Hoy me encuentro en una cita médica de control. Estoy acompañada por la madre del bebé, la señora Wendy. Es una mujer hermosa, una empresaria exitosa con su propia marca de labiales.
En estos momentos, está concentrada leyendo los resultados de la ecografía. El bebé va en buen camino. Hoy cumplo seis meses de embarazo y, aunque el bebé es inquieto y se mueve constantemente, eso me hace sonreír. Llevo las manos a mis mejillas, feliz por saber que está sano, aunque no sea mi hijo. No soy su madre biológica… pero no puedo evitar sentir un cariño inmenso por esa vida que crece dentro de mí.
Por un lado, me siento feliz porque el bebé está sano; pero, por otro, no puedo evitar sentirme un poco triste. He subido de peso y mi figura ha cambiado. Espero poder recuperarla una vez dé a luz.
—Cinthia, es un hermoso niño —dice Wendy con una sonrisa—. El doctor asegura que todo va muy bien. Has sido muy juiciosa y estás tomando todas las vitaminas que necesita mi pequeño Israel.
—Sí, señora Wendy. Es mi deber.—respondo con tranquilidad.
En ese momento, la conversación se ve interrumpida por el sonido del teléfono de Wendy. Es su esposo, el señor Alexis Ayala. De inmediato noto cómo su rostro se ilumina al contestar.
—Hola, hermosa, ¿ya salieron de la cita? —pregunta él con una voz grave y varonil.
Nunca le he visto el rostro en persona. Solo sé, por lo que Wendy me ha contado, que es un hombre maravilloso. Siempre repite que es el mejor esposo del mundo. Me ha hablado con entusiasmo de cómo le propuso matrimonio en Dubái, usando un camello que llevaba colgada una cajita con el anillo. Aunque no vi el momento, la forma en que ella lo relata lo convierte en algo sacado de un cuento.
Mis pensamientos se interrumpen cuando Wendy habla con emoción:
—¡Amor, mira la panza! —dice, enfocando la cámara hacia mí para que su esposo vea la barriga.
Él no puede ver mi rostro, pero yo sí veo el suyo. Es un hombre de piel mestiza, ojos verdes profundos, nariz afilada y cejas negras bien definidas. Su cabello lacio y oscuro está un poco alborotado, lo que solo aumenta su atractividad. Es, sin duda, un hombre muy guapo… aunque claro, es el esposo de Wendy.
De pronto, Alexis le pide a Wendy que enfoque la cámara directamente hacia mí.
—Wendy, mi vida, ¿puedes enfocar a la chica?.
Siento su mirada fija, seria, como si intentara leerme el alma. Me paraliza. Su expresión transmite demasiadas cosas que no logro descifrar. Nerviosa, solo atino a sonreír tímidamente.
—Hola, señor Alexis Ayala —saludo.
Él ni siquiera se molesta en responder. No sonríe. Solo me observa con una intensidad que me incomoda, como si me estuviera analizando.
No soporto la presión. Me levanto con cuidado de la camilla y le digo a Wendy que necesito ir al baño.
Una vez allí, abro el grifo y me lavo las manos, luego el rostro. Aquel hombre… su mirada es turbia. Esas cejas oscuras y esa expresión impenetrable no me transmiten confianza.
Minutos después, Wendy va a la cafetería del hospital y me compra algo para comer. Como siempre, elige algo saludable. Está obsesionada con que el bebé nazca sano y fuerte.
Wendy es una gran persona. La conocí a través de una página para mujeres que alquilan su vientre. Me creé un perfil y, para mi sorpresa, ella fue la primera en escribirme. Me pareció extraño que llevara todo el proceso sola, sin la presencia de su esposo. Pero ya tenían todo listo: ambos habían donado su parte, solo necesitaban encontrar a la mujer adecuada para completar el proceso. Al parecer, la candidata anterior se echó para atrás… y ahí entré yo.
Al principio sentí miedo, pero tenía que hacerlo. Mis sueños eran importantes. Siempre quise ser médica general.
Mis padres murieron en un accidente cuando yo aún era muy joven. Vivíamos en la ciudad, pero tras su muerte me fui al pueblo con mi abuelo.
Sola en el pueblo, comencé a trabajar cuidando a unos gemelos. La madre era muy exigente y me pedía horas extras sin pagarlas. Aguanté apenas un mes y, cuando por fin me pagó, regresé a la ciudad.
Sin trabajo y sin conocer a nadie, terminé en un lavadero de autos. Era un empleo duro; la mayoría de los trabajadores eran hombres y casi no me dejaban lavar los coches, ya que el pago era por cada lavada realizada.
Desesperada, entré a internet y fue entonces cuando encontré el anuncio de vientres de alquiler.
Y así… terminé aquí.
—¿Cinthia, te sientes bien? —pregunta Wendy desde el otro lado de la puerta.
—Sí, solo me estaba lavando el rostro. Ya salgo —respondo.
Era mentira. Su esposo me había intimidado con esa mirada intensa, con esos ojos llenos de misterio que aún me erizaban la piel. Con un esfuerzo abro la puerta.
Al verme, Wendy se acerca de inmediato y coloca sus manos sobre mi barriga.
—¿Le pasa algo a Israel?
—No, no pasa nada. Solo me mareé un poco, pero ya estoy bien —le digo sonriendo para tranquilizarla.
Su expresión cambia al instante, de preocupación a felicidad.
—¡Cinthia! adivina... ¡Mi esposo acaba de llegar al país!. Voy a buscarlo al aeropuerto. Estoy tan feliz de que por fin pueda ver a nuestro bebé…
—Me alegra mucho, señora Wendy —respondo con una sonrisa.
Se despide de mí y sale emocionada de la clínica. Yo regreso a mi apartamento, tal como lo establece el contrato. Wendy puede visitarme cuando quiera. Ella incluso ha contratado a una enfermera para cuidarme y preparar mis comidas.
Al llegar a casa, me siento agotada. Me recuesto con cuidado en la cama. La enfermera ha salido a comprar unas vitaminas recetadas por el doctor. Wendy insistió en que las tomara a tiempo.
Cierro los ojos para descansar, pero mi teléfono comienza a sonar insistentemente. En la pantalla aparece “numero desconocido”. Contesto tranquila, pensando que es algo del hospital.
Pero al escuchar la voz al otro lado de la línea, el celular se me cae de las manos.