Tardes de olvido

CAPÍTULO 13

A medida que las horas pasaron, el estómago de Julieta se contrajo con nervios y la angustia se apoderó de ella. Pensó en pedir a sus padres que la acompañaran, solo que no se animó. Y Carolina, cuando la llamó por teléfono, se excusó de mil maneras diferentes, entre ellas, que no le entendía nada al párroco porque era italiano y combinaba un poco de palabras en su idioma con el castellano, y porque lo que menos quería, era dos misas en un mismo día. Juli no la presionó aunque le hubiera gustado más asistir con ella que sola. También era una lástima que Camila, su hermana, no estuviera en Carillanca en esa fecha.

Buscó su abrigo más grueso y salió a la fría tarde de otoño mientras el sol se escondía detrás de la cordillera y el cielo cambiaba de colores para vestir de noche, aunque en realidad no fuera tan tarde . Después de caminar varias cuadras apurada, buscando entrar en calor, llegó a la pequeña y destartalada iglesita del pueblo, que a pesar de eso estaba pintada y arreglada lo mejor posible. Lo más probable era que solamente se encontrara con las viejitas del pueblo —aquellas que todavía llevaban mantillas negras como a principios de siglo XX—, y unos rosarios de madera con cuentas del tamaño de canicas, orando en voz baja, antes de que comenzara la misa.

Frente a la iglesia, la plazoleta —que no pudo ni mirar—, le trajo todos los recuerdos del mundo en un segundo. Los bancos de piedra, fríos; arbustos perennes que le daban algo de color al otoño, cargados de pequeñas frutitas rojas; y los angelitos de piedra llenos de moho y humedad dispersos en varios puntos del césped seco, miraban impasibles hacia el cielo, con ojos que no tenían iris ni pupilas, sino un escalofriante espacio vacío. Eran centenarios, estaban allí desde que el pueblo había sido fundado. Y a pesar de ser un poco mórbido y atemporal, era el sitio en donde siempre se encontraba con su novio, y le gustaba mucho. En aquel lugar había pasado la tarde el día que Sergio le dio su primer beso. La garganta se le hizo un nudo cuando recordó aquello. La campana de la torre comenzó a sonar, y Julieta apresuró sus pasos conteniendo las lágrimas.

Por dentro, las paredes de color rosado suave un poco descascaradas y los bancos de madera tallados artesanalmente, le daban un aspecto más acogedor que la capilla del colegio, tan lúgubre y gris. Los vitrales aquí, en cambio, eran de colores vivos, y las estatuas de los santos vestían de colores alegres. Julieta era muy religiosa, por lo que cada vez que enfrentaba sus ojos con los de la virgen María solía encontrar cierta paz. Ahora la necesitaba con desesperación. Se acercó detrás de algunas señoras que susurraban de rodillas y la observó, con tristeza. La virgen la miró a ella con la misma expresión. Con ojos entre pasivos y melancólicos, como si estuviera entendiendo a la perfección el dolor de la joven.

A continuación, se persignó con agua que había en una pila y se acomodó a un costado a esperar que se terminara de rezar el rosario y también que llegara más gente. Pero los días de semana era poco concurrida la parroquia. Julieta sabía cómo continuaba, entraría el sacerdote con dos monaguillos detrás, y la señora Custodia, tan antigua como la misma Carillanca, comenzaría a hablar con su voz disonante y chillona y los labios fruncidos contra el micrófono, encomendaría almas para el recuerdo de sus familiares y seres queridos. Sin que se diera cuenta, ya había empezado a hacerlo:

—Gustavo Juárez, en su quinto aniversario de fallecimiento; Soledad Bianchi, en recuerdo de su primer año de fallecimiento, Celestial Piacenzi, a doce años de su fallecimiento, que Dios tenga a todos en su santa gloria, y por la salud de Jesica Peralta; esta misa es para orar por estas almas.

«Cómo, ¿y Sergio?», se preguntó Julieta, sorprendida, ante la indiferencia de algo tan importante. Giró la cabeza en busca de la familia de su novio pero allí no había nadie, excepto unas pocas personas. Ni siquiera su madre.

No podía creerlo.

Su propia familia estaba faltándole el respeto a su memoria, hacía tan solo un mes que había muerto, ¿no se suponía que debían estar todos presentes? Estaba indignada y descompuesta de rabia, pero no podía manifestarlo allí adentro. Su estómago comenzó a retorcerse con brusquedad. Decidió darles el beneficio de la duda, mientras especulaba que quizá era tan insoportable su pérdida como para haber venido a escuchar su nombre subir a los cielos con plegarias. Tan solo se quedaría unos minutos más y regresaría a su hogar, estaba temblando de forma compulsiva.

Cuando decidió que era tiempo de volver a su casa, enojada con el mundo y triste en su interior, notó que había alguien que no le quitaba la vista de encima desde hacía un buen tiempo, clavando sus ojos grises en ella.

Ariel.

Extrañada y fascinada, se detuvo unos segundos y lo contempló en la lejanía, como si fuese una especie mitológica salido de un libro de relatos. Había salido de la Reserva. Era casi lo mismo. Vestía un traje con corbata oscuro, que resaltaba bastante su piel y su cabello, como un ángel negro. Por un minuto, olvidó dónde estaba y qué estaba haciendo, porque todo lo que inundó sus pensamientos fue qué hacía él en la iglesia.

Tan pronto Julieta fijó sus ojos en Ariel, este desvió la mirada a un costado, de forma antipática. La adolescente se interesó por las personas que estaban a su lado: una señora bastante mayor que podría ser su abuela, tan regordeta y con cara amable que parecía un dibujito animado; y a la izquierda, un hombre alto y buen mozo, con el cabello abundante y canoso, pero joven aún. Su parecido con Ariel era innegable, dedujo que sería su padre, y al igual que el muchacho, vestía también con un elegante traje. Lo que los diferenciaba a ambos, era la intensidad de la mirada, y aunque Julieta estaba lejos de ellos, de igual manera pudo percibir una gran tristeza en la mirada del hombre, y la frialdad indiferente en la de Ariel.




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