—¿Charlie Clark? Soy Steve Moore.
¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo formular una frase? Solo tengo que saludarle de vuelta, pero no puedo; siento que mi cerebro se quedó en blanco. Estoy seguro de que, si alguien me preguntara mi nombre en este momento, tendría que pensarlo por un momento largo antes de responder.
No quiero ni imaginar lo que este hombre está pensando sobre mí. Debe estar creyendo que ha sido un error venir hasta aquí. Dios, ¿qué debería hacer?
«Piensa en algo para decir o hacer, no te quedes congelado como el idiota que eres».
—¿Puedo pasar o no? —volvió a preguntarme al ver que yo no respondía.
—S-sí, pasa.
Pude sentir el temblor en mi voz al pronunciar esa oración tan simple. Esto es realmente vergonzoso. No debí acceder a esto.
Me siento exageradamente tenso; mi cerebro no está funcionando bien, está congelado desde que escuché la primera frase de este hombre. No soy demasiado extrovertido, pero tampoco soy tan tímido como para estar actuando así.
Definitivamente, esta no fue una buena idea, pero soy consciente de que ya no puedo escapar de esto, así que pondré todo de mi parte para que funcione.
Le abrí paso a Steve para que entrara al apartamento. Caminó unos pasos; no pude evitar volver a observarlo. Traía una camisa manga larga ajustada, color negro, y unos jeans también ajustados, unos zapatos de vestir que hacían juego con su camisa y un reloj que, a simple vista, parecía lujoso; de hecho, todo en él se veía refinado.
Lo tonificado de su cuerpo era notorio, incluso por encima de la ropa; su físico parece de un amante del gym. Aunque creo que leí algo así en su perfil. Rayos, debí poner más atención.
Comenzó a examinar el lugar. Qué pena, su casa debe ser una mansión, a diferencia de mi apartamento, que es algo pequeño y sencillo.
—¿Dónde? —preguntó.
«¿Dónde qué? ¿De qué está hablando?»
—¿Perdón?
—¿Dónde quieres hacerlo?
Estoy seguro de que los latidos de mi corazón se escucharon afuera en el momento en que comprendí su interrogante. Sentí mi piel calentarse; mi rostro debe estar rojo en este instante.
Bajé la mirada; no sabía qué decirle. ¿Por qué soy así?
Caminó unos pasos y se acercó a mí, tomó mi mentón e hizo que lo mirara: —¿Cuántos años dijiste que tenías?
Definitivamente seré víctima de un infarto hoy.
—25 —me apresuré a responder.
Me miró detenidamente por unos segundos. Sentir su mano en mi barbilla y su mirada sobre mi rostro estaba siendo demasiado para mí.
—¿Y por qué no pareces de 25?
—Tengo 25 —le aseguré.
Ahora me estoy preguntando de cuántos años parezco. ¿40? No me extrañaría, con el aspecto tan desagradable que tengo.
—De acuerdo, entonces, ¿quieres hacerlo en el sofá o en tu habitación? Supongo que no estoy aquí para charlar, ¿o sí?
Claro que no está aquí para charlar.
Tragué saliva con mucha dificultad y respondí: —En la habitación.
Comencé a caminar hacia mi habitación, mientras Steve se dispuso a seguir mis pasos.
Llegamos a la habitación; me senté en el borde de la cama y el chico que me seguía dejó caer a mi lado el maletín que cargaba consigo. Lo abrió y comenzó a sacar una gran cantidad de cosas: esposas, condones, látigo, lubricante, etc. Tengo suerte de que no esté viendo mi rostro en este momento, porque mis expresiones deben ser muy delatantes.
De repente, no pude contener mi sorpresa por todas esas cosas y tuve que fingir tener algo atorado en la garganta. ¿Usará todo eso conmigo?
—¿Cómo te gusta?
¿Cómo le explico que soy un completo novato en el sexo?
—Como quieras, yo solo… me quedaré quieto —respondo.
—Muy bien.
Repentinamente, me tomó, me lanzó en la cama y se puso a horcajadas sobre mí. Luego sostuvo mis muñecas fuertemente para evitar que me moviera, aunque de todas formas no pensaba hacerlo.
Claramente le gusta el sexo violento.
«¿En qué me he metido?» Estoy seguro de que si tengo mi crisis con él y le pido que se detenga, no lo hará.
No quitaba su mirada de mí; no decía nada, solo me observaba mientras mantenía mi cuerpo inmóvil. Unos segundos después, comenzó a bajar su cara; podía sentir su aliento rebotar en mi rostro. En ese momento, cerré mis ojos y apreté los puños con fuerza, tratando de disminuir las posibilidades de tener un ataque de pánico.
—¿Eres virgen?
Supongo que preguntó esto por la acción que acabo de hacer.
Abrí mis ojos despacio para responder a su pregunta.
—No.
—Hmm.
Creo que no creyó mi respuesta.
Llevó sus labios hasta los míos y me besó levemente, mientras que yo no hice ningún movimiento. Bajó su boca hasta mi cuello y besó allí suavemente durante unos segundos; sus labios se sentían realmente suaves y delicados.