Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 6: El Sudor y la Seda

Cael no pudo irse esa noche. Su herida se reabrió tras el esfuerzo del escondite en el vestidor, y la fiebre regresó con una saña nueva. Elara se vio obligada a mantenerlo en su habitación un tercer día, y luego un cuarto. Lo que empezó como una emergencia se convirtió en una rutina doméstica y peligrosa.

Para un observador externo, la habitación de la Custodia era un templo de pureza. Para los que estaban dentro, era un espacio humano cargado de olores que no deberían estar allí: sopa de hierbas, vendas sucias y el aroma masculino de Cael, que empezaba a impregnar las sábanas de seda de Elara.

—No me mires así —gruñó Cael, mientras intentaba sentarse para beber un poco de caldo. Tenía el torso desnudo, cruzado por las vendas que Elara le cambiaba dos veces al día.

—¿Cómo te miro? —preguntó ella, fingiendo interés en un libro de salmos.

—Como si fuera un animal herido que vas a diseccionar. O como si fuera algo que te da asco y curiosidad a partes iguales.

Elara cerró el libro con un golpe seco. Se acercó a él y, sin pedir permiso, le puso la mano en la frente para comprobar la temperatura. Cael se tensó bajo su toque. Sus pieles contrastaban: la de ella, pálida y suave, cuidada con aceites; la de él, curtida por el sol del Norte, áspera y llena de pequeñas cicatrices del mismo frío.

—Me miras como si fuera un problema que no sabes dónde guardar —continuó él, atrapando la mano de ella contra su frente.

—Eres un problema, Cael. Eres el problema más grande de mi vida —confesó ella, bajando la voz. No retiró la mano. Sus dedos se deslizaron por la sien del guerrero hasta su mandíbula, que él mantenía apretada.

—Entonces, ¿por qué no me entregas? —Cael la atrajo hacia él con una fuerza que no esperaba de un hombre herido. Elara acabó sentada en el borde del diván, con sus rodillas rozando las de él—. Un grito, Elara. Solo tienes que gritar y vendrán a por mí. Serías libre de nuevo.

Elara lo miró a los ojos. A esa distancia, podía ver el cansancio humano tras la fachada de príncipe proscrito. —Porque si grito, volveré a ser la Custodia. Y he descubierto que prefiero ser esta versión de mí que se preocupa por un idiota del Norte que no sabe cuándo callarse.

Cael soltó una risa ronca que se transformó en una mirada de deseo puro. El silencio de la habitación se volvió pesado. Él le acarició con el pulgar, trazando círculos en su palma, un gesto tan sencillo y cotidiano que dolió más que cualquier declaración épica. Era la humanidad de conocerse en la vulnerabilidad.




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