Tan solo Tú

1.

CAPÍTULO 1

El pequeño dragón

El día que Ayra se mudó a la casa de enfrente fue uno de los más grises de mi vida. Mis padres acababan de darme la noticia: habían decidido separarse. Yo era demasiado pequeño para entender que algunas parejas simplemente dejan de funcionar; mis padres, por supuesto, pertenecían a ese grupo. Por separado eran personas geniales, pero juntos sacaban la peor versión del otro. Por el bien de la familia, decidieron tomar caminos distintos, y yo sentí el terror de quedarme atrapado para siempre en el medio.

Como cualquier niño de diez años que no sabe lidiar con el dolor, salí huyendo de casa con los ojos empañados por lágrimas de rabia. Corrí hacia el único refugio que conocía: la casa de Cassie, mi amiga de la infancia y vecina.

No hizo falta tocar más de dos veces. La puerta se abrió rápidamente, pero al otro lado no estaba Cassie. Enmarcada por el umbral, apareció una niña de grandes ojos verdes y un extraño paño que le cubría la cabeza. Me quedé de piedra.

Recuerdo que mil preguntas se agolparon en mi mente, pero lo primero que solté fue:

—¿Se han llevado a Cassie las monjas? —pregunté, señalando lo que llevaba puesto.

Ella me miró con extrañeza antes de responder:

—Nadie se ha llevado a Cassie. Está en su habitación.

—¿Y entonces tú quién eres? —insistí, incapaz de dejar de mirar el trozo de tela sobre su cabello.

—Soy Ayra, su nueva hermana —contestó con una inocencia que me desarmó.

—Soy Mylas. Vivo en la casa de allá. Bienvenida al vecindario, Ayra —dije, estirando la mano en un gesto de saludo.

Ella, en lugar de tomarla, se puso las manos a la espalda y bajó la cabeza.

—¿Por qué rechazas mi saludo? —le pregunté, desconcertado.

No obtuvo respuesta, porque de la nada apareció Cassie. Empujó a Ayra con fuerza, apartándola de la puerta de un manotazo.

—Será mejor que ni le hables a esta rara, Mylas. Connor y yo no sabemos si trae alguna enfermedad contagiosa de donde viene —escupió Cassie con desprecio.

Vi cómo la expresión de Ayra se ensombrecía al instante.

—¿Pero qué dices, Cassie? Me ha dicho que es tu hermana. Además, no veo que tenga nada malo —respondí enojado. Amaba a Cassie, pero detestaba cuando se comportaba así.

—¡Qué asco, no! Esta pordiosera no es mi hermana ni lo será jamás —sentenció Cassie, señalándola—. Es un experimento de mis padres, la adoptaron y ni sé por qué. Es rara, huele mal y se niega a quitarse ese trapo sucio de la cabeza.

Sin previo aviso, Cassie se abalanzó sobre ella para arrancarle el paño. Ayra intentó cubrirse, pero Connor apareció detrás para unirse al ataque. Mientras él la sujetaba por los hombros, Cassie logró rasgar la tela, dejando el cabello de la niña al descubierto.

No podía dar crédito a lo que veía. Connor siempre había sido un caprichoso odioso, pero Cassie era la niña más tierna que conocía. O eso creía.

Ayra comenzó a llorar desconsolada mientras Cassie rompía la tela por la mitad. Era un tejido viejo, desgastado por el tiempo.

—¡No lo rompas, por favor! Es lo único que me queda de mi madre —suplicaba entre sollozos.

Cassie no se detuvo. Connor la soltó, dejando que Ayra cayera bruscamente al suelo, y comenzó a burlarse:

—¡Tonta, tonta, eres una tonta!

En ese instante, dejé de ser un espectador. Mi padre siempre decía que, si te quedas mirando mientras alguien hace algo malo, te conviertes en su cómplice. Y yo no quería serlo. Empujé a Connor, quien, fiel a su estilo cobarde, salió corriendo a buscar a su madre. Luego me planté frente a Cassie y le arrebaté el pedazo de tela que aún sostenía.

—Pero Mylas, ¿qué haces? —chilló ella, llorando de pura rabia. Me miraba como si la hubiera traicionado.

—¿Qué haces tú? Estás siendo horrible con ella.

—¡Ella es la horrible, y tú la defiendes! Ya no quiero ser nunca más tu amiga —gritó antes de salir huyendo.

—¡Espera! ¡Tienes que disculparte! —intenté detenerla, pero me ignoró.

Me agaché frente a Ayra para devolverle el retazo de tela que parecía ser su tesoro más preciado.

—Ayra, disculpa a Cassie. Debe de estar celosa por tener que compartir a sus padres. No es tan mala como parece —le dije, ofreciéndole mi mano para ayudarla a levantarse.

Ella me miró, todavía con las mejillas surcadas de lágrimas, y tomó mi mano con timidez. Abrazó el pedazo de tela contra su pecho y volvió a llorar, pero esta vez el llanto era de alivio.

Mis padres aparecieron poco después, buscándome con urgencia. Al vernos, su primera reacción fue de enojo; supongo que pensaron que yo era el culpable de sus lágrimas. Por suerte, los padres de Cassie y Connor aparecieron tras ellos para aclarar lo sucedido y agradecerme por haber intervenido.

Fue entonces cuando supe la verdad: Ayra había sido rescatada de un país de Oriente Medio. Sus nuevos padres me explicaron que aquella tela era un velo, una costumbre de su tierra. Aunque ya no estaba obligada a usarlo, era el único vínculo físico que conservaba con su madre biológica.

A pesar de mi corta edad, comprendí el peso de su pérdida. Ese día abracé a mis padres con una fuerza nueva; agradecí tenerlos y agradecí mi suerte.

También fue el día en que me convertí en el protector de Ayra. Fuimos inseparables durante toda la primaria. Nadie volvió a tocarle un pelo mientras yo estuviera cerca, ni siquiera Cassie o Connor. Estuvimos juntos hasta que la secundaria y el divorcio de mis padres me obligaron a mudarme a Cambridge para estudiar.

Nuestra despedida fue desgarradora. Si había alguien a quien quería tanto como a mis padres, era a ella. Le hice prometerme que no dejaría que nadie la humillara, y yo le prometí que volvería cada verano para encontrarla siempre más fuerte y más bella.

Porque, para mí, Ayra siempre sería una flor inmarchitable.




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