Tan libre como puedas

CAPITULO 13 Parte 3

Falta poco más de una hora para que termine el tiempo de observación de mamá cuando ya estamos en la sala de espera del hospital.
—Tu madre ya está en una habitación —me informa Leonardo apenas llegamos.
—Pero se supone que estaría más tiempo en observación.
—¿Quieres que les pida que la regresen? —comenta. Me abstengo de insultarlo, en su lugar, le lanzo las llaves de su coche—. Que linda.
Caminando tras él, nos guía hasta la habitación donde se encuentra mi madre.
—Solo se permiten dos personas —informa para luego darle un vistazo a Frida.
Al ver que ella da un paso hacia atrás, indicando así que no entrará, la detengo tomándola de la mano para regresarla a su lugar. Sé que si Frida no estuviera tan afectada habría mandado a volar a Leonardo con solo una mirada, sin embargo, en esta situación soy yo quien toma su papel.
—Entonces ya puedes irte.
—¿Yo? —pronuncia incrédulo—. Soy tu prometido —alega como si eso le diera más derecho que a Frida.
—Y ella es mi hermana.
Leonardo se mantiene en silencio por unos segundos.
—Está bien, te cedo mi lugar —le dice a Frida—. Me gusta cuando te pones fiera —se dirige a mi.
Con una media sonrisa y esa arrogancia que lo distingue, se despide tras una reverencia.
Al perder a Leonardo de vista nos disponemos a entrar.
—Espera. Emma seguro estará cansada, entra solo tú.
—¿Estas segura?
—Sí. Si la veo ahora en su condición, en lugar de visita me convertiré en su compañera de cuarto.
Le creo, asi que no insisto.
Con mucho cuidado de no hacer ruido, entro y cierro la puerta. El corazón me comienza a latir ante la idea de que voy a verla. De repente, el miedo se apodera de mí.
¿Y si no quiere verme?
Le dije tantas cosas horribles; cosas que jamás debí decirle y que ni siquiera sentía realmente. Amo tanto a mi madre que haría cualquier cosa por ella y pensándolo bien, esa era la razón de mi enojo. La amo tanto, que sentí que aprovechaba todo ese amor a su favor para cumplir con su tradición. Ella sabía que terminaría cediendo, por eso tuvo esa conversación con Leonardo.
Tras unos segundos de silencio, el crujir del colchón me indica que está despierta.
Las manos me comienzan a temblar cuando me ve. Lentamente, me acerco hasta la cama. Al estar frente a ella cientos de palabras revolotean en mi mente, pero no soy capaz de pronunciar alguna. El ver sus ojos cansados me remuerde la conciencia.
—Perdóname.
Siento como un nudo se me forma en la garganta.
Su piel pálida, sus ojeras y lo demacrado que luce su rostro me hace cuestionarme lo que hice.
Es mi culpa.
Si no hubiera sido tan cruel e inconsciente, ella no estaría en esta situación. Mi padre me lo advirtió. Me dijo que ella era frágil, pero aún sabiendo eso, la dañé.
—Perdóname, cielo —repite—. No debí aceptar ese compromiso ni quedarme de brazos cruzados. Tenía miedo, pero te juro que ahora…
—Por favor, no sigas —la interrumpo—. Soy yo quien hizo todo mal. —Arrepentida, tomo sus manos entre las mías—. No volveré a tratarte así ni a gritarte. Me voy a casar, voy a tener hijos si quieres nietos. Haré todo lo que me pidas, pero, por favor, no me abandones.
No imagino una vida feliz a lado de Leonardo, pero seguramente no será tan desoladora como una sin mi madre.
—No, hija. Tú no entiendes.
—Entonces explícanos. —De improviso, aparece papá cerrando la puerta tras de si, la cual, ni siquiera escuche cuando se abrió. —Por favor, dinos qué es lo que no entendemos —le pide a mamá luego de llegar a su lado.
Ella no responde, solo lo observa atentamente. Entiendo que esté sorprendida, después de todo, incluso a mí, la actitud de mi padre me resulta un poco extraña. Esa sonrisa de lado y la manera en que acaricia su cabello no son comunes.
—Mamá, de ahora en adelante te pondremos más atención. Vamos a cuidarte, seremos más amables y pasaremos tiempo en familia, ¿verdad papá? —No soy la única que ha lastimado a mamá, asi que de manera sutil y con lo que me alcanza de valor, intento comprometer a mi padre a tratarla mejor.
—Sí.
—Por eso, dinos lo que quieras. No importa que sea.
Mi madre se queda pensativa, con un gesto extraño en el rostro.
—La próxima vez que comamos pizza me gustaría que nos acompañaras —se dirige a mi padre.
—Ya sabes que eso no me gusta —se queja haciendo una mueca.
—Papá.
—Está bien —acepta—. Hagamos un esfuerzo por complacer a tu madre —me dice acariciando mi cabeza.
—Sí.
Sé bien a qué se refiere.
—Bueno, tengo asuntos que atender. Me voy.
—Gracias por tomarte el tiempo de visitarme. Sé que estás muy ocupado.
—Te he descuidado mucho, por eso, de ahora en adelante te vigilaré más de cerca, así que descansa tranquila.
Luego de despedirse, finalmente se marcha.
—Frida está afuera —le informo.
—¿Y qué hace ahí? ¡¿Por qué le dijiste?! ¡¿Está bien?!
—Ella aún estaba en la casa cuando colapsaste. Vió cómo los paramédicos te transportaban en la camilla. Yo no tuve que decirle nada.
—Dile que pase.
Aunque Frida teme verla tan vulnerable y frágil, sé que desea estar a su lado.
—Mi madre quiere verte —le informo saliendo de la habitación—. Vamos. —Le ofrezco mi mano para que la tome.
Titubeante, se pone de pie sujetándome para entrar a la habitación.
—Frida, querida, ven aquí —le pide ofreciéndole su abrazo.
No lo piensa dos veces. De inmediato, corre a sus brazos.
—Tenía mucho miedo —confiesa aferrándose a ella.
—Tranquila. Ya todo pasó. Estoy bien. —Con ternura, acaricia su espalda tratando de calmarla.
Frida no se muestra blanda frente a cualquiera, pero justo ahora luce tan indefensa como un bebe, por eso, al verlas a ambas de esa manera, me doy cuenta de lo que realmente importa.
Jamás volveré a entristecerla.
—Cielo. —Alegre, palmea el colchón indicándome que me acerque.
Con una sonrisa en el rostro y un nuevo propósito, acepto su cobijo otra vez. Lo acepto. Acepto el futuro que desean para mí, porque tengo una madre frágil que proteger. Sin embargo, me aseguraré de ser la única con este destino fatal.
—¿Y si hacemos una boda doble? —suelto de repente.
—Hija. —Nerviosa, salta la mirada entre ambas.
—Tranquila. Frida ya lo sabía, se lo conté ésta tarde.
—¿Y qué piensas? —le pregunta.
—Fue idea suya que hablara contigo para arreglar las cosas, por eso fuimos a buscarte a tu estudio. Tiene mas fe en ti que en su propia madre.
—No creo que tengas razón torcidas como ella —agrega.
—Mi pequeña. Gracias. —Conmovida y seguramente agradecida, la abraza nuevamente.
Éstas mujeres frente a mi son las más importantes en mi vida y quiero protegerlas. Voy a protegerlas.
—¿Entonces? ¿Aceptan?
—Anya, no puedes hablar en serio —comenta Frida.
—¿Quieres o no?
—Anya.
—Mejor dejemos ese asunto para después. Estoy cansada —interviene mi madre.
—Esta bien.
—Yo tengo que irme. El chofer me está esperando.
—Gracias por estar aquí. Descansa.
—Vendré mañana temprano —le avisa.
Tras despedirse, me ofrezco a acompañar a Frida hasta la entrada. El ambiente, tal como esperaba, es incómodo.
—¿Y el chofer? —pregunto saliendo del hospital.
—No te casarás.
—Frida.
—¡No lo harás! Prácticamente me acabas de decir que no querías, ¡¿y ahora resulta que quieres hacer una boda doble?! ¡¿Qué es lo que te pasa?! —Su respiración irregular me muestra cuán en desacuerdo está.
Frida ha sido mi mejor amiga por años, por eso, seré sincera.
—Tienes razón. No quiero casarme, pero tengo miedo —confieso—. No ha pasado ni una semana desde que me enteré del compromiso y mi madre ya sufrió un infarto. ¿Qué crees que pasará si me sigo resistiendo?
—Encontraremos alguna manera de…
—No la hay —sentencio—. No quiero perderla.
—Pero, Anya. —Tratando de hacerme dudar, me mira directo a los ojos, pero al no lograrlo, desiste—. Thiago se va a enojar cuando se entere.
—Seguro me entenderá.
Niega con la cabeza y tras soltar un suspiro, me mira nuevamente
—Acepto. Hagamos una boda doble.
—¿De verdad aceptas casarte con Elliot? Sabes que puedes negarte a mi petición y seguir oponiéndote a tu madre, incluso podrías fugarte, yo te ayudo.
—¿Y dejar que seas la única que le haga la vida imposible a su marido? ¡Ja! Por supuesto que no. —Sus palabras no combinan con la expresión en su rostro. Es obvio que no quiere hacerlo.
Tranquila, yo te salvaré.
Planearemos todo juntas y me aseguraré de que Nicol crea en esa boda. Haré que Frida pueda huir de ahí sin problemas y de alguna manera logararé que Elliot desista y la deje en paz. Yo tendré un destino ruin, pero la liberaré del suyo.
Un coche, el cual reconozco, se estaciona frente a nosotras.
—Nos vemos. Descansa —me despido al abrir la puerta del auto para que suba.
Sin pronunciar palabra, entra. Luego de cerrar la puerta, una sonrisa acompaña su mano que se despide.
Tras perderla de vista, regreso adentro dirigiéndome a la habitación. Mientras camino, un remolino de emociones azota mi corazón haciéndome sentir tranquila, angustiada, vacía y conforme.
Al entrar a la habitación encuentro a mi madre mirando fijamente al exterior.
—Por la noches el viento hiela la piel —comenta mientras las cortinas ondean.
—Si quieres, cierro las ventanas.
—No. Me gusta.
Sí hace un poco de frío, así que saco su chal del bolso para acomodarlo sobre sus hombros.
—Gracias —me dice.
Acerco una silla a la cama para poder estar a su lado. Recuesto mi cabeza sobre sus piernas y después ella comienza a acariciar mi cabello.
—Hace tiempo que no estábamos así.
—Perdón —me apresuro a decir.
Mamá, sonriente, niega con la cabeza. La manera en que me mira es como si tratara de borrar el sabor amargo que dejé, como si todo lo que dije no importara. Pero eso, en lugar de quitarme un peso de encima, me hunde.
¿Cómo puede mirarme de esa manera después de todo lo que pasó?
—Te quiero, mamá. —Me acurruco en su regazo mientras las lágrimas que se derraman de mis ojos empapan lentamente su bata de hospital.
Quisiera quedarme así en su regazo por siempre. Aquí me siento segura y amada.
Sintiendo sus caricias, relajada, cierro los ojos y para cuando los abro nuevamente ya ha oscurecido totalmente.
Nos quedamos dormidas.
Sin hacer ruido me levanto para sacar la frazada y cubrir a mi madre. De pie a su lado, la observo agradeciendo al cielo poder verla dormir.
En la oscuridad de la habitación mi mente me traiciona. Los pensamientos comienzan a fluir sin piedad. Tanto en tan poco. Mi corazón se tambalea. Observo a mi madre en busca de consuelo e inevitablemente derramo una lágrima.
No quiero despertarla, asi que voy a las ventanas. El sonido de las cortinas ondeando acompaña el viento que me entume el rostro de repente. Hace frio, asi que cierro las ventanas.
El aire ya no circula tan libremente y mis pulmones lo sienten de una manera irracional.
¿Qué sigue? ¿Planear la boda, casarme y pasar el resto de mi vida con alguien que no amo? Que más si no. Ya no puedo estar con Ezra. ¿Ezra? Ahora que recuerdo, cuando estábamos en el estudio le confesé a mi madre que amaba a alguien, ¿lo recordará? ¿Qué va a pasar con él? Seguramente me odiará por hacerle lo mismo que le hicieron a Magi.
Frida ya no está y mi madre descansa tranquilamente. Siento el corazón palpitar en mi garganta y retumbar en mis oídos. Mis piernas ceden ante tal agonía.
No quiero que me odie.
Intento regular mi respiración y calmar mis sollozos, pero solo logro sentirme asfixiada. La cabeza comienza a darme vueltas.
—¿Te encuentras bien? —Un hombre mayor frente a mi luce realmente preocupado.
¿En que momento entró?
Dado su uniforme, intuyo que es doctor. Sus ojos parecen ser verdes y su cabello negro, pero debido a la poca luz no logro distinguir bien. El poner atención en su apariencia hace que me enfoque en algo diferente y al no sentir que me envuelve la oscuridad me siento mejor.
—Gracias —le digo luego de que me ayuda a ponerme de pie.
—¿Quieres que te revise?
—No, ya estoy bien.
—¿Es tu madre?
—Sí.
—Yo soy el Dr. Ponce —se presenta en voz baja—. Voy a estar a cargo de tu madre hasta que esté lista para darle el alta. No tienes de qué preocuparte, soy un prodigio de la medicina —afirma orgulloso—. Ya pasó lo peor, tu madre se va a poner bien.
Su actitud tan confiada y amable logra hacerme sonreír.
—Entonces confiaré en usted.
—¿Cuál es tu nombre?
—Anya.
—Que lindo —comenta mientras busca algo en el bolsillo de su bata y pantalones—. Asi se llamaba mi abuela —agrega. De la rejilla en la cama toma la tablilla para comenzar a anotar sobre el papel con su bolígrafo—. Veamos. El nombre de tu madre es Emma…
—Lara —agrego al verlo inmóvil.
—¿De verdad es ella? —cuestiona alzando un poco la voz.
Me limito a asentir y ver como torpemente trata de poner la tablilla en su lugar nuevamente. Cuando lo logra, pasa la mano por su cabello llevándolo hacia atrás para finalmente soltar un largo suspiro. Camina hasta la cabecera de la cama con tanta precaución que casi creo que le da miedo. A lado de la cama hay un mueble pequeño con una lámpara de noche sobre el, la cual, ilumina el rostro de mi madre lo suficiente. Al verla, arruga la frente y aprieta los labios.
Mi madre se ve pálida, demacrada y acaba de sufrir un infarto, por lo tanto, la expresión del doctor no hace más que asustarme.
—Me dijo que ya había pasado lo peor —le acuso acercándome a él. Que usted era un prodigio de la medicina, ¡que no tenía que preocuparme!
Sorprendido, el Dr. Ponce se acerca a mí rápidamente haciéndome señas para que me calle.
—Tranquila. No es lo que piensas, tu madre está bien.
—¿Entonces por qué la miró así?
—Bueno, es que… la confundí con alguien que conocí cuando era joven.
—¿La confundió?
Si fuera eso, ¿por qué su gesto no se relajó luego de verla?
Sé que miente, así que lo observo fijamente esperando a que me diga la verdad.
—Éramos compañeros en la preparatoria. Fue hace muchos años, no creo que me recuerde. Vaya, que tarde es. Aún tengo mucho trabajo asi que me voy, adiós. —Sin más, se marcha.
De nuevo, nos quedamos solo mi madre y yo dentro de la habitación.
Mañana voy a preguntarle acerca de ese hombre. ¿Será verdad que fueron compañeros?
De haber puesto más interés en mi madre, conocería su pasado.
Hay tanto que desconozco de ella y hasta ahora no lo había notado.
¿Por qué? ¿Por qué dejé que pasara el tiempo de una manera tan superficial?
Lamento haber tenido que pasar por ésta situación para valorar realmente su presencia, para tener miedo de perderla. No puedo recuperar el tiempo que perdí ni compensarle toda la atención que no recibió, pero puedo cambiar a partir de ahora. Si bien la manera amorosa en que me ha cuidado ha sido por el bien de su tradición, no significa que su amor fuera falso. Mi felicidad era la suya, por eso ahora será lo contrario, aunque deba renunciar a “él”.




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