Te Alquilo Mi Vientre, Pero No Mi Amor

Capitulo 2: Mirada feroz

—Lamentamos informarle que la señora Wendy falleció hace unos minutos a causa de un accidente. Ingresó a la clínica en estado crítico, pero no logró sobrevivir.

—¿Es cierto lo que me están diciendo o simplemente es una broma? —mordí con fuerza mi labio inferior.

La voz al otro lado del teléfono pertenecía a una mujer; podía escuchar cómo se le quebraba al hablar.

—Si señora, hemos intentado comunicarnos con el señor Alexis Ayala, pero no hemos obtenido respuesta. Por ese motivo nos estamos comunicando con usted.

Sentí un nudo en la garganta y el mundo se me vino abajo.

—¿Está… segura? —susurré, aferrándome al teléfono.

—Sí, señora Cinthia. Necesitamos que se acerque a la clínica para realizar el reporte oficial y recibir indicaciones, ya que usted se encuentra cursando un embarazo directamente relacionado con la señora Wendy.

No pude decir nada más. Colgué sin despedirme.
El teléfono se me resbaló de las manos y cayó al piso con un golpe seco. Me dejé caer en la silla, sintiendo cómo algo dentro de mí se quebraba sin remedio.

De pronto, el teléfono volvió a sonar. No quería contestar, pero la insistencia me obligó a tomarlo. Miré la pantalla:
Señor Alexis Ayala.

Era la primera vez que él me llamaba.

Mis lágrimas cayeron sobre la pantalla, haciéndola resbalosa. Me limpié el rostro con el vestido y, tras varios intentos, logré contestar.

—Señor Alexis —dije con la voz temblorosa.

—No te muevas de donde estás. Voy en camino por mi bebé —ordenó con un tono duro, cargado de furia contenida.

—¿Por su bebé? —mi voz tembló—. Tengo seis meses de embarazo. ¿Acaso pretende sacarlo ahora? ¿Está consciente de lo que dice?

—Eso no te incumbe. Quédate donde estás —respondió, chasqueando los dientes, como si cada palabra le costara controlarse.

—Señor, por favor, cálmese. Está hablando con una mujer embarazada —supliqué, intentando mantener la compostura mientras el miedo me apretaba el pecho.

—No lo repetiré...Quédate donde estás y, si te mueves… —la llamada se cortó abruptamente.

El silencio fue peor que la amenaza.

Sentí que el alma se me desprendía del cuerpo. Ese hombre estaba fuera de sí.
¿Creía acaso que yo tenía algo que ver con la muerte de su esposa?

Intenté levantarme, pero las piernas me fallaron y volví a sentarme. La noticia del fallecimiento de Wendy aún no lograba asentarse en mi mente. Todo era demasiado rápido, demasiado cruel. ¿Y ahora su esposo, desbordado de rabia? Dios mío… ¿qué pecado estaba pagando?

Respiré hondo, buscando fuerzas donde ya no quedaban. Me puse de pie y me sostuve de la pared mientras mi cuerpo temblaba sin control. Tenía que ser fuerte. Por mí… y por el bebé.

Fui a la cocina y bebí un vaso de agua con manos temblorosas. Justo cuando iba a dejarlo sobre la mesa, la puerta fue golpeada con violencia, una y otra vez, como si quisieran derribarla.

El corazón me dio un vuelco.

Me acerqué despacio y miré por la mirilla.

Era Alexis.

Su cabello estaba revuelto, el rostro desencajado, las cejas fruncidas en una expresión que jamás olvidaría. Su ropa estaba sucia, y sus manos, llenas de raspones y sangre seca.
Parecía un hombre que acababa de perderlo todo… o uno que estaba dispuesto a hacerlo perder a otros.

Sin pensarlo más, abrí la puerta.

En cuanto me vio, su presencia llenó todo el espacio. Mis latidos se aceleraron hasta doler. Sus ojos me recorrieron lentamente: mis pies, mis piernas, mi vientre. Allí se detuvo, como si reclamara algo que consideraba suyo.

—Empaca tus cosas. Te vienes conmigo. Ahora —ordenó, con una voz fría, autoritaria, carente de toda compasión.

Lo miré fijamente y noté algo que me estremeció aún más: había llorado. Sus ojos estaban rojos, hinchados, pero en ellos no había dolor… había algo peor.

Mi visión se nubló y rompí en llanto.

—¿Es cierto que la señora Wendy ha muerto? —grité, mientras el sollozo resonaba en el apartamento.

El cuerpo no me respondió. Caí al suelo llevando mis manos al rostro. Él era el único que podía confirmarlo… y también el único que no parecía dispuesto a hacerlo.

—Levántate del piso. Nos vamos —dijo con una rudeza que me heló la sangre, ignorando mi pregunta.

—Solo dígame si es re… —no terminé de decir “real” cuando golpeó la puerta con fuerza, haciendo vibrar las paredes.

—No digas nada más. Empaca tus malditas cosas y nos vamos —me interrumpió.

No entendía nada. Mi mente era un torbellino de miedo y confusión. Me levanté sola del suelo; él ni siquiera intentó ayudarme, como si mi fragilidad no le importara en absoluto.

—Tienes ocho minutos —advirtió, mirando su reloj—Ni uno más.




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