Tan libre como puedas

CAPITULO 14

La noche entera no fue suficiente para resolver las dudas de mi mente. Durante horas, pensé en cómo explicarle a Ezra lo que está pasando.
“No puedo seguir contigo porque estoy comprometida”, “me voy a casar con el hombre que eligió mi madre para continuar con la tradicion de nuestra familia”, “te falle a tí y a tu madre, también te cambiaré por alguien adecuado, lo lamento”.

Cada opción es peor que la anterior. Me dan náuseas.

Si él hubiera aceptado mi propuesta aquel día habríamos huido juntos sin importar nada más. Estaba dispuesta a renunciar a todo por estar junto a él. En mí, aún se mantiene el deseo de una vida juntos. Pasar los días en nuestra propia casa que aunque pequeña, tiene lo necesario: un pequeño jardín con flores y hortalizas que nosotros mismos plantamos, un porche y una gran jacaranda que en su rama más gruesa, sostiene el columpio donde juegan nuestros hijos. Mis padres jamás volverían a saber de mí ni yo de ellos. De haber tenido ese sí...

Vaya que soy mala hija. Que egoísta.

Mientras yo lamento el anhelo que guardo en esa fantasía, mamá, ajena a mis pensamientos, come su desayuno.

—¿Quieres un poco? —Sonriente, me ofrece algo de comida.

—No, gracias. Come tú.

La sonrisa se borra de su rostro y comienza a juguetear con la comida en su plato.

—¿Qué pasa? —Por la manera en que aprieta los labios es evidente que tiene algo para decir y no quiero que se lo guarde—. Dime —insisto.

—Ayer, antes de que salieras del estudio me dijiste algo que me dejó pensando —comenta finalmente—. Quizá no escuché bien y te estoy malinterpretando, por eso me gustaría que me dijeras si…

—No mamá, no te odio. Nada de lo que dije ayer era verdad, solo estaba molesta y herida.

—Entiendo eso, cielo, pero lo que me preocupa es otra cosa. —No sé a qué se refiere, asi que guardo silencio y escucho con atención—. Ayer, creo haber escuchado que tú ya tienes a alguien a quien…

—¡Buenos días! —Alegre y demasiado enérgico, tras azotar la puerta anunciando su llegada, saluda un nuevo desconocido de nata blanca.

—Buenos días.

—Soy el Dr. Mares y estaré cuidando de usted por el resto de su estancia aquí.

Su anuncio me resulta un poco extraño ya que se suponía que era el Dr. Ponce quien se haría cargo de ella.

—Hola, yo soy…

—Sé quién es usted. Oh, vaya que lo sé. Si supiera cuánto hemos… —Un golpe en la puerta interrumpe al doctor.

Los tres nos giramos en busca del responsable, pero solo miramos el pasillo vacío.

—¿Cómo sabe quien es ella? —lo interrogo.

A juzgar por la expresión de mi madre, no es un conocido suyo.

—Lo vi en la tablilla —responde indicando en su mano el objeto de resina—. Es bonita ¿verdad? Fue un regalo de mi hija el día del padre. Son los “Escandalosos”, es su caricatura favorita. Dijo que al verlos la recordaría y me haría sonreír —comenta embelesado admirando su obsequio—. Pero basta de hablar sobre mí. Cuéntame, ¿cómo te llamas? —me pregunta luego de sentarse en la esquina de la cama.

—Anya.

—Que ternura —alega llevándose ambas manos al corazón—. Ahora usted dígame, ¿es su única hija? ¿Sigue casada? Ah, ya sé, tómese una foto conmigo —propone sacando su celular.

—¿Tiene permitido hacer eso? —intervengo.

—Creo que me excedí. En realidad debería estar dándole la información.

—¿Información sobre qué?

—Nuestro centro de rehabilitación cardiaca —informa poniéndose de pie—. Aunque lo más grave ya pasó, es importante que entienda cuán delicado es el asunto. Desde ayuda psicológica hasta física, nuestros especialistas le ayudaran a reincorporarse de manera adecuada a su vida nuevamente.

—¿Y dónde queda ese centro?

—Aquí mismo. Justo en el lado norte —responde apuntando el sitio.

—¿Cuánto tiempo dura la rehabilitación?

—Deberá venir una o dos veces por semana durante tres o cuatro meses.

—¿Y si prefiero quedarme aquí? ¿Puedo?

Me asombra como es siquiera que puede considerar esa opción. Es demasiado tiempo.

—¡Claro! Puede inscribirse ahora mismo.

<<Dr. Mares, se le solicita en la oficina del director>>, se escucha el llamado a través del altavoz.

—Me va a regañar —musita—. Todo sea por un buen fin.

—¿Hay algún problema?

—Ninguno. La papelería se llena en recepción. Podemos transferirla mañana mismo —informa con entusiasmo.

—Bien. ¿Es usted el encargado?

—No. Yo solo soy el director del hospital —aclara—, pero no se preocupe, la dejaré en las mejores manos en las que pueda estar —asegura—. Se encargará de usted nuestro amable, confiable, admirado, codiciado y súper capacitado especialista en cardiología, el Dr. Ponce.

A pesar de que presente con flores y pompones a su colega, me niego a aceptar dejar a mi madre aquí tanto tiempo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.