Tan libre como puedas

CAPITULO 15 Parte 3

Han pasado solo diez minutos desde que entramos a la zapatería luego de que nos unimos a Frida y Roman. Este hombre es tan insoportable que mi amiga para salir lo más pronto posible de ahí acepta el tercer par de zapatos que Román le muestra. Luego de pagar, salimos de la zapatería dando así fín al plan tortuoso y fallido de mi amiga.
Hambrientos, nos dirigimos a una pizzería cercana.
—Mis pizzas saben mejor —asegura Roman luego de dar el primer mordisco a la pizza que nos han traído recién.
—¿Tus pizzas? ¿Cocinas? —indago curiosa.
—Me refiero a las de Hambre Buena.
—¿Tu las haces? ¿Qué no eras mesero?
—Soy mesero, cocinero, cajero y el futuro dueño —menciona enumerando con los dedos.
—Eso es inesperado. ¿No mientes?
—¿Por qué habría de hacerlo? Para impresionar, mi apariencia es suficiente.
Al escuchar a este sujeto no puedo evitar recordar a Leonardo. Ambos me causan la misma sensación cuando hacen ese tipo de comentarios.
—Si, claro. Dime, ¿cuál eres tú en realidad? ¿El mesero tímido o el casanova engreído?
—Asi que quieres hablar de eso. En realidad fingí ser esa clase de chico porque creí que era su tipo —confiesa—. La veía muy cómoda con su otro amigo, el que se peleó con tu novio, y creí que de esa manera podría acercarme a ella.
—¿Cómo sabes que es mi novio?
—Cuando uno es mesero se entera de muchas cosas —responde haciéndose el interesante, pero al ver mi rostro serio recobra su actitud normal—. Ustedes son clientes frecuentes, solo era cuestión de poner un poco de atención. Además, tenía que asegurarme de quiénes eran mis rivales.
—A Frida no le gustan los tipos como tú.
—¿Por qué insisten en hablar por ella? Si hay algo que no le agrade puede decírmelo. Ya hasta me cambió el nombre y no me quejé —comenta mirándola.
—Me gustan los hombres seguros, los blandengues me dan náuseas.
Ante su comentario, nos quedamos en silencio.
Elliot, quien permanece a mi lado, no ha dicho palabra alguna desde que nos reunimos.
—Siendo asi, tengo una invitación para ustedes. Este sábado haré una pequeña reunión en mi casa y me gustaría que asistieran.
—¿Todos?
—No todos, solo Frida y tú son bienvenidas —aclara añadiendo un guiño.
—Este sábado no creo que…
—Mi amiga y yo asistiremos encantadas —se apresura en aceptar.
—Pero Frida.
—Claro que iremos —reafirma.
—Genial. Te mando los datos por mensaje.

Después de terminar de comer, salimos del local. Roman toma un camino diferente ya que tiene que ir a trabajar, así que nos despedimos de él y nos separamos. Según Elliot, tiene algunos asuntos que atender por lo que también se marcha. Al final, solo quedamos mi amiga y yo dirigiéndonos a mi casa. Entre plática y plática, sale el tema de la fiesta.
—¿Cómo que no vas a ir? —me reclama.
—Ese día son las bodas de oro de los abuelos de Ezra.
—No vayas.
—Él me invitó primero. Además, si no fueras tan terca e impulsiva me habrías escuchado cuando intenté decirte que no podía.
—¿Y ahora qué hago?
—Elliot puede acompañarte —sugiero haciendo mi primer movimiento.
—Ni que estuviera tan desesperada —se niega—. Pues Thiago irá entonces.
—Ni siquiera le has preguntado.
—No va a negarse.
¿Cómo puede estar tan segura?
Los tres nos conocimos al mismo tiempo, entonces ¿por qué la diferencia es tanta?
—Por cierto, ¿cuándo vas a decirle a Ezra sobre el compromiso? —suelta de repente.
—¿Cuánto más vas a fingir con Roman? —No es muy digno de mi parte evadir así el tema, pero no tengo una respuesta para esa pregunta.
—No estoy fingiendo.
—Pero qué mentira.
—Bueno, está bien, no me agrada, pero me desagrada menos que Elliot.
—Dame una sola razón externa al compromiso por la cual Elliot no te agrada.
—Podrías aprovechar el sábado para contarle a tu novio acerca de Leonardo.
—Está bien, ya entendí.
Al llegar a mi casa se detiene frente a la entrada.
—Voy a hablar con Thiago —suelta de repente.
Sé que esa expresión tan seria en su rostro no es a causa de la fiesta.
—No es necesario.
—Sí, lo es —afirma—. Llevan un día sin hablar. Sus peleas no duran más de veinte minutos.
—Duraban —corrijo tratando de alegrar el ambiente, pero mi actitud no es bien recibida—. Ésta vez es diferente —confieso con una triste sonrisa.
—¿Qué fue lo que te dijo?
—¿Acaso no lo sabes ya? Todo se cuentan.
—Oye, si te molestó que le dijera que estabas comprometida, de cualquier manera se iba a enterar.
—Sí, pero por mí. Quería que se enterara por mí —le aclaro comenzando a sentir cierto malestar—. Cuando tú me confesaste lo de tu compromiso él no lo sabía y yo no se lo conté porque debías hacerlo tú, con tus palabras y sentimientos. —Cada palabra me hace sentir más frustrada—. Si me hubieras dejado contarle, quizá la situación entre nosotros ahora sería diferente.
—¿Estás culpándome?
—No, es solo que… —Me quedo a media oración al entender que no llegaremos a ningún lado asi. Antes de continuar suelto un suspiro llevándome el cabello hacia atrás para calmarme—. Si ya sabes lo que me dijo entonces entenderás porqué estoy así.
—Anya, ésta vez no quiso contarme. Dime, ¿qué fue lo que te dijo? —exige. En sus ojos, puedo ver ciertos destellos de furia que depende de lo que diga, podrían estallar.
—“Tú no eres Frida”.
Tras escuchar esas palabras que me cuesta tanto pronunciar, el gesto de mi amiga se relaja.
—Creí que era algo malo. No me asustes asi.
—Oye, sí lo es. ¿Cuál es la necesidad de comparar? Todos somos amigos. Yo solo le pedí un poquito de apoyo y comprensión, pero se negó. ¿Sabes lo que sentí cuando me dijo que conmigo no podía?
—Anya, claro que contigo no puede porque tú eres… —a media oración se queda en silencio, aprieta los dientes, esquiva mi mirada y luego de hacer una mueca se gira de nuevo en mi dirección— ...eres mejor amiga que yo. No quiere perderte ni verte sufrir.
—Sí, claro.
—Anya.
—No importa. Lo que sea que pase con él no va a afectar lo nuestro —le digo al tomar mis cosas para bajar del coche—. Y como la mejor amiga que soy, eso es tuyo —agrego señalando las bolsas en el asiento trasero antes de huir.
Al entrar a casa cierro de inmediato la puerta. No mucho después, mi teléfono comienza a sonar indicando las insistentes llamadas de mi amiga, pero no contesto hasta que estoy en mi habitación.
—¿Hola?
—¿Por qué compraste éstas cosas?
—Porque esas sí te gustaron. Y como a mi no me importa que fueran recomendación de Elliot decidí regalártelas.
—¿Y solo porque las compraste tú, crees que me las voy a quedar?
—Sí.
—Anya.
—Ni siquiera se va a dar cuenta cuando las uses.
—Anya.
—Frida, ¿de verdad no entiendes el motivo por el cual te recomendó ese vestido de tirantes?
—“Porque intentaba ser amable” —cita mis previas palabras.
—Claro que no. Lo hizo porque sabía que así no lo comprarías. —Sé que lo que acabo de decir es una completa mentira, pero no hay de otra.
Por un momento, mi amiga se mantiene en silencio mientras yo ruego al cielo para que me crea.
—¡Ja! Y tú diciendo que era diferente a los demás. Yo lo sabía ¡lo sabía!
—Sí, sí. ¿Ahora sí vas a aceptarlos?
—Voy a usar ese vestido el sábado.
—Te veras hermosa.
—Hablando de ropa, ¿Qué planeas usar el día de la boda?
—No lo sé. Algún vestido del armario. Tengo mucha ropa nueva que quedaría con la ocasión.
—Ni lo pienses. Mañana vamos de compras.
—¿Otra vez?
—Ésta vez iremos de compras de verdad.
—Bueno.
—La boda será de día o de noche.
—Apenas me invitó ésta tarde, no me ha dado muchos detalles.
—Ese hombre es tan bruto como siempre. Mañana le preguntamos entonces. Depende de su respuesta, te voy a elegir un vestido precioso.
—Frida.
—¿Prefieres pantalones?
—Frida.
—Está bien, está bien. Tú eliges el atuendo.
—No es eso. Sabes que no me molesta que me vistas, pero ya que hablamos de una boda, ¿no crees que deberíamos comenzar a planear las nuestras? —Espero su respuesta, pero solo hay silencio—. Si lo prefieres yo puedo encargarme de todo. Sé que es más difícil para ti.
—Yo me voy a casar con un tipo que bien puedo usar de tapete y no se quejaría, pero tú con uno que es tan arrogante como irritante, ¿de qué manera es más difícil para mi?
—A Leonardo solo le gusta molestarme. No es tan idiota como aparenta.
—Como digas. Oye, ¿te parece si continuamos con eso otro día? Estoy cansada.
—Claro.
—Gracias. Nos vemos mañana.
—Descansa.
Tres timbres indican el fin de la llamada.
Pasan de las ocho de la noche asi que me alisto para tomar un baño. Me tomo mi tiempo dentro y luego salgo. La casa está muy silenciosa por lo que decido dar un recorrido. Paso la sala y la cocina, voy al jardín y regreso, pero no veo a mi padre y por muy extraño que parezca, tampoco a Darla. Atribuyo al trabajo la ausencia de papá ya que últimamente llega a casa pasadas las diez de la noche.
Regreso a mi habitación y luego de hacer mis deberes me dejo caer sobre el sofá.
Hace un rato le comenté a Frida sobre la planificación de la boda y me ofrecí a hacerlo, pero sinceramente, no quiero. Siento, de alguna manera, que cuando anote en papel el más mínimo preparativo, ésto se volverá real.
Las ideas en mi mente comienzan a enredarse nuevamente, pero la vibración de mi teléfono me distrae. Me enderezo para tomarlo de la mesita en donde lo dejé recién y lo enciendo para encontrarme con un breve mensaje.
<<Necesitamos hablar>>.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.