Esta mañana me levanté por pura obligación. Ayer mi madre se transfirió al centro de rehabilitación cardiaca y yo siento que no puedo con tanto. La idea de que hoy es el primer día de los cuatro meses que dura su rehabilitación me hace sentir sola.
Medio día ha pasado, pero se me ha hecho tan largo y cansado que bien podría irme a dormir justo ahora y despertar hasta mañana.
—¿No te gustó ese sabor? Si quieres te la cambio —propone Ezra ofreciéndome su malteada.
—No, sí me gustó. —Para que ya no se preocupe le doy un buen sorbo a la bebida.
—Con cuidado. Te vas a atragantar. —Sus ojos marrones no me descuidan ni un momento.
Sé que está pendiente de mi porque intuye que algo pasó entre Frida, Thiago y yo, también es evidente que se muere por preguntarme al respecto.
Mis amigos y yo no hemos cruzado palabra en toda la mañana. Frida se ha mantenido en contacto conmigo por mensajes, pero Thiago ni siquiera me mira. Sé que está molesto a causa del compromiso y no lo culpo, yo también lo estoy. Esa tradición me llena de rabia, me hace sentir atrapada, pero también es la razón de vivir de mi madre.
En mi mente todo es un caos. Decidí casarme con Leonardo porque quiero que mamá esté bien, pero por eso, yo estoy mal. No quiero perder a mis amigos ni que nuestra relación cambie y tampoco quiero perder a este hombre frente a mi.
—Este sábado son las bodas de oro de mis abuelos —suelta de repente—. Mi madre me pidió que te invitara.
—Pero eso es algo muy íntimo, ¿no?
—Si no asistes me va a desheredar —advierte—. Además, a mi también me gustaría que nos acompañes. No será como esas fiestas elegantes a las que estás acostumbrada, pero te aseguro que pasaras un buen rato. —En espera de mi respuesta, acaricia con su pulgar mi mano—. Puedes pensarlo de aquí al sábado, aún hay tiempo.
¿Tiempo? Ya no tenemos tiempo, Ezra.
—Iré.
Si ya no puedo estar a su lado, al menos quiero tener este último recuerdo.
Después de terminar nuestras malteadas, Ezra me acompaña hasta el hospital. A su lado, las calles me parecen cortas y a pesar del silencio me siento cómoda.
—Te llamaré cuando salga del trabajo —me avisa.
—Está bien. Cuídate.
Ezra tiene que trabajar asi que luego de despedirse se pone en camino al bar.
Hoy es el primer día de rehabilitación de mi madre, por lo tanto, me causa cierta emoción e intriga saber cómo le fue.
Al llegar a la habitación, mi madre no está sola.
—¿Qué hace él aquí?
—Perdón, no creí que te importará. Descuida, ya me voy. —Poniéndose de pie, Elliot se despide de mi madre.
—Oye, tranquilo. No me molesta que estés aquí —le aclaro—. Solo me sorprendiste.
—Que conste que yo no lo quería traer —comenta Frida—. Él insistió.
—¿Ésta vez no te obligó Noah a traerlo?
—No —dice él—. Fue idea mía. Es verdad que le insistí, pero solo un poco.
—¿Y con “solo un poco” fue suficiente? —me dirijo a Frida. En mi rostro se dibuja una pícara sonrisa.
—Es muy molesto cuando insiste demasiado —se excusa de inmediato.
Ya con mejor animo camino hasta mi madre para saludarla y darle un beso.
Inspecciono con la mirada toda la habitación en busca de Thiago, pero no lo veo por ningún lado.
—Thiago te envía saludos —le dice Frida.
—¿Por qué no vino? —pregunta mamá.
—Hoy tenía muchas cosas que hacer, pero me pidió que te trajera estas flores —le informa Frida—. ¿Y las flores?
—En el coche —responde Elliot.
—¿Y por qué no las trajiste?
—No sabía que fueran para Emma. Ahora voy por ellas.
—Deberías de ser más acomedido —le reclama.
—Elliot, yo te acompaño —propongo—. De paso, me cuentas cómo es que tu insistencia por fin dió frutos.
—Mejor voy yo. Date prisa. —Apurando a su compañero, ambos salen de la habitación.
—Los esperamos en el jardín —les aviso.
Las ocasiones en que puedo burlarme de Frida son tan escasas que cuando se presenta la oportunidad debo tomarla. Si ella siguiera aborreciendo a Elliot como al principio ni siquiera pensaría en tomarle el pelo, pero puedo notar que ahora al menos lo tolera. Los ataques verbales han disminuido y sus miradas de odio ahora son de fastidio; hasta está incluido en la mayoría de nuestros planes.
—¿Cómo te fue en tu primer día? —le pregunto a mamá luego de salir de su habitación y venir al jardín para sentarnos en una de las banquitas.
—Ha sido maravilloso. Ésta mañana conocí a Nadia quien viene a rehabilitación dos veces por semana, también a Miriam y a Beatriz que a causa de un accidente tienen que venir tres veces. Además, hay una mujer muy hermosa y vivaz que viene una vez por semana y… —Como si se hubiera quedado en blanco, para de hablar de repente—. Lo siento, estoy hablando demasiado.
—¿Pero qué dices? Mamá, si te hice esa pregunta es porque me interesa tu respuesta. No puedes verte, pero tu sonrisa era tan grande que me contagió tu felicidad.
—Tu padre seguro diría todo lo contrario —comenta cabizbaja—. A él no le gusta.
—Pues ahora no está y yo no soy como él. Mientras estés conmigo no seas su versión, se la tuya.
Desde que tengo memoria mi madre siempre ha sido asi: callada, sumisa y obediente; obligándose asi a encajar en el molde que le impusieron. Ahora que me doy cuenta de eso y me prometí protegerla, no permitiré que siga viviendo de esa manera. Toda persona puede ser perfecta si lo desea o un garabato si lo prefiere.
—¿En qué momento creciste tanto? —Con una sonrisa temblorosa y lágrimas en los ojos, me observa con cariño mientras acaricia mi mejilla.
—Aún soy un bebe y no puedo vivir sin ti, así que mímame mucho. —Con cuidado de no lastimarla, me recuesto sobre su regazo.
Acompañando nuestro momento, las risas de los niños que juegan un poco más allá de nosotras vibran con inocencia. Los tenues rayos del sol que se escabullen entre las hojas de la bugambilia que nos cubre se sienten tan cálidos como el toque de mi madre sobre mi cabeza.
—Han florecido las prímulas —comenta mamá admirando el jardín al pie del edificio.
—Ya va a iniciar la primavera.
—Leonardo me comentó ésta mañana que no quieres que yo planee la boda.
—No es que no quiera que tú la planees, es que quiero hacerlo yo. Solo me casaré una vez.
—Tú no tienes idea alguna acerca de la planeación de un evento así. Yo puedo hacerme cargo de ambas bodas.
—No, mamá. Yo quiero hacerlo, pero descuida, te pediré tu opinión para las cosas importantes. Prefiero que descanses y disfrutes tranquilamente de la vida. Planear cualquier evento es muy estresante y tu corazón ya está mal.
—No está atrofiado, solo se cansó un poco.
Como si fuera algo sumamente delicado, acaricia mi rostro con apenas el roce de sus dedos.
—¡Cuidado! —gritan a lo lejos.
La advertencia llega demasiado tarde.
Con el rostro entero enrojecido, mamá se encorva tocándose la nariz.
—¿Estás bien? —Preocupada, me pongo en cuclillas para poder ver su rostro.
—Sí. Tranquila, no me dolió —responde entre risas.
—No es gracioso, pudo haberte lastimado.
—Cielo, era una pelota de hule.
—No importa. No te rías.
—Lo lamento, cielo, ¿pero tienes idea hace cuánto no sentía ésta adrenalina? Todo pasó tan rápido.
¿Cómo puede estar tan contenta por haber recibido un pelotazo en el rostro?
Intento hacer que me muestre, pero se niega a apartar las manos de su cara.
—Perdón. El viento sopló de repente y se llevó la pelota. —Apurado, el Dr. Ponce se agacha también para tratar de examinar a mi madre.
—No le pasó nada, pero debería tener más cuidado. ¿Qué tal si le hacía daño?
—Sí, lo lamento mucho. Estábamos jugando bastante lejos, pero la pelota era demasiado liviana. De verdad lo siento mucho.
—Hija, no seas exagerada. Apenas… lo sentí.
Las risas se detienen en un parpadeo. Mi madre y el Dr. Ponce se miran fijamente. De repente, los ojos de mi madre se enrojecen dejando caer varias lágrimas.
—Hola, Emma.
#8579 en Novela romántica
#1416 en Joven Adulto
traicion, venganza amor odio y un doloroso pasado, amistad amor ilusion tristeza dolor
Editado: 31.05.2026