CAPÍTULO 6
Cita de cuatro
No tenía la más mínima intención de asistir a ninguna cita doble. Pero Ayra fue tan insistente que incluso intentó vestirme ella misma. No tuve más opción que sacarla de mi habitación y ceder. Cuando terminé de ponerme la ropa que ella había elegido, me miré al espejo: parecía que iba a entregar los anillos en una boda. Horrible.
—¿Estás listo ya, Mylas? —gritó desde el pasillo.
—¿Por qué diablos tengo que vestirme así? ¿Es algún tipo de castigo? —repliqué.
Ella abrió la puerta sin llamar. Llevaba un vestido blanco precioso y apenas se había maquillado, lo cual me encantaba; era mucho más su estilo, sin intentar imitar a Cassie.
—¿Pero de qué te quejas? Estás guapísimo. Pareces un príncipe de cuento... qué suerte tiene Cassie —dijo mientras me ajustaba la corbata—. ¡Ya está! Oye, guapo, ¿me das tu número? ¡Me gustas!
Bromeaba, pero yo me quedé allí, como un bobo, contemplándola. Me arrastró hasta la salida y abajo tuve que soportar los halagos de mi madre, que me llenó de besos mientras Ayra se burlaba de mí.
Poco después aparecieron Cassie y Sean. Cassie llevaba un vestido rosa similar al de Ayra, pero con destellos dorados. Se veía linda, diferente. Sean, por su parte, lucía un traje negro bastante cool. Debo confesar que sentí envidia.
Ayra me entregó un ramo de rosas rojas para que se las diera a Cassie como disculpa. Luego, corrió a los brazos de Sean, quien la saludó con un beso efusivo en los labios. Sentí que la sangre me hervía al ver la escena. Antes de que pudiera hacer alguna estupidez, Cassie se lanzó sobre mí y me besó de la misma forma. Supe en ese momento que el día no terminaría bien.
El lugar elegido por Ayra era un yate bastante elegante. Mientras navegábamos, el camarero nos explicó los menús, recalcando que no podíamos consumir alcohol por ser menores de edad. Sean insistió en pedir una cerveza y, ante la negativa, comenzó a alterarse. Yo ya tenía ganas de partirle la cara de antes, y ahora me estaba dando la excusa perfecta. Ayra tuvo que intervenir, susurrándole algo al oído para que el imbécil se calmara. Cassie, ajena a la tensión, no paraba de decirme que su sueño se estaba haciendo realidad.
—¿Alguien quiere postre? —preguntó Ayra, intentando suavizar el ambiente.
—Quiero una puta cerveza. Teníamos que haber ido a un lugar menos riguroso, esta cita es un asco —soltó Sean.
Apreté el puño bajo la mesa. Estaba listo para saltar, pero Cassie me distrajo besándome de nuevo.
—Tranquilo, Sean, beberemos algo al salir. Solo ten calma —le pidió Ayra. Se la veía incómoda, la conocía demasiado bien como para no notarlo.
—¡Cómo quieres que me tranquilice si hay que esperar treinta minutos a que este puto barco atraque! —gritó él.
No pude aguantar más. Me levanté y lo agarré por la solapa de su traje.
—¿Qué demonios te pasa? ¿Eres alcohólico, idiota o ambas cosas? —le espeté mientras él ponía cara de ofendido.
Ayra y Cassie saltaron de inmediato para separarnos. Sean, al verse acorralado, cambió el tono.
—Ya, ya, hermano, calma. Es que me pone nervioso el mar —mintió. Lo solté, pero volví a mi asiento con una furia contenida que me quemaba el pecho.
El resto de la cita fue un desastre. Tuve que soportar a Sean tratando a Ayra como si fuera basura y a Cassie pidiéndome besos a cada instante. Al bajar del barco, Ayra se despidió; dijo que se iría con Sean a otro lugar a beber. Quise intervenir, pero no podía hacer nada; ella no me invitó y Cassie ya tenía planes para nosotros.
—Bueno, amor, ahora tú y yo iremos al cine —anunció Cassie. Caminé a su lado, fingiendo que todo estaba bien por no herirla, ya que ella no tenía la culpa de nada.
Vimos una de terror, Perdidos en el bosque maldito. Sin Ayra y Sean delante, la noche fue sorprendentemente agradable. Nos divertimos haciendo guerra de palomitas como cuando éramos niños. Me sentí cómodo, feliz. Al dejarla en su casa, la besé y me despedí con un abrazo.
Mientras caminaba de regreso, pensaba que quizá mi vida giraba demasiado en torno a Ayra. Debía dejarla hacer su vida y disfrutar más de momentos como los que acababa de pasar con Cassie.
Pero mi teléfono interrumpió mis pensamientos. Era Ayra, llorando desconsoladamente.
—Mylas, ¿puedes venir a por mí, por favor? —el corazón se me detuvo.
—¿Dónde estás?
—En Waterfront Park. Sean bebió de más y... enloqueció. No puedo llamar a Amber, llamará a la policía.
—¿A la policía? ¿Qué demonios te ha hecho?
—Te mando la ubicación. Date prisa —colgó.
No lo pensé dos veces. Corrí a casa para quitarle las llaves del coche a mi madre. El "protector" de Ayra estaba de vuelta.