Tan solo Tú

3.

CAPÍTULO 3

El arma mortal

Lo primero que hizo Ayra al entrar en mi habitación fue lanzarme la caja de regalo a la cabeza. Y no hablo de forma figurada; me la aventó con todas sus fuerzas. Lo segundo fue empezar a disparar reproches.

—¿Cuál es tu puto problema? —gritó, roja de furia—. He pasado todo el día preparando esto para que te comportes como un imbécil. ¡Baja ahora mismo!

Yo solo quería que me dejara en paz. Ignoré su estallido infantil y volví a cerrar los ojos, tratando de mantener una calma que se me escapaba entre los dedos. Por fuera parecía tranquilo, pero por dentro me sentía como un volcán a punto de entrar en erupción. Estaba tan enojado que, si abría la boca, soltaría cualquier barbaridad de la que terminaría arrepintiéndome.

Ayra enloqueció aún más. Odiaba que la ignorara. Se subió a la cama y se montó encima de mí, agarrándome por las solapas de la chaqueta. No tuve más remedio que reaccionar.

—¿Pero qué haces? ¡Bájate de encima! —le espeté.

En lugar de obedecer, se desplomó sobre mi pecho y comenzó a llorar. Sabía perfectamente que yo no soportaba verla así; estaba usando su arma mortal. Suspiré hondo. Se avecinaba una escena dramática en la que, como siempre, yo acabaría siendo el villano.

—¿Por qué me rechazas? ¿Sabes lo feliz que me hace que estés aquí? ¿Por qué tienes que arruinarlo todo? —sollozó.

Sentí cómo mi resistencia se desmoronaba. Siete años de amistad incondicional eran demasiados como para no ceder ante sus lágrimas.

—No te estoy rechazando, de verdad. Es solo que estoy agotado. ¿Puedes entenderlo? —mentí. Ella lo sabía. Me conocía demasiado bien como para tragarse esa excusa.

—Cassie me ha dicho que te has enfadado por lo de Sean. Sé que al principio parece un tonto, pero es un buen chico —dijo, dando justo en el clavo.

—Se nota a leguas que es genial —repliqué con un sarcasmo que no pude contener.

—Llevamos saliendo desde que empezó el año. En todo este tiempo, no tengo nada malo que decir de él —sentenció ella.

Sentí que mi corazón se rompía en mil pedazos. Me sentía traicionado, como si me hubieran ocultado una parte vital de su vida. Me levanté de la cama, obligándola a bajarse de encima de mí.

—¿Mylas? —intentó decir, buscándome la mirada.

—Necesito descansar, ¿puedes darme espacio? Ve a disfrutar de la fiesta, de tu novio y de tus amigos —dije mientras la acompañaba hacia la puerta y la cerraba tras ella.

—¡Bien! ¡Envejece ahí solo! —me gritó desde el pasillo antes de marcharse.

Sentí un alivio momentáneo. Necesitaba tiempo para poner en orden el caos que tenía en la cabeza. Me desplomé en la cama y, contra todo pronóstico, me quedé profundamente dormido.

Me desperté dos horas después, aturdido por la música que retumbaba desde el piso de abajo. No podía creer que Ayra hubiera seguido con la fiesta. Bajé las escaleras hasta el salón, dispuesto a terminar con el ruido, pero la escena que encontré me dejó helado.

Ayra estaba dolida y, a juzgar por su actitud, quería retarme. En cuanto me vio aparecer, se colocó un pañuelo sobre la cabeza y empezó a gritarle a Cassie:

—¡Ven, Cassie! ¡Trátame como una mierda, como la primera vez que me viste! ¡A ver si así Mylas me presta algo de atención!

Soltó una carcajada que incomodó a todos, incluido a Sean, que se acercó para susurrarle algo al oído. Cassie, por su parte, se acercó a mí con una expresión de culpa que rara vez veía en ella.

—Ha bebido demasiado. En parte es culpa mía, debí dejar que fuera ella quien te contara lo del novio —admitió, y por una vez sonaba sincera.

—Da igual. No estaba enfadado antes, pero ahora sí lo estoy porque has dejado que se ponga así —le recriminé.

—¡Mylas, Ayra ya no es una niña! —replicó Cassie, recuperando su tono afilado—. Está intentando decirte a gritos que ha crecido. Deja de actuar como el padre que no tuvo.

—Todos hemos crecido, y no pretendo ser su padre. Siempre la he apoyado en sus decisiones.

—¿Entonces por qué este drama porque tenga novio? —insistió Cassie, hurgando en mi herida abierta. Comencé a sudar, sintiéndome acorralado. Cassie era demasiado inteligente—. Estás enamorado de ella. Siempre lo has estado.

—Imposible —negué rápidamente—. La quiero mucho, pero no de esa forma.

Cassie me miró fijamente, con una intensidad que me obligó a sostenerle la mirada.

—No puedes mentirme, Mylas. A mí no. Ella siempre ha sido diferente para ti. La amas... del mismo modo que yo te he amado siempre a ti.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, Cassie se acortó la distancia y me besó.




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