Elara cerró la puerta con el corazón martilleando contra sus costillas. El silencio de su habitación, que antes le parecía un refugio de paz, ahora se sentía como una celda de cristal a punto de romperse. Arrastró a Cael hacia el diván; él era puro peso muerto, un recordatorio de que, bajo la leyenda del "guerrero del Norte", había un cuerpo de carne y hueso que podía quebrarse.
—No te mueras aquí —susurró ella, más como una orden que como un ruego—. No te atrevas a ensuciar mi suelo con tu sangre después de haberme mirado así en el río.
Él soltó un gruñido doloroso cuando ella le rasgó la camisa. La herida no era una marca de batalla gloriosa; era un tajo feo, infectado por el agua del río, que supuraba un calor antinatural. Elara buscó sus ungüentos, pero sus manos temblaban tanto que el frasco de cristal tintineó contra la mesa.
Cael abrió los ojos, pero no estaba allí. Estaban perdido en una fiebre que lo hacía sudar y tiritar al mismo tiempo. Sus dedos, callosos y manchados de barro, se cerraron de repente alrededor de la muñeca de Elara con una fuerza desesperada.
—Leo... —murmuró él. Su voz no era la de un guerrero, era la de un hombre roto—. Leo, aguanta. Ya casi... casi la tengo.
—¿Quién es Leo? —preguntó Elara, deteniéndose con el paño ensangrentado en la mano.
Cael se incorporó a medias, impulsado por un delirio que le daba una fuerza aterradora. Sus ojos grises, antes fríos como el acero, estaban inundados de lágrimas que se negaban a caer. —Mi hermano —logró decir, apretando los dientes para no gritar de dolor—. Solo tiene diez años. La podredumbre gris... le está subiendo por el cuello. En el Norte no tenemos vuestras luces doradas, Elara. Solo tenemos frío y cenizas. Me dijeron que la Lágrima del Alba... que una sola gota de vuestra magia... podría limpiar sus pulmones.
Se desplomó de nuevo contra los cojines, agotado por el esfuerzo de hablar. Elara se quedó petrificada. En las crónicas del Valle, los hombres del Norte eran descritos como bestias sedientas de poder que querían robar la magia para conquistar reinos. Nadie le había dicho nunca que cruzaban el río para salvar a un niño que se asfixiaba en la oscuridad.
—Viniste a morir por él —dijo ella, con un nudo en la garganta que apenas la dejaba respirar.
—Vine a vivir por él —corrigió Cael en un susurro, mientras la fiebre lo arrastraba de nuevo a la inconsciencia—. No me importa tu reino. No me importa tu corona. Solo... deja que respire.
Elara lo observó durante horas mientras la fiebre remitía. Limpió su piel, no con la distancia de una "Custodia", sino con una ternura que la asustaba. Se fijó en los pequeños detalles: la cicatriz en su barbilla, el modo en que sus pestañas temblaban, la rugosidad de sus manos comparada con la suavidad de las suyas.
Eran dos extremos de un mundo que se odiaba, pero en ese momento, eran simplemente un hombre herido y una mujer que, por primera vez, sentía que su propia vida tenía un propósito más allá de los rituales vacíos. La atracción que sintió en el río ya no era solo física; ahora estaba teñida de una compasión que sabía que la destruiría.