La noche en el Valle se volvió gélida, una ironía para un lugar que prometía calidez eterna. Elara sostenía entre sus manos un pequeño frasco de cristal tallado. Dentro, no había un líquido, sino una voluta de luz plateada que palpitaba como un corazón.
—Para que la Lágrima del Alba funcione en un cuerpo que no pertenece al Valle —susurró Elara, sin mirar a Cael—, debe ser "anclada". La magia pura del Norte la rechazaría como veneno. Necesita la esencia de una Custodia para reconocer el cuerpo de tu hermano como un aliado.
Cael, que estaba terminando de abrocharse las botas, se detuvo en seco. Se puso en pie, moviéndose con una agilidad que recuperaba por momentos, y caminó hacia ella.
—¿Qué significa "anclarla", Elara? —Su voz era baja, una advertencia.
Elara tragó saliva. Sus manos temblaban, haciendo que la luz del frasco proyectara sombras erráticas en las paredes. —Significa que debo transferir una parte de mi hilo vital al frasco. Perderé mi conexión con la Bruma por un tiempo. Estaré débil... quizá enferma. Pero tu hermano vivirá.
Cael le arrebató el frasco de las manos con una brusquedad que la hizo sobresaltar. No lo hizo con odio, sino con una furia protectora. —No. Ni hablar.
—¡Es la única forma! —gritó ella, aunque inmediatamente bajó el tono, recordando a los guardias tras la puerta—. Si te llevas la medicina sin mi esencia, Leo morirá en cuanto la trague. ¿Viniste hasta aquí para rendirte ahora?
Cael la agarró por los hombros, obligándola a mirarlo. Sus ojos grises estaban encendidos, nublados por una mezcla de rabia y una desesperación humana que le partió el alma a Elara. —¡No vine aquí para cambiar la vida de mi hermano por la tuya! —rugió él en un susurro—. He pasado toda mi vida viendo a gente sacrificarse por reyes y por tierras. No dejaré que tú, que eres lo único puro que he encontrado en este maldito mundo, te marchites por mi culpa. Busca otra forma.
—No hay otra forma, Cael. Soy una Custodia. Mi vida es servicio. —¡Al diablo con tu servicio! —la sacudió levemente, sus rostros a centímetros—. Eres una mujer, Elara. No un altar. Eres real, sangras, sientes frío... y yo no puedo soportar la idea de que te duela un solo dedo por mi egoísmo.
La discusión se volvió un torbellino de respiraciones agitadas. Elara intentó zafarse de su agarre, pero él la mantuvo firme. En ese forcejeo, la tensión que habían acumulado desde aquel primer encuentro en el río, el miedo compartido en el vestidor y el peso de sus secretos, estalló.
Ella dejó de luchar. Sus manos subieron al pecho de Cael, agarrando su camisa con fuerza, no para apartarlo, sino para atraerlo. —¿Por qué te importa tanto? —preguntó ella con la voz rota—. Soy tu enemiga. Se supone que nos odiamos.
—Porque no puedo odiar a la persona que me ha devuelto la humanidad —respondió él.
Cael no esperó más. Rompió la distancia definitiva y la besó.
No fue un beso de cuento de hadas; fue un beso desesperado, con sabor a sal y a urgencia. Fue la colisión de dos personas que saben que el mundo se va a acabar mañana y solo tienen el "ahora". Cael la rodeó con sus brazos, levantándola casi del suelo, mientras Elara se aferraba a su nuca, perdiendo sus dedos en su cabello oscuro. En ese contacto, la magia del Valle pareció desvanecerse, dejando solo la piel, el calor y el hambre de dos almas que se habían encontrado en medio del caos.
Cuando se separaron apenas unos milímetros, jadeando, Cael apoyó su frente contra la de ella. —Si lo haces... si entregas tu esencia... —murmuró contra sus labios—, juro por mi vida que volveré a por ti. No importa cuántos ejércitos tenga que atravesar.
Elara sonrió con tristeza, acariciándole la mejilla. —Entonces, príncipe del Norte, será mejor que empieces a planear tu regreso. Porque mañana, el Valle sabrá que he pecado.