilar lo que ha pasado.
Son pasadas las seis de la tarde. Mi madre pasará cuatro horas en cuidados intensivos asi que tengo hasta las diez para volver al hospital.
—Yo preparo la maleta, tú ve a darte un baño. Seguro pasas la noche allá.
—Mejor te ayudo con la ropa y luego me doy un baño.
No estoy bien y se que ella tampoco. En cualquier otra situación dejaría que Frida se hiciera cargo de todo, pero tratándose de mi madre, no es justo.
Al entrar en la habitación de mis padres me sorprendo al ver tal desastre: ropa sobre la cama, tirada en la alfombra, colgando de los cajones a medio abrir y dentro de una maleta medio llena. Seguramente mi padre también pensó en llevarle algo de ropa a mamá, pero solo logró hacer un tiradero.
Debe estar muy afectado.
A simple vista se muestra el chal favorito de mi madre, asi que lo tomo para llevárselo. Dentro de un bolso de viaje guardo también una frazada y un conjunto cómodo para que se cambie.
Medio ordenamos la habitación, salimos y luego vamos a la mía. No quiero pasar tanto tiempo aquí, por lo que tomo una ducha rápida.
—Te guardé una frazada, un cojín y tu cargador en el bolso —me informa Frida luego de que salgo del baño.
—Gracias.
—Vamos, te prepararé algo de cenar —dice levantándose del sofá.
—No tengo hambre.
—Te apuesto que ni siquiera desayunaste.
—Me comí un sándwich.
—Eso no es suficiente para un día entero.
—Está bien, pero vas a cenar conmigo.
Frida acepta. Cuando estamos en la cocina, al revisar el refrigerador nos damos cuenta de que hay suficiente lasaña para ambas, asi que decidimos cenar eso. Después de calentarla, la sirvo en dos platos.
A pesar de ser ella quien insistía en que no debía andar por la vida con el estomago vacío, apenas y ha picado la comida.
—Come.
—Estoy comiendo —dice antes de dar un bocado.
—¿Quieres algo de beber?
Frida no responde, en cambio, picotea el platillo mientras lo escudriña.
—¿Sabes que Emma se va a poner bien, verdad? —menciona de repente.
—Sí.
Es lo que más deseo.
—Ella saldrá de ahí pronto. Se va a poner bien —insiste tomándome de la mano.
Al sentir su tacto noto que es tan frio como tembloroso. Observo su rostro y me doy cuenta de cuan mal se encuentra. Sus ojos rojos y brillosos acumulan todo su dolor esforzándose por no derramarlo. Sus labios apretados en una fina línea intentan contener su temblor.
—Sí —respondo.
Podría asegurar que Frida ama tanto a mi madre como si fuera hija suya también. Ambas amamos a mamá, pero no podemos derrumbarnos al mismo tiempo. Por lo tanto, debo resistir un poco más.
#8178 en Novela romántica
#1300 en Joven Adulto
traicion, venganza amor odio y un doloroso pasado, amistad amor ilusion tristeza dolor
Editado: 08.05.2026