Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 1: El Reflejo en la Bruma

El amanecer en el Valle de las Brumas Doradas no era un evento celestial, era una carga física. Elara se despertó con el peso de las sábanas de lino sobre sus piernas, sintiendo que cada hilo de la tela era una responsabilidad más. A sus veintidós años, sus hombros ya tenían la curva de quien carga con el destino de un pueblo. Se levantó y caminó descalza por el suelo de piedra fría, disfrutando de ese pequeño dolor punzante; era lo único que la hacía sentir real en un mundo de magia etérea.

Como cada mañana, debía realizar la purificación en el río de plata. Mientras caminaba por el sendero, el polvo de estrellas —ese residuo mágico que todos adoraban— se le pegaba a la piel sudorosa, picándole. Para los demás era una bendición; para ella, era suciedad que nunca terminaba de limpiar.

Al llegar a la orilla, se detuvo. El río no era agua corriente; era una barrera vibrante que separaba su hogar de las Tierras Prohibidas. Elara se agachó, sumergió las manos y el frío le robó el aliento. Fue entonces cuando lo vio.

Al otro lado, donde la vegetación era oscura y retorcida, un hombre estaba de pie.

No era un caballero de armadura brillante. Era un hombre que parecía haber caminado mil kilómetros. Su ropa de cuero estaba desgastada, manchada de barro y algo que parecía sangre seca. Tenía el pelo oscuro pegado a la frente y la mandíbula apretada, como si morder el aire fuera lo único que lo mantenía en pie.

Elara debería haber gritado. Debería haber invocado la bruma para cegarlo. Pero se quedó paralizada. Por primera vez, no vio un "peligro del Norte", vio un par de ojos grises que gritaban un cansancio idéntico al suyo. Él la miró, y en ese cruce de miradas, Elara sintió un tirón en el centro del pecho, una conexión tan violenta que le dio náuseas. No fue romántico; fue un reconocimiento animal.

Él está tan roto como yo, pensó ella, y ese pensamiento fue el acto de traición más grande de su vida.

Él dio un paso hacia el agua, tambaleándose. Sus dedos rozaron la superficie mágica y una chispa azul saltó, quemándolo. Él soltó un gruñido ahogado, un sonido puramente humano de dolor que rompió el aura sagrada del lugar. Elara dio un paso hacia adelante, extendiendo la mano instintivamente, olvidando siglos de leyes.

—Vete —susurró ella, aunque su cuerpo quería cruzar el río—. Si los guardias te ven, no preguntarán por qué estás aquí.

Él la observó, ignorando el dolor de su mano quemada. Su voz, cuando llegó a través del zumbido de la magia, era áspera como la grava:

—Ya me han visto. Pero no me importa. Solo quería saber si el oro del Valle era tan falso como dicen.

Antes de que ella pudiera responder, un cuerno de caza sonó a lo lejos, en las colinas doradas. Elara palideció. La humanidad del momento fue aplastada por el miedo. Él la miró una última vez, no con odio, sino con una curiosidad desesperada, y se fundió entre los árboles sombríos justo cuando la primera patrulla de luz aparecía en el horizonte.

Elara se quedó allí, con las manos temblando bajo el agua helada, sabiendo que ese extraño se había llevado algo que ella no sabía que poseía: su paz.




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