Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 3: El Aliento del Miedo

La mañana no trajo la paz, sino el sonido metálico de las botas sobre el mármol del pasillo. Elara se despertó de un sobresalto, aún sentada en la silla junto al diván donde Cael descansaba. Él ya estaba despierto, alerta como un animal acorralado, con la mano apretando instintivamente el mango de su daga mellada.

—¡Abran en nombre de la Guardia de la Bruma! —la voz del Capitán Valerius retumbó al otro lado de la puerta—. Tenemos informes de un rastro de sangre que llega hasta los jardines interiores.

Elara sintió que la sangre se le drenaba del rostro. Miró a Cael. Él intentó levantarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios al forzar la herida del costado. No llegaría a la ventana a tiempo.

—Al vestidor. ¡Ahora! —susurró Elara, agarrándolo del brazo.

Lo empujó dentro del pequeño espacio donde guardaba sus túnicas ceremoniales. Era un lugar estrecho, impregnado del aroma a sándalo y flores secas. Elara entró tras él y cerró la puerta de madera tallada justo cuando escuchó girar el pomo de la entrada de su habitación.

El espacio era ridículamente pequeño. Para que la puerta cerrara, Elara tuvo que pegarse al pecho de Cael. Él era una muralla de calor y músculos tensos. Ella apoyó las palmas de sus manos contra el torso de él, sintiendo el vendaje húmedo y, justo debajo, el galope desbocado de su corazón.

—No te muevas —apenas articuló ella, con los labios rozando la mandíbula de Cael.

—No puedo... moverme ni aunque quisiera —respondió él en un aliento que le hizo cosquillas en la oreja.

Fuera, la habitación se llenó de ruidos. Los guardias movían los muebles, abrían los baúles, descorrieron las sábanas de la cama. La luz se filtraba por las rendijas de la madera del vestidor, creando líneas doradas sobre el rostro de Cael. Elara lo miró. Él no miraba hacia fuera; la miraba a ella.

A esa distancia, Elara pudo ver las motas de color ámbar en sus ojos grises. Pudo sentir cómo el pecho de él subía y bajaba, rozando sus propios pechos con cada respiración. La urgencia del peligro empezó a mezclarse con una electricidad distinta. El sudor de la fiebre de Cael se mezclaba con el perfume de Elara, creando una fragancia embriagadora y puramente humana.

Cael bajó la mirada hacia los labios de Elara. Estaban tan cerca que el más mínimo movimiento los haría tocarse. Él apretó los dientes, luchando por contener un jadeo cuando el dolor de su herida le dio una punzada, pero no se apartó. Al contrario, rodeó la cintura de ella con un brazo, pegándola más a él para evitar que el roce de sus túnicas hiciera ruido.

—Si nos encuentran... —susurró él, tan bajo que solo ella pudo sentir la vibración en su pecho.

—No lo harán —prometió ella, aunque su propia mano comenzó a acariciar, sin darse cuenta, la nuca del guerrero, buscando anclarse en algo real.

El Capitán Valerius se detuvo justo frente al vestidor. Elara dejó de respirar. Vio la sombra de las botas del guardia bajo la rendija. El silencio fue eterno, solo roto por el latido doble que parecía unificar a los dos jóvenes en la oscuridad.

Finalmente, los guardias se alejaron. —Aquí no hay nada. Es la cámara de la Custodia, no faltéis al respeto. Seguid buscando en el ala oeste.

La puerta de la habitación se cerró. Elara exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo, pero no se movió. Cael tampoco la soltó. En la penumbra del armario, el peligro había pasado, pero la "atracción brutal" que los había unido en el río acababa de estallar. Él inclinó la frente hasta apoyarla en la de ella, cerrando los ojos.

—Tu corazón suena como una carga de caballería, Elara —murmuró él, con una sonrisa cansada y honesta.

—Y el tuyo... —ella se separó un milímetro, buscándole la mirada— el tuyo suena como si acabara de encontrar un motivo para seguir latiendo.




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