—¿Santiago?
Como si estuvieran hipnotizados, ambos se mantienen con la mirada fija en el otro.
—Asi que por fin sucedió el tan esperado reencuentro. —Uniéndose al momento, el Dr. Mares llega para apoyarse sobre la espalda de su compañero—. Ya estaba harto de hablarte de “usted” —le dice a mi madre antes de enderezarce obligado por su compañero—. ¿Cómo has estado buñuelito?
Al escuchar tal sobrenombre mi madre se queda pensativa y cuando parece haber recordado algo, sorprendida, abre bien la boca.
—¿Leonel, eres tú?
—El mismo, pero diferente. Mira, me operé la nariz; me veo más guapo ¿verdad? —alardea orgulloso—. Mi esposa dice que me sentaron bien los años, pero yo le doy el merito al gimnasio; voy tres veces por semana. Además, la cosmetóloga ha hecho un muy buen trabajo también.
Con un puchero, mi madre intenta contener las lágrimas y aunque apriete los labios el temblor no se detiene.
—Leonel —lo vuelve a llamar, pero ésta vez con un hilacho de voz.
En tan solo un parpadeo mi madre pasó de estar en la banca a estrujar al Dr. Mares.
—Con calma buñuelito, no iremos a ningún lado. —Con ternura, le devuelve el abrazo.
Jamás imaginé ver de tal manera a mi madre. Ríe mientras llora, abraza temblando. Se le nota tan feliz como nunca en la vida; es como si toda la alegría que no había sentido en el pasado explotara de repente a causa de éstos hombres lo cuál me hace preguntarme quienes son.
—¿Cómo es que no te reconocí?
—Siempre has sido muy despistada. Además, ahora soy más guapo. En cambio tú, luces tan hermosa como en su vieja fotografía.
—Cierra el pico —exige el Dr. Ponce separándolos.
—¿Y si continuamos en mi oficina? Hagamos una reunión de viejos amigos que se reencuentran por azares del destino. —Con confianza, el Dr. Mares pasa el brazo por sobre el hombro de mamá y hace lo mismo con su compañero—. Tenemos tanto de qué hablar. —Emocionado, se lleva a ambos.
Atónita, observo cómo mi madre se aleja sin preocupación alguna olvidándose asi de mi existencia.
A pesar de que parecen ser amigos, la cercanía entre ellos y mi madre es diferente. El Dr. Mares no respeta su espacio personal, sin embargo, a ella parece no importarle, hasta se le nota cómoda. En cambio, con el Dr. Ponce hay cierta distancia, pero más sentimiento.
Evidentemente mi madre no va a volver, asi que me dispongo a retirarme. Justo en mi camino de regreso me topo a Frida quien se encontraba de ida.
—¿Y Emma? —pregunta.
—Está con unos amigos.
—¿Emma? Ella no tiene amigos.
—Eso creía también, afortunadamente nos equivocamos. En fin, dudo mucho que se desocupe pronto, volvamos mañana, ¿te parece?
—Claro.
A pesar de que no pasé suficiente tiempo con mi madre, me siento satisfecha. Desde aquel día me prometí disfrutar cada segundo a su lado. Ahora, cada momento con ella me llena el alma.
Al salir del hospital nos dirigimos al auto de mi amiga en donde se encuentra Elliot esperando. Cuando nos ve, saluda entusiasmado.
—Luce muy contento —comento devolviendo el saludo.
—Parece un tonto. —Con mala cara, continúa su camino para subir al coche.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —pregunta Elliot.
—Anya y yo tenemos planes —suelta Frida.
—Si no les molesta me gustaría acompañarlas.
Dejándome a mí la ultima palabra, Frida y Elliot me observan atentamente.
—Por mi está bien —respondo.
Ante mi respuesta, Frida suelta un suspiro, deja caer la cabeza sobre el volante y después de un rato, se endereza mostrando una sutil sonrisa maliciosa.
—Bien, pero no quiero quejas ¿entendido? —sentencia.
Elliot, entusiasmado, asiente sin dudar.
Con algo seguramente malévolo cruzándole por la cabeza, mi amiga enciende el coche para finalmente marcharnos.
No tengo idea qué planes son los que supuestamente teníamos, por lo tanto, me mantengo alerta a cualquier indicio que me de para seguirle la corriente.
—Ve por un helado de galletas y una paleta de vainilla con almendras —ordena Frida entregándole su tarjeta luego de detenernos frente a una heladería.
—Por favor —agrego sonriendo.
Como siempre, Elliot mantiene una sonrisa a pesar del trato de Frida.
—¿Qué planeas? —le pregunto luego de que Elliot baja del auto.
—Lo haré llorar —suelta sin tapujos—. Primero iremos por ropa, luego por maquillaje y para rematar su tortura, cuando esté harto y cansado, iremos por zapatos.
No puedo evitar sentir cierta ternura al escuchar la manera en que confiesa su plan.
—¿Tortura? ¿En serio? Estamos hablando de Elliot; el hombre que se alegra por recibir más de cuatro palabras tuyas y una mirada, aunque sea de desprecio.
—Es hombre. Todos odian ir de compras.
—Thiago nunca se ha quejado.
—Él no cuenta.
—¿Y Elliot?
—Él se va a arrepentir de haber venido.
No mucho después, Elliot regresa con los helados y al cabo de unos veinte minutos, continuamos nuestro recorrido.
Desgraciadamente para mi amiga, nuestro compañero no muestra malestar alguno en ninguna de las dos tiendas que ya hemos visitado y ahora en la tercera menos.
—Éste es muy bonito. El detalle de los pliegues en la cintura es muy delicado, además, este color queda hermoso con tu piel, ¿qué te parece? —Como ha hecho en cada una de las tiendas, le muestra la prenda a mi amiga.
—¡Ja! Vaya que eres tonto. ¿De verdad me sugieres un vestido de tirantes con escote?
—Creo que luciría muy bien en ti.
—Cierto, con este vestido me miraría muy bien. Seguro los hombres van a mirarme mucho.
—Aún en pijamas llamarías su atención. Para mí, es el vestido el que se vería bien si lo usas tú.
Sin decir una palabra, mi testaruda amiga se da la media vuelta dejando a Elliot en su sitio mientras se marcha. Ella insiste en que su teoría es correcta, asi que nos dirigimos al segundo round: el maquillaje.
—Este polvo se asemeja más a tu tono de piel ¿qué te parece? —Tratando nuevamente de ayudar, Elliot le ofrece el producto a Frida.
De mala gana toma el estuche para aplicarse el producto.
—Tienes razón, me gusta la textura —confiesa mirándose al espejo—, pero no te pregunté —agrega recordando que habla con su enemigo natural.
Con una toallita se limpia el rostro para salir del local.
Hemos visitado cuatro tiendas, sin embargo, sus manos siguen vacías. La ropa y el maquillaje evidentemente eran de su agrado, pero jamás compraría algo que le recomendara Elliot. Afortunadamente para ella, yo estoy aquí.
No me preocupa que se marche de repente porque Elliot va tras ella. Luego de pagar, me apresuro para encontrarlos y lo hago fácilmente ya que se encuentran en una de las baquitas de la sección de enfrente. Las bolsas pesan asi que me dejo caer a su lado para descansar.
—Tengo sed —dice.
—¿Les gustaría algo de beber?
—Tráeme un granizado de frutillas —le ordena.
—¿Y a ti? —me pregunta Elliot poniéndose de pie.
—Te acompaño.
—No hace falta, solo dime qué te gustaría.
—Sí, deja que vaya solo. Que sirva de algo.
—Frida. —La reprendo con la mirada, a lo cual, ella responde con un vaivén de hombros.
—¿Un té helado está bien?
—Por favor.
Tras darse la media vuelta, Elliot se marcha.
—Él solo intenta ser amable —dice Frida antes que yo—. No pretende convertirse en tu esclavo asi que no deberías tratarlo tan mal. —Suponiendo lo que estaba a punto de decirle, me imita—. Además, lo aceptes o no, tú querías que él viniera.
—Y te salió el tiro por la culata —comento burlándome un poco.
—Aún faltan los zapatos —sentencia esperanzada—. No hay hombre que resista eso.
—Elliot no es como los demás. Ya date por vencida.
—Nunca. Él no puede ser diferente, ¿por qué lo sería?
—Porque si no lo fuera no tendría oportunidad contigo.
—No tiene oportunidad conmigo.
—Convéncete de ello.
—¡¿Pero qué dices?!
Sé que mi amiga es despistada y una muestra de ello es que no haya notado los sentimientos de Thiago a pesar de ser tan cercanos y llevar tantos años juntos, por lo tanto, no me sorprende que no note los propios. Poco a poco Elliot va ganando terreno, lo cuál me deja un sabor agridulce.
—Lindo día. —Sonriente, se acerca un hombre de cabello dorado y reluciente al cual reconozco.
—¿Roman?
—¡Sí! —afirma entusiasmado—. ¿De compras? —intuye al ver mis bolsas.
—Algo asi.
—¿Les importa si las acompaño?
—Mejor en otra…
—Vámonos. Tenemos que buscar al inútil, ya se tardó. —Ignorando completamente a Roman, mi amiga se pone de pie invitándome a hacer lo mismo.
—Espera —la detiene del brazo antes de que se aleje—. Te dejé mi número antes, pero no me has contactado. No creí que fueras una chica tímida. Si lo prefieres, puedes darme el tuyo, así puedo llamarte.
La manera en que se dirige a Frida claramente muestra sus intenciones y lo coqueto que es. Este hombre desconocido hizo lo que jamás debió hacer: tocarla. De inmediato, me pongo de pie para tratar de evitar una catástrofe.
—Vaya que tienes agallas —le dice—, pero te sugiero que me sueltes si quieres mantener tus huevos de confeti a salvo. —La mirada glacial de Frida es tal que logra ponerlo nervioso.
—No hay necesidad de ponernos agresivos —comenta soltando su brazo—, solo quiero hablar contigo.
—No me interesa.
—Oh, vamos, no seas así —insiste—. Por cierto, el rosa se te ve muy lindo —le dice tratando de quedar bien.
—Es magenta. —Imponente y aparentemente molesto, aparece Elliot en escena.
Frida lo observa en silencio con una extraña expresión en el rostro.
—Igual es rosa. Además, estoy hablando con ella.
—Pero ella no quiere hablar contigo.
—No me digas. ¿Según quién?
Elliot se acerca a Roman peligrosamente, pero logro intervenir.
—Cálmate —le pido.
Su comportamiento me toma por sorpresa ya que siempre es como un algodón de azúcar.
Elliot no le aparta la mirada con una expresión feroz, en cambio, la burla en el rostro de Roman es evidente. Este chico aparenta tal seguridad en si mismo y su encanto que bien podría describirlo como arrogante. Seguro es el tipo de chico que está acostumbrado a que lo admiren. Su postura, vestimenta y aura gritan una sola palabra: “rompecorazones”. Afortunadamente Frida repele a esta clase de chicos; los detesta con todo su ser. Asi que, en definitiva, sus posibilidades con ella son menos que nulas.
—Ya me cansé de ver tu cara de ogro. Mejor vamos a pasear —sugiere pasando el brazo por encima del hombro de Frida—. Conozco lugares que seguro te van a encantar.
—¡¿Cómo te atreves?! —Al ver tal atrevimiento, Elliot intenta írsele encima para apartarlo—. No la toques —exige.
—Pero qué escandaloso eres, ni que fueras su dueño.
—Ella no es una cosa como para tener uno.
—Que hombre tan digno —se mofa—. Ella puede decirme si no le gusta, tampoco soy una bestia.
En silencio, la observamos en espera de su respuesta. Frida me mira y luego a Elliot. Sabe que está molesto, que ese hombre no le agrada y quiere que se aleje rápidamente de ella.
De repente, una sutil sonrisa se dibuja en sus labios, pero no es de felicidad.
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Editado: 20.06.2026