Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 8: Trazos de Carbón y Silencio

El asedio invisible del Capitán Valerius convirtió la habitación de Elara en una burbuja de tiempo suspendido. No podían hablar en voz alta; las paredes del palacio tenían oídos y la guardia pasaba cada hora frente a su puerta. El silencio, lejos de separarlos, se convirtió en su conductor.

Se comunicaban mediante susurros que rozaban la oreja del otro o mediante trozos de pergamino que luego quemaban en la chimenea. Pero el lenguaje más real era el de sus cuerpos, obligados a compartir el mismo rincón de sombra junto a la cama para no ser vistos desde las ventanas.

Una noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales ahogando cualquier otro sonido, Cael tomó un trozo de carbón de la chimenea ya apagada.

—En mi tierra —susurró él, tan cerca que Elara sintió el calor de su aliento en el cuello—, no necesitamos joyas para saber quiénes somos. Llevamos nuestra historia en la piel.

Elara se giró hacia él. La luz de una única vela proyectaba sombras alargadas sobre el torso desnudo de Cael, donde las cicatrices de guerra se mezclaban con tatuajes antiguos de runas nórdicas. —Enséñame —respondió ella, entregándole su brazo.

Cael tomó su muñeca con una delicadeza que contrastaba con sus manos callosas. Con el trozo de carbón, empezó a trazar líneas finas sobre la piel pálida de Elara. El roce era frío y polvoriento, pero la sensación enviaba descargas de calor por todo el cuerpo de la joven.

—Esta línea —dijo él, trazando una curva desde su muñeca hacia el antebrazo— representa el camino que no tiene retorno. Y este círculo... es el hogar que dejas atrás.

Elara observaba fascinada cómo su piel "pura" se manchaba de negro. Se sentía como una profanación hermosa. Cael no se detuvo en el brazo. Sus dedos subieron por el hombro de ella, apartando la fina seda de su camisón para dibujar una runa cerca de su clavícula. El contacto físico era constante. Cael tenía que inclinarse sobre ella, y Elara podía oler el aroma a pino y acero que emanaba de su piel.

De pronto, Cael dejó de dibujar. Su mano se quedó quieta sobre el hombro de Elara. La miró a los ojos y la tensión sexual, contenida durante días de encierro, se volvió asfixiante. El carbón se rompió entre sus dedos.

—Si sigo marcándote —susurró Cael, con la voz cargada de una ronquera peligrosa—, no habrá magia en este valle que pueda borrar lo que te estoy haciendo. Estarás atando a un hombre que no tiene nada que ofrecerte más que guerra y frío.

Elara no retrocedió. Al contrario, tomó la mano manchada de Cael y la llevó a su mejilla, dejando que el carbón también la marcara a ella allí. —El oro de este valle es frío, Cael. Tu carbón quema. Prefiero arder contigo a seguir congelada en este altar.

Cael soltó un gruñido bajo, una mezcla de dolor y deseo, y la atrajo hacia sí. Sus labios no se buscaron con delicadeza, sino con la desesperación de quienes saben que cada segundo de paz es un robo al destino. Elara sintió el contraste de la piel áspera de él contra la suya, y por primera vez en su vida, no se sintió una Custodia; se sintió una mujer deseada, humana, y terriblemente viva.




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