CAPÍTULO 4
La caja
Cassie me besó y, a pesar de que no quería confundirla, me dejé llevar. Supongo que, en el fondo, ella tenía razón: tal vez sí amaba a Ayra de una forma diferente, pero ella no me veía de la misma manera. No quería arruinar nuestra relación, no quería que nada cambiara entre nosotros y, mucho menos, quería perderla. Así que decidí que reprimiría todos esos sentimientos y los guardaría bajo llave, en lo más profundo de mi ser. Al final, era nuestro verano y no iba a arruinarlo con cursilerías de último momento.
Cassie se separó de mí y me pidió disculpas con la mirada baja, pero yo, en un impulso de confusión, me acerqué a ella y la besé de nuevo.
Ayra apareció de la nada, como un fantasma entre las sombras del salón, y nos interrumpió. Tenía el maquillaje corrido y un aspecto terrible; parecía que había estado llorando o, tal vez, vomitando. Me preocupé al instante, pero ella me lanzó una mirada de «ni se te ocurra decirme nada», así que preferí callar.
—Lo siento mucho, no quería interrumpir —dijo, dirigiéndose exclusivamente a Cassie e ignorando mi presencia. Aquel vacío me dolió más que cualquier insulto—. Cassie, ¿podemos irnos ya a casa?
Cassie asintió y la tomó del brazo con suavidad.
—Nos vemos luego, Mylas —se despidió antes de salir con Ayra de la casa.
Sean ya se había marchado. Solo quedaba Connor, bebiendo tranquilamente con su madre y la mía; parecían estar pasándoselo de lujo, ajenos al drama juvenil. No quise interrumpir su paz, así que me retiré a mi habitación.
Aburrido y sintiéndome un miserable, tomé la caja de regalo que Ayra me había entregado antes. Al quitar la tapa, los cuatro lados de la caja cayeron hacia fuera, revelando una selección de nuestras mejores fotos juntos. Sonreí al ver cada imagen, transportándome a esos días maravillosos. Destacaba la de nuestro primer disfraz de Halloween; siempre nos había encantado esa foto.
En el centro del despliegue había otra caja de tamaño mediano. Ya estaba emocionado con las fotos, así que la curiosidad me carcomía. La abrí con la misma ilusión de un niño de siete años en la mañana de Navidad.
Dentro encontré tres tesoros:
El primero era un pequeño cuaderno titulado: Libro de nuestras aventuras de verano. Adentro, Ayra había diseñado un plan para cada día, con un cupón adicional para canjear al final de la jornada. El plan comenzaba hoy: «Fiesta sorpresa de bienvenida en casa de Mylas. Cupón del día: válido por unas cervezas». Me maldije al darme cuenta de lo que había desaprovechado por mi mal humor. El resto de las páginas estaban en blanco, marcadas con un signo de interrogación y una nota: «Ayra tiene las piezas que faltan. Cada día será una sorpresa».
Lo segundo era un cactus real con una pequeña nota: «Que lo nuestro sea tan fuerte como este cactus. Sobrevivió a mis cuidados, imagina lo resistente que es». Solté una carcajada. Sabía lo mal que se le daban las plantas; le encantaban e incluso les ponía nombre, pero por alguna razón siempre terminaba ahogándolas por regarlas demasiado.
Lo tercero era un llavero con un ancla. La nota decía: «Gracias por mantenerme firme en cada tormenta, por hacerme sentir siempre segura y feliz. Mi vida era un desastre hasta que conocí al gran Mylas. Te quiero de formas inexplicables».
Me golpeé la frente con la mano y grité de pura frustración. Me había portado como un completo idiota. Quería correr hacia ella y pedirle perdón por ser tan inmaduro, tan egoísta, tan ciego. Me había dejado llevar por los celos y no fui capaz de ver el esfuerzo inmenso que ella había hecho para que yo me sintiera bienvenido y feliz.
Encendí la luz y me asomé a la ventana, mirando hacia su casa para ver si su luz seguía encendida, pero no tuve suerte. Estaba a oscuras. Tendría que esperar hasta mañana.
Apagué la luz y me acosté. A pesar de los errores del día, me dormí con una sonrisa, extrañamente feliz. Todo lo que había en esa caja me recordaba que, pasara lo que pasara, seguíamos siendo nosotros.