Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 4: El Velo Rasgado

La adrenalina del escondite dejó paso a un silencio denso. Elara ayudó a Cael a sentarse de nuevo en el diván. La luz de la tarde entraba por los ventanales, revelando el desastre de la habitación: cajones abiertos y alfombras movidas por la guardia.

Cael se pasó una mano por el rostro, limpiándose el sudor frío. Parecía más recuperado, pero algo en su mirada se había vuelto sombrío, casi gélido.

—Elara —dijo él, y el modo en que pronunció su nombre, sin títulos, hizo que ella se estremeciera—. Si ese capitán me hubiera encontrado, no habrías podido salvarme. No soy un soldado raso que se perdió en la frontera.

Elara se detuvo mientras recogía un joyero del suelo. El presentimiento que la había perseguido desde el río se hizo carne. —¿Quién eres, Cael? Y no me des la respuesta que le darías a un juez. Dime la verdad.

Cael se desabrochó el brazalete de cuero endurecido que llevaba en la muñeca izquierda. Debajo, oculta por la suciedad y el sudor, había una marca quemada en la piel: un halcón con las alas rotas. El sello de la casa proscrita del Norte.

—Mi nombre completo es Caelum Thorne —soltó él con una voz que cargaba el peso de mil inviernos—. Soy el segundo hijo del Rey del Norte. El que fue desterrado cuando mi padre decidió que la guerra contra el Valle era más importante que alimentar a su pueblo.

Elara soltó el joyero. El sonido del metal contra el suelo resonó como una flecha. —Eres un príncipe... —susurró ella, retrocediendo un paso—. El hijo del hombre que juró quemar mis tierras hasta que no quedara ni una brizna de hierba.

—Soy el hijo de un monstruo, sí —respondió Cael, poniéndose en pie con esfuerzo, su altura dominando de repente la habitación—. Pero también soy el hombre que viste en el río. Mi hermano Leo no es un peón político, es un niño que se muere porque mi padre gasta el oro en espadas en lugar de en sanadores. Renuncié a mi título, a mi herencia y a mi vida para cruzar esa frontera. Para mi gente, soy un traidor. Para la tuya, soy un trofeo de caza.

Cael se acercó a ella. No había agresividad, solo una honestidad brutal que dolía ver. —Ahora lo sabes. Si me entregas, ganarás el favor de tu consejo para siempre. Serás la Custodia que capturó al príncipe del Norte. Pero si me quedo... —dio un paso más, acortando la distancia hasta que Elara pudo sentir de nuevo ese calor que la atraía como un imán— si me quedo, estarás cometiendo una traición que ninguna plegaria podrá limpiar.

Elara lo miró a los ojos. Vio al príncipe, sí, pero también vio al hombre que había preferido ser un paria con las manos ensangrentadas antes que ver morir a su hermano. La "atracción brutal" se transformó en algo mucho más complejo: un vínculo de lealtad prohibida.

—En este valle nos enseñan que el Norte es el vacío —dijo ella, estirando la mano para rozar la marca del halcón en su muñeca—. Pero tú tienes más fuego dentro de lo que mis sacerdotes tendrán jamás.

Elara no se alejó. Al contrario, cerró la distancia y apoyó la frente en el hombro de Cael. El peso de la política, de los reinos y de la guerra estaba sobre ellos, pero en ese rincón de la habitación, solo eran dos piezas rotas que encajaban por primera vez.

—No te voy a entregar —susurró contra su piel—. Pero ahora ya no solo estamos salvando a tu hermano. Estamos cavando nuestra propia tumba.




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