El Gran Salón del Consejo olía a incienso y a hipocresía. Elara se sentía como una impostora bajo sus túnicas de seda blanca, las mismas que horas antes habían sido arrugadas por las manos de Cael mientras ella lo ayudaba a sentarse. El peso del anillo del Norte, que ahora llevaba colgado de un cordón oculto entre sus pechos, parecía quemarle la piel.
A su derecha, el Capitán Valerius cortaba un trozo de carne. Su armadura plateada reflejaba la luz de las antorchas, haciéndolo parecer una estatua de hielo.
—No habéis probado bocado, Elara —dijo Valerius sin mirarla. Su voz era tranquila, pero tenía el filo de una navaja—. ¿Acaso la comida del palacio ya no es del agrado de vuestro refinado paladar?
—Solo estoy cansada, Capitán —respondió Elara, forzando una calma que no sentía. Tomó su copa de vino, pero sus dedos temblaron ligeramente—. El equilibrio de las Brumas requiere mucha energía últimamente.
Valerius dejó el cuchillo y se giró hacia ella. Sus ojos eran oscuros. —Curioso. Mis hombres dicen lo mismo. Dicen que el aire en los jardines interiores se siente... denso. Como si algo, o alguien, estuviera absorbiendo la luz. —Se inclinó un poco más, invadiendo el espacio personal de Elara—. Encontramos el rastro de sangre que mencioné el otro día. No era de un animal. Era de un hombre que sabe cómo ocultar su dolor. Un hombre alto, de hombros anchos, probablemente con entrenamiento militar de alto rango.
Elara sintió un frío repentino en la nuca. El capitán no estaba haciendo una observación casual; estaba recitando un retrato hablado.
—El Norte está enviando a sus mejores perros —continuó Valerius, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido—. Dicen que el segundo príncipe de los Thorne ha desaparecido de su puesto en la frontera. Un hombre peligroso, Elara. Uno que no se detendría ante nada, ni siquiera ante la seducción, para conseguir lo que quiere.
En ese momento, el mundo de Elara se tambaleó. El sonido del cristal rompiéndose contra el suelo de mármol atrajo todas las miradas del salón. La copa de vino se había resbalado de sus dedos, tiñendo el mantel blanco de un rojo profundo, como una herida abierta.
—Oh, qué torpeza —dijo Valerius, pero no había burla en su rostro, solo una sospecha confirmada—. Parece que Elara está más nerviosa de lo que admite. ¿O es que el nombre de los Thorne le trae algún recuerdo... físico?
Elara se puso en pie, ignorando las manchas en su vestido. —Me retiraré a mis aposentos. No me siento bien.
—Por supuesto —Valerius también se levantó, haciendo una reverencia excesivamente lenta—. Descanse. Pero asegúrese de cerrar bien su balcón. No querríamos que ninguna "bestia" del Norte encontrara refugio en el lugar más sagrado del Valle.
Elara salió del salón con el corazón martilleando contra sus costillas. Cada paso por los pasillos le parecía eterno. Sabía que Valerius la estaba vigilando, que probablemente había guardias siguiendo su rastro. Al llegar a su puerta, no entró de inmediato. Se detuvo, respirando hondo, tratando de que su rostro recuperara la máscara de frialdad.
Cuando finalmente entró y cerró con el pestillo, se dejó caer contra la puerta, jadeando.
—Saben que estás aquí —susurró hacia la oscuridad de la habitación.
Cael emergió de las sombras junto a la cama. No estaba descansando; tenía su daga en la mano y la mirada de alguien que está listo para morir matando. —Lo sé. He oído al capitán desde el balcón. Es bueno... casi tan bueno como mi hermano mayor.