Tan libre como puedas

CAPITULO 17 Parte 1

Aquellas palabras de Darla que no fueron ni amables ni alentadoras se niegan a abandonar mi cabeza. Entre más lo pienso, más absurda me parece la idea de que un matrimonio por complacer a mi madre sea una dicha. No veo de qué manera es envidiable mi situación. Seguramente para ella sería una bendición casarse con alguien adinerado, pero para mí, quien guarda en su corazón a alguien especial, no es más que una tortura.

De mi bolso saco la invitación mientras sentada en una silla, espero a que mi madre venga a su habitación. Se supone que debería estar aquí ya que durante el horario de visitas no tiene otros asuntos, sin embargo, ha pasado ya casi la hora y ella sigue ausente.

Entre el sonido de las cortinas que ondean con el viento y mi silencio, observo la prueba de que esto es real y no una pesadilla.
Mi madre se pondrá muy feliz cuando la vea.
Con desagrado y resentimiento arrojo el sobre tratando de alejarlo de mí. Aprovechando la cercanía de la cama, reposo mi cabeza sobre el colchón. El chal de mamá está cerca asi que lo tomo para cubrirme con el. Cierro los ojos y aspirando su dulce perfume me permito imaginar que son sus brazos los que me brindan su calor.
Ahora que sé la fecha de la boda debo reservar la iglesia y el salón. También hay que contratar el servicio de banquetes y la floristería que se hará cargo de los arreglos. Ya que las invitaciones son cosa de Leonardo, me haré cargo de las de Frida. Ambas bodas se llevarán a cabo de manera simultánea, pero en diferentes puntos. Yo me casaré en la iglesia del lado norte mientras que Frida en la del sur.
Una sonrisa se pinta en mis labios al imaginar como todo sale de acuerdo al plan. El día de la boda, luego de la ceremonia, cuando todos en el salón festejen nuestra unión, yo me regocijaré al saber que mi amiga pudo huir y si bien no pude hacer algo por mi, lo hice por ella. Brindaré y levantaré la copa muy alto.
Una lagrima brota al pensar en tal escena. No la limpio, en su lugar, mientras mantengo mis ojos cerrados, me permito desahogar mi corazón sintiendo esa brisa suave que entra por la ventana, pero que a la vez es tan sofocante. De repente, la puerta de la habitación se abre y de un momento a otro el colchón se hunde indicando que alguien se ha sentado cerca de mí. Cuando aspiro el aroma dulce que me llega de repente acompañado de las suaves caricias en mi cabeza sé que se trata de mi madre.
—Hijita mía —pronuncia suavemente sin detener su afecto—. Estabas llorando —asegura al tocar mis mejillas húmedas—. Perdóname.
Tranquila, mamá; no pasa nada.
—¿Qué es esto? —cuestiona, supongo yo, al ver el sobre—. No puede ser, ya están listas —comenta entre sollozos.
¿Tanta alegría te causa ésta boda?
Al escucharla llorar, decido dejar de fingir estar dormida. Sin moverme, abro los ojos para observarla. Las lágrimas escurren por sus mejillas mientras sostiene la invitación entre sus manos. Su ceño, lentamente se contrae mientras sus labios se vuelven una fina línea. De pronto, haciendo algo inimaginable, estruja el papel entre sus manos. Lo aprieta con tanta furia mientras lo vuelve una pequeña y deforme bola que temo hacer mal al descubrirme asi que cierro los ojos nuevamente.
–Yo no quería ésto para ti —confiesa—. Eres mi razón de vivir, jamás fue mi deseo que pasaras por ésto tú también, pero he sido tan cobarde —el tono suave y a la vez tan cargado de sentimiento con que pronuncia esas palabras me acelera el corazón repentinamente—. Pero después de aquel día eso se acabó. Mi único deseo, aunque me cueste la vida, es que seas feliz —las palabras, cada vez más entrecortadas, me forman un nudo en la garganta—. Elige tu propio camino o crea una vereda, pero por favor, se feliz; te lo suplico.
Las emociones se arremolinan dentro de mí haciéndome casi imposible permanecer inmóvil.
De acuerdo con lo que acaba de decir, no estoy obligada a casarme. ¡No habrá boda!
—Emma, Leonel trajo pastel.
—Shh.
—Lo siento —se disculpa bajando la voz el Dr. Ponce—. Le voy a decir que nos espere.
—Empiecen sin mi —le dice—. Quiero verla un rato más. Se ve tan cansada y a pesar de eso viene a verme todos los días.
—Digna de admirar, no como su padre.
—Él vino el día que me internaron.
—Y solo ese día.
¿Solo una vez ha venido? ¿Cómo es eso posible? Ayer me dijo que sabía muy bien cómo se encontraba.
—Te quejas porque no ha venido, pero también te quejarías si estuviera aquí.
—Es que él es tu marido.
—Lo es, ¿cierto?
Mientras conversan, las caricias de mi madre no se detienen y a pesar de que no veo su rostro, podría asegurar que mantiene la mirada en mí.
—La hora de visitas casi termina, deberías despertarla. Leonel y yo te estaremos esperando en su oficina.
—Está bien.
El sonido de la puerta al cerrarse indica la ausencia del amigo de mamá.
—Cielo, despierta. —Con la dulzura que la caracteriza, me llama para despertarme mientras mueve ligeramente mi hombro.
—Hola, mamá —la saludo luego de algunos segundos.
—Lamento tanto haberme ausentado. ¿Me esperaste mucho tiempo?
—No, llegué hace poco —miento.
—Hija, ¿has estado durmiendo bien? Te ves muy cansada. ¿O acaso te estás exigiendo al venir a verme? Si es asi, prefiero que descanses.
—Tranquila, estoy bien. Si luzco asi es debido a la escuela, no tiene nada que ver contigo. No me pidas que deje de venir, te extraño mucho, por eso vengo todos los días.
—También te extraño, cielo.
En éste momento que es solo nuestro, luego de ver cómo destruyó la invitación, me gustaría hablar respecto al compromiso, pero no quiero que esa conversación sea tan superficial, quiero que sea con calma y sincera.
—Ya tengo que irme —le aviso poniéndome de pie—. Mañana vendré temprano, hay algo muy importante que quiero hablar contigo.
—Bien, te estaré esperando.
Luego de mencionarle cuánto la amo, nos despedimos.




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