Tan solo Tú

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CAPÍTULO 7

Bajo el cielo estrellado

Nunca había conducido tan rápido. Cubrí una distancia considerable en menos de quince minutos, con el pecho apretado por la angustia. Solo sentí alivio cuando llegué a la ubicación y la vi allí, sana y salva.

Sin embargo, mi alivio se transformó en estupor al ver su vestido blanco salpicado de manchas de sangre. Corrí hacia ella y me recibió con un abrazo desesperado, bañada en lágrimas.

—¿Estás bien? ¿Qué te ha hecho? —la interrogué, revisándola de arriba abajo con las manos temblorosas.

—Mylas, estoy bien, de verdad... pero Sean no. Se ha metido en una pelea y está muy mal —sollozó.

Me quedé de piedra. No podía creer que me hubiera llamado para ayudar al tipo que nos había arruinado el día.

—¿Me estás diciendo que he robado el coche de mi madre, he conducido como un loco y me he jugado el cuello solo porque Sean se ha emborrachado y no ha sabido controlarse? —le grité. Era la primera vez que le alzaba la voz de esa forma—. ¿Te parece justo, Ayra? ¿Es justo para mí? ¿Lo es para ti?

Ella retrocedió, sorprendida por mi estallido.

—Te llamé porque no tenía a quién más acudir. Si te ha molestado tanto, discúlpame. Es mi novio y es mi problema —replicó con amargura, dándose la vuelta para intentar levantar a Sean de un banco del parque. Él estaba hecho un desastre, golpeado y completamente ebrio.

Suspiré, tratando de tragarme la rabia. No podía dejarla allí sola con ese panorama. Me acerqué, cargué al idiota de Sean sobre mi hombro y, cuando él intentó balbucear algo, le corté en seco:

—Cierra la boca o te dejo aquí tirado ahora mismo.

—Gracias, Mylas... eres un buen tipo —murmuró él antes de quedarse callado.

El trayecto en coche fue un silencio sepulcral. Tuve que dejar a Sean en su casa y presenciar el llanto de su madre al verlo en ese estado. No pude escapar de su invitación; terminé sentado a la mesa, bebiendo una taza de té con ella y Ayra.

—Nunca podré agradecerte que lo hayas traído y que no llamaras a la policía —confesó la mujer—. Sean tiene problemas con la bebida por culpa de su padre. Empezó a los doce años y no ha podido dejarlo. Se vuelve violento, ansioso... Ha mejorado mucho desde que Ayra llegó a su vida, pero ya no quiero que esté con ella. Temo que acabe lastimándola.

—Mañana mismo llamaré a la clínica —añadió Ayra—. En cuanto acabe el verano, irá a rehabilitación. Si vuelve a pasar algo así, habrá que internarlo.

Yo permanecí en silencio, mirando el fondo de mi taza. Sentía una mezcla extraña de asco y pena. Sean era el resultado de un ciclo de abuso, pero eso no borraba el hecho de que estaba poniendo en peligro a la persona que yo más quería.

Me despedí con educación, alegando que debía devolver el coche antes de que mi madre me enviara de vuelta a Cambridge antes de tiempo. Ayra salió conmigo.

Tampoco hablamos durante el camino de regreso. Aparqué frente a su casa, esperando a que bajara, pero ella se quedó inmóvil en el asiento del copiloto, llorando de nuevo.

—No te merezco, Mylas —susurró rompiendo el silencio.

—¿Y por qué dices esas estupideces? —pregunté, recostando la cabeza en el asiento y cerrando los ojos con cansancio.

—Hoy te he hecho pasar un día horrible. Te he metido en problemas que no son tuyos y, aun así, aquí estás... a mi lado.

—¿Entonces tu forma de pedir perdón es decir que no me mereces y llorar como cuando tenías diez años? —repliqué.

Ella se secó las lágrimas con un gesto brusco, igual que hacía de niña cuando yo le decía que parara. Se quedó mirando al frente, pensativa.

—La vida sería perfecta si pudiéramos quedarnos aquí, viendo las estrellas —comentó, ya más tranquila, mientras se desabrochaba el cinturón.

—Pero no podemos. Tengo que devolver el coche —dije, aunque una parte de mí deseaba detener el tiempo.

Ella asintió y bajó del vehículo. Caminó hacia su puerta mientras yo esperaba para arrancar, pero a mitad de camino se detuvo y regresó corriendo. Bajé la ventanilla, pensando que querría mi chaqueta para ocultar las manchas de sangre de su madre, pero no fue eso lo que buscaba.

Ayra me miró fijamente, con los ojos cristalizados por la emoción. Antes de que pudiera reaccionar, se armó de valor, se inclinó y me besó bajo el inmenso cielo estrellado.




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