Ayer, luego de recibir ese mensaje, traté de encontrar una razón válida para que éste hombre me citara, una que valiera la pena tener que verlo, pero incluso tras pensar hasta quedarme dormida no encontré ninguna. Hoy, en la cafetería acordada, nos encontramos uno frente al otro.
—Revisa ésto. —Sobre la mesa, desliza un sobre hacia mí.
—¿Qué es?
—Un poema de amor. Pasé toda la noche escribiéndolo.
—Que tierno. Lo voy a quemar.
—No lo hagas. Es una muestra de las invitaciones de la boda —informa—. Si hay algo que no te guste, dímelo y haré los arreglos.
—¿No se suponía que yo me encargaría de todo? —me quejo nerviosa.
—Tú vas a planearlo todo menos eso —comenta apuntando la muestra.
—¿Por qué? —cuestiono escudriñando el sobre en la mesa.
—Porque de otra manera nada comenzará —dice—. Se supone que nos casemos éste año.
Lentamente, extiendo mi mano hasta tomar la invitación. Paso mis dedos sobre nuestras iniciales estampadas en el sello de cera que mantiene sujetas algunas ramitas secas de nubecilla que destacan sobre el papel verde. Desato el cordel para abrir la invitación y saco la hoja que en letras doradas plasma la fecha, el lugar y hora del evento.
Un nudo en mi garganta acompaña las lágrimas que se acumulan en mis ojos mientras aprieto la invitación con mis dedos.
Cuatro meses… es todo lo que me queda.
—Es horrible —comento regresando la invitación al sobre antes de derramar una lagrima.
—Dime qué es lo que no te gusta y haré que lo arreglen.
—La fecha, ¿puedes cambiarla? Es demasiado pronto.
—Eso no. Fue elección de tu padre.
—¿Mi padre?
—Él eligió el día, la hora e incluso la iglesia. Lo decidió hace un tiempo.
¿Mi padre? ¿Por qué él? ¿Qué no era mamá y su tradición?
—Dime, ¿por qué quieres casarte?
—Tengo mis razones.
Claramente no me dará la respuesta que busco, asi que pienso en otra cosa.
—¿Por qué yo? ¿Por qué nosotros? Eres un hombre joven, atractivo, con mucho dinero y estoy segura de que conseguir a quien desees no es una dificultad para tí. Entonces, ¿por qué yo?
—No fui yo quien te buscó —aclara poniéndose de pie.
—¿Fue mi madre? ¿Ella hizo la propuesta?
—No diré más.
—¡¿Por qué no?!
Mamá se pone nerviosa y no sabe qué decir cuando le pregunto y Leonardo se niega a responder mis dudas, ¿a quién acudo entonces?
—No es asunto mío. Habla con tu padre —dice antes de marcharse.
¿Otra vez papá?
La cabeza me comienza a palpitar al pensar en la posibilidad de que mi padre orquestó todo esto solo para complacer a mamá.
¿Qué significado tiene ese día en específico?
Necesito aire, así que salgo de la cafetería. Pasan ya de las cuatro de la tarde y mejor decido regresar a casa. Camino por las calles pensando en cómo es todo una línea recta desde que nací. Jamás tuve opciones. Los senderos que tomé me llevaron siempre hacia el mismo sitio, el único que había. Nací y crecí adecuadamente para convertirme en alguien digna de mi destino impuesto. Ahora que entiendo esto, la resignación se ha vuelto mi aliada y fiel compañera. Mi camino es de oro, pero mis pies se lastiman cada vez más con cada paso, sin embargo, el dolor no me abruma.
Está bien, lo hago por ella, repito constantemente y de ésta manera, poco a poco logro apaciguar mi corazón.
Para cuando llego a casa estoy exhausta. Camino hasta mi habitación, pero al pasar por la sala me entran ganas de sentarme en el sofá de mamá que es el más cercano al ventanal. A ella le gustaba sentarse aquí a observar su jardín. Si ella estuviera aquí estaría orgullosa de lo hermosas que lucen sus plantas. Las prímulas se pintan de lila, azul y rosa; los tulipanes de blanco y amarillo mientras que las gerberas alegran la vista con sus colores cálidos. Admirando su jardín y recordándola, me dan ganas de llorar.
Saco la invitación de mi bolso para observarla una vez más. Mientras la sostengo entre mis manos, las lágrimas que no derramé frente a Leonardo comienzan a desbordarse.
¿De verdad voy a casarme con él? Si es cierto lo que dijo sobre mi padre, entonces él está dispuesto a entregarme por mamá. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por ella? ¿En dónde queda el límite del amor por ella y el propio?
No. No titubees.
El repentino sonido de un par de tacones atrae mi atención. Rápidamente guardo la invitación de nuevo en el bolso. Cuando me giro hacia el pasillo veo a mi padre entrar junto a Darla.
—Hola, papá. —Me pongo de pie para recibirlo.
—Hija. Nos vemos en la cena —anuncia antes de darse la vuelta y marcharse.
Mi mala cara y el silencio nos acompaña al quedarnos solas.
—¿No va a felicitarme? —pregunta finalmente —. Hoy es mi cumpleaños
—¿Por eso compraste tantas cosas?
—Oh, no. Yo no pagué por esto. En realidad, son un obsequio de tu padre.
Quisiera preguntarle por qué mi padre le regalaría tanto, pero eso sería como cuestionarlo y está prohibido.
—Felicidades —le digo antes de salir de la sala para ir a mi habitación.
Las horas pasan entre mis deberes y pensamientos absurdos. Al llegar la hora de la cena voy directamente al comedor. Espero en mi asiento a que llegue papá para comenzar. Ahora que vamos a tener un momento a solas, aprovecharé para preguntarle respecto a Leonardo y el compromiso.
De nuevo, el sonido de un par de tacones anticipa la llegada de mi padre y Darla.
—Creí que cenaríamos solo nosotros —le hablo a papá luego de ponerme de pie para recibirlo.
—¿Acaso tenía que pedirte permiso para invitarla? —cuestiona.
—Si a la señorita le molesta mi presencia puedo irme. Cenaré en mi habitación yo sola —habla Darla con tono de aflicción.
Mi padre, molesto, me mira fijamente.
—Lo lamento —pronuncio mirándolo—. Por favor, acompañanos —propongo a Darla.
Sin más, continúan su camino.
—Bien, ahora comencemos —ordena tras sentarse.
—Esa es la silla de mi madre —advierto al ver como Darla elige ese sitio.
—Tu madre no está —dice papá—. Es solo una silla.
Si es solo una silla podría elegir cualquier otra.
Lo que me gustaría decir se queda solo en mi mente. En silencio, observo a Darla quien mantiene una sutil sonrisa en los labios.
Mientras la cena transcurre, la platica entre ellos es amena y divertida. Al verlos, no puedo evitar comparar la actitud de papá a lado de mamá y de Darla. No es la primera vez que lo veo tan alegre y cómodo charlando con Darla, en cambio, con mi madre apenas y pronuncia más de cinco palabras seguidas.
—La reunión de mañana es a las diez —le informa papá.
—¿Debería usar algo elegante?
—Que sea cómodo. Daremos varios recorridos.
—¿Puedo saber a qué reunión se refieren? —pregunto tratando de unirme a su conversación.
—Compraré una casa —me informa Darla—. El agente de bienes raíces parece ser muy amable y de fiar, pero una chica siempre debe ser precavida. Afortunadamente, tu padre se ofreció a acompañarme en mi recorrido por la ciudad mañana.
—¿Papá se ofreció?
El cambio de actitud de Darla es casi tan sorprendente como que mi padre sea tan considerado. Últimamente, es todo miel sobre hojuelas con ella.
—¿Qué debería elegir? ¿Un gran jardín o piscina?
—Puedes tener ambos —le asegura.
—Sí, tienes razón.
¿Desde cuando se tutean?
—Mamá parece estar muy cómoda en el centro —suelto de repente—. Hasta se le nota más tranquila. Incluso se ha encontrado con viejos…
—Anya —me interrumpe—, no es necesario hablar de eso ahora. Sé como se encuentra tu madre.
—Lo siento.
Tiene razón. Debe ser difícil para él hablar de ella cuando la extraña tanto. Además, seguro va a visitarla diariamente al igual que yo.
En mi ser se acumulan las ganas de hablar de Leonardo, pero me abstengo ya que quiero tener una conversación a solas con papá.
Mientras la cena continúa, el sonido de mis cubiertos sustituye mis palabras. Después de un rato, la cena termina y mi padre se marcha no mucho después, pero Darla se queda.
No quiero seguir viéndola ocupar el lugar de mi madre asi que me pongo de pie y doy media vuelta con intención de irme.
—Felicidades —suelta haciendo que me detenga.
—¿Por?
—Tu padre me contó que por fin aceptaste casarte. Tienes mucha suerte.
—¿Suerte?
—Las personas de tu posición cuentan con un catálogo para elegir pareja —comenta acercándose a mi—. En cambio, las personas como yo, tenemos que esforzarnos para conseguir lo que queremos.
—¿Tú que sabes de mí?
—Disculpa, no era mi intención hacerte enojar —se excusa con una expresión afligida—. Trataba de ser amable. ¿Sabes? hasta podríamos ser amigas de ahora en adelante y asi, algún día, podría aprender de una mujer tan cotizada como tú —confiesa con una sonrisa que no parece amigable—. No debería retenerte más, asi que me voy. Descansa.
En mi sitio, observo su andar en tacones mientras se aleja.
Apenas y probé bocado durante la cena y ahora que estoy sola mi estomago se hace escuchar. Camino hasta la cocina para tomar algunas galletas y una buena taza de chocolate caliente. Quiero un momento a solas, por lo que me dirijo al estudio de mamá. Al estar ahí, siento que estoy junto a ella. Veo su mandil colgando del perchero y recuerdo el día que manchó mi pantalón con la pintura fresca. Eso la hizo reír de una manera tan escandalosa que jamás olvidará mi corazón.
A pesar de que ese recuerdo es brillante y divertido, de alguna manera trae consigo nostalgia.
Desearía que los siguientes meses pasen rápido para poder tenerla aquí de nuevo, pero también quisiera que nunca terminaran para que el día de la boda no llegue.
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Editado: 13.07.2026