La boda de los abuelos de Ezra comenzará en poco más de una hora, así que estoy a punto de partir hacia allá.
Ayer, cuando creía que por fin podría confesarle a mi madre el amor que guardo en el corazón, no pude hablar con ella. Una visita inesperada ocupó mi lugar y robó nuestro tiempo juntas. Al parecer se trataba de una amiga.
“De dónde salen todos esos amigos de repente” pensé cuando me negaron la entrada. Quería tanto hablar con ella y que de sus labios saliera una bendición para mí que por un momento me sentí con derecho de interrumpir en su habitación, sin embargo, dejé pasar la ocasión. Mi madre ha convivido con más personas ahora que está en el hospital que en todo el tiempo que estuvo en casa. La alegría en su rostro es evidente y ni yo ni nadie tiene el derecho de arrebatarsela ni por un instante.
Veo el reloj por última vez antes de ponerme de pie. Suelto un suspiro y camino hacia el espejo para ver mi aspecto. Gustosa, sonrío ante lo que observo. El azul pastel del vestido hace que mi piel se vea más luminosa. La tela que es tan fina, tiene una caída delicada que enmarca el inicio de mis caderas y se pierde hasta llegar a mis tobillos. Además, los detalles de fina pedrería que adornan el torso, las mangas y hasta el último de los holanes de la falda, relucen de manera sutil con los rayos de luz.
Ya es hora.
Tomo mi bolso y salgo de la habitación para dirigirme a la entrada. Es la primera vez que Ezra me recoge en la puerta de mi casa. Intento tomarme todo con calma ya que a excepción de mi, la casa está vacía. Al poco tiempo de salir, un coche se detiene frente a mí. No le presto mucha atención, en cambio, continúo observando la calle.
—Hola. —Tomándome por sorpresa, Ezra sale del interior del coche—. Es de mi abuelo —se apresura a decir al ver mi expresión—. Dijo que un coche clásico seguro impresionaría a las chicas lindas. ¿Funciona?
—No en realidad —respondo acercandome a él.
—¿De verdad? —cuestiona afligido.
—Prefiero a un apuesto caballero en traje y bien peinado —agrego envolviendo su cintura con mis brazos— justo como el que tengo aquí.
Mi última oración relaja su rostro pintando una sonrisa.
En ésta ocasión, su cabello que siempre luce sus ondas al natural, se muestra atado en una coleta y por lo tanto, su perfil descubierto presume una mandíbula bien marcada mientras que sus mejillas muestran su lado sensible y avergonzado.
—Éste vestido es más bonito —susurra en mi oído antes de acurrucarse entre mi cuello.
Al sentir su piel contra la mía, me sorprende que sus mejillas estén tan calientes como coloradas.
Sin duda, ésta es una reacción encantadora.
—Te traje algo —anuncia separándose—. Ten, ábrela.
De su mano, tomo la cajita que me ofrece. Al levantar la tapa, el sol hace brillar las piedras pequeñas que decoran la horquilla dentro.
—Es hermosa. —Paso mis dedos por los pétalos de las pequeñas flores y admiro cada detalle con el que fueron creadas—. ¿Dónde la conseguiste?
—La hizo mi abuela, dijo que con ella te enamorarías más de mí.
—Tus abuelos te dicen muchas cosas.
—Espero que acertaran el menos en una.
—Bueno, el coche sí es impresionante.
Su sonrisa de lado además de hacerme suspirar, me indica que ha entendido mi broma.
Tras sacar la horquilla le pido que la coloque en mi cabello, lo cual, hace con cuidado.
—También te traje algo —anuncio. Dentro de mi bolso, descarto la caja roja para tomar la azul—. Ten.
Sin pronunciar palabra, pero con una gran sonrisa, acepta el obsequio.
—Nunca había tenido uno de estos —confiesa al tomar el broche—. ¿Me lo pones?
Con cuidado de no pincharlo, fijo el broche en la solapa de su traje.
—Te queda muy bien.
—¿Luzco sofisticado?
—Mucho.
Luego de agradecer nuestros obsequios nos ponemos en marcha rumbo a la finca donde será el evento. Llegamos al cabo de unos veinte minutos.
Cuando atravesamos la entrada, mis ojos van directo a la decoración. Todo se ve tan natural y silvestre que da una sensación de tranquilidad y armonía.
En el salón, la ceremonia transcurre sin contratiempos. Mientras tanto, las miradas de los demás se clavan en mi y aunque sé que no es de mala manera, se siente un poco sofocante.
Al terminar la ceremonia, los celebrados esperan su momento para salir mientras nos acomodamos afuera para recibirlos.
—Mi familia no deja de mirarte —susurra.
—Te dije que era un evento muy íntimo. No debí haber venido.
—No apartan la mirada porque estás preciosa. Además, es la primera vez que traigo a mi pareja a este tipo de eventos familiares. Seguramente todos quieren hablar contigo.
—¿Hablar de qué?
—Cuando se me cayó mi primer diente, la vez que me expulsaron de la escuela o quizá de cuando dejé de mojar la cama. Aunque de eso solo hablaría mi madre.
—¡Anya! ¡Preciosa!
—Y ahí está.
—Pero mira que linda te ves, pareces un bello ángel —dice Magi.
—Usted también luce muy bonita.
—Dime, ¿te dió el obsequio? —se dirige a mí—. ¿Le diste el obsequio? —le pregunta a él.
—¿Se refiere a la horquilla? Aquí está. —Le indico el accesorio en mi cabello.
—Se te ve tan linda. Debiste ver su cara cuando se la entregó, parecía un tomate.
—Ya basta, Margarita —exige.
Mientras ellos siguen jugueteando y esperamos a los festejados, puedo notar algunos adornos igual al mío entre la multitud.
—¡Ahí vienen! —grita un caballero anunciando la llegada de la pareja.
Atravesando el arco de madera de la entrada, los abuelos de Ezra se acercan tomados del brazo mientras avanzan sobre el camino de piedras.
—¡Felices bodas de oro! —gritan todos al lanzar variados pétalos de flores.
Sofía, su abuela y Lucas, su abuelo, avanzan a su ritmo con una sonrisa en los labios que expresa la inmensa felicidad que seguramente sienten en su interior. Ante la atenta mirada de todos y para mi sorpresa, Sofía camina directamente hacia mí.
—Bienvenida —dice al entregarme su pequeño buqué hecho de hortensias y margaritas.
Con su mano, que se siente tan cálida al tacto, palmea ligeramente mi mejilla para después hacer lo mismo con su nieto. Antes de despedirse con un beso en la frente, le dice algo al oído y sea lo que sea que le haya dicho, lo hace ruborizar. Sofía y Lucas siguen su camino. Al verla de espaldas, noto un adorno bastante peculiar entre su melena blanca.
El buque, la bienvenida y la horquilla son como su bendición.
Tal pensamiento hace enrojecer mis mejillas y me acelera el corazón. Si de verdad es así, entonces no tengo que preocuparme por la aprobación de su familia de ahora en adelante.
—Vamos a sentarnos. Los llevaré a nuestros asientos —anuncia Magi.
Conforme nos acercamos a las carpas en el jardín puedo apreciar cuánto tiempo y dedicación hay en cada detalle. Desde lo alto de la carpa hasta el pasto, tiras de flores adornan todo el contorno creando asi una especie de cortina. Sobre las mesas de madera, en el centro, una guirnalda de flores descansa a lo largo sobre el tul que se extiende hasta tocar el pasto.
—Aquí, siéntate conmigo —me pide Magi palmeando el asiento a su lado.
—Mamá, deja de hostigarla.
—Solo le doy las atenciones que se merece. Tú deberías hacer lo mismo —le exige—. Linda, si él no te complace, tengo un sobrino encantador. Es el único hijo de mi hermana mayor. Te voy a mostrar una foto para que veas lo guapo que es.
—Ella no está buscando nuevos prospectos —le aclara a su madre.
Tomando mi mano, se levanta y tras dejar a Magi sola y sorprendida, me lleva consigo hasta la mesa vacía más alejada.
—Ella siempre es tan escandalosa.
—A mi me agrada.
—Seguro te cansas de ella en unos años.
¿Unos años? Eso significa que planea seguir a mi lado por un largo tiempo. Entonces, está bien lo que planeo hacer ¿cierto?
—Siempre eres tan sereno que el verte discutir con ella se siente como aire fresco. Siento que conozco nuevas facetas tuyas y de alguna manera, eso me hace sentir que soy más cercana a ti, como si fuera de la familia.
—Ya todos piensan eso —asegura—. ¿Sabes? Mi abuela hizo esas horquillas solo para las mujeres de su familia.
—Pero yo aún no lo soy.
—Tal vez es una invitación para que lo seas —sugiere mirándome directamente a los ojos.
—¿Y si quisiera serlo? ¿A ti te gustaría?
—La verdad… —Su atenta mirada titubea entre mis ojos y mis labios haciendo que se me acelere el corazón.
—¿Sí?
—Ay, hijito. ¿Le vas a dar la sortija o no? Porque la traigo en la guantera del coche. —La manera tan singular y oportuna en que Magi aparece es siempre sorprendente—. Aunque creo que deberías esperar a hacerlo después del baile.
—De verdad eres única, madre —reniega antes de soltar un largo suspiro.
—Yo siempre estoy preparada —afirma orgullosa.
—¿A qué viniste?
—Tu abuela quiere que te acerques. Están muy lejos.
—¿Quiere que “yo” me acerque?
—Bueno, quiere conversar con ella. Vengan a sentarse con nosotras.
Sin más remedio y sin quejas, su hijo acepta la petición y retornamos a nuestros asientos del inicio.
Mientras charlamos, Sofía me cuenta sobre su familia. Lucas trabajó como albañil en una constructora por más de cincuenta años; después de tanto tiempo y al reunir los requisitos pudo jubilarse. Pasaron muchas dificultades, pero a pesar de las adversidades, su trabajo duro y esfuerzo dieron resultado. Pudieron darle estudio a sus tres hijas y hasta apoyaron de alguna manera a sus nietos. Ahora, son dueños de su propia casa y tienen un pequeño negocio que administran ambos.
El tiempo se me va en un suspiro al escuchar tantas historias, pero al parecer, la pareja dorada debe ir a revisar algo en el salón.
A pesar de estar tan cómoda en compañía de Sofía, mis manos sudaban sin parar por lo que decido ir al baño.
En el reflejo del espejo puedo ver que mi maquillaje sigue intacto y el vestido perfecto. En soledad, me permito sacar la última caja de mi bolso.
Cuando me propuse aquel día en la feria fue por impulso, quizá por esa razón Ezra me respondió de tal manera y se lo tomó a broma.
Con mis dedos, acaricio el terciopelo rojo que cubre la caja. Al abrirla y ver la sortija mi sonrisa es tan grande como la emoción dentro de mi. Me pregunto qué tan grande será la sonrisa de Ezra cuando le diga: “mi destino es a tu lado, ¿quieres casarte conmigo?”; no, eso no encaja. Quizá: “te amo, se mi esposo”; eso tampoco suena bien. Tal vez: “ahora que puedo trazar mi propia vereda elijo hacerlo a tu lado y compartir el destino ¿te casarías conmigo?”. Ésta última frase encaja tan bien que siento que es la correcta.
¿Debería incluir el ponerme de rodillas?
—Es una sortija muy bonita.
Reconciendola, cierro la cajita y la escondo tras de mi mientras la sujeto fuertemente.
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Editado: 22.08.2026