Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 9: El Juego del Gato y el ratón

Elara caminaba por los pasillos hacia el Gran Salón de Purificación, pero su mente se había quedado en su alcoba, bajo las sábanas donde el olor de Cael aún persistía. El frío del templo parecía calarle hasta los huesos. La Gran Matriarca hablaba sobre "limpiar las impurezas de la estación", pero cada palabra sonaba a sentencia.

Mientras tanto, en la habitación de la Custodia, el silencio fue roto por un sonido que heló la sangre de Cael: el giro lento de una llave en la cerradura. No era el toque rítmico de Elara. Era una intrusión.

Cael, cuya herida aún le recordaba su fragilidad con cada movimiento brusco, se deslizó tras el pesado tapiz que representaba la creación del Valle. Contuvo la respiración, pegando la espalda a la piedra fría, con la daga desenvainada. A través de un pequeño desgarro en la tela, vio entrar al Capitán Valerius.

El capitán no entró con la brusquedad de un registro. Caminó con una calma aterradora. Se detuvo frente al diván donde Cael había pasado los últimos días. Valerius pasó un dedo enguantado por la superficie del terciopelo, recogiendo una mota de carbón —un resto del dibujo que Cael había hecho en la piel de Elara—. Luego, se acercó a la mesa de noche.

—Sé que puedes oírme —dijo Valerius en un susurro que apenas superaba el volumen del viento exterior—. Sé que estás en esta habitación, "principito". Huelo el acero del Norte y el sudor de la fiebre.

Cael apretó el mango de su daga hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Podría saltar ahora mismo y hundir el acero en el cuello del capitán, pero eso condenaría a Elara a la horca de inmediato.

Valerius sacó un pequeño pergamino de su guantelete y lo dejó sobre la mesa, justo al lado del cepillo de pelo de Elara. —Ella es joven. Cree que el amor es un escudo, pero en este valle, el amor es solo una debilidad que se purga con fuego. Tienes hasta el amanecer para desaparecer. Si sigues aquí cuando el sol toque el Altar, no solo te mataré a ti; la verás a ella arder primero.

El capitán se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta con una suavidad que dolió más que un portazo.

Cuando Elara regresó una hora después, exhausta y con los ojos rojos por el incienso del ritual, encontró a Cael de pie en medio de la habitación, mirando fijamente el papel sobre la mesa. No estaba escondido. Estaba listo para la guerra.

Elara se acercó y leyó la nota. Solo había tres palabras escritas con una caligrafía perfecta y cruel:

"Entrégalo o arde."

Elara sintió que las piernas le fallaban. La realidad de su situación la golpeó de lleno: su amor no era un secreto romántico, era una cuenta atrás.

—Se ha acabado el tiempo, Elara —dijo Cael, y por primera vez, su voz no tenía rastro de deseo, sino una determinación gélida—. No voy a dejar que te destruyan por mi culpa. Me voy esta noche, con o sin la medicina.

—¡No puedes! —gritó ella, agarrándolo de la capa—. Valerius te está esperando fuera. Es una trampa. Si sales ahora, te matarán en el jardín y me usarán de ejemplo.

Se miraron, y en ese momento de desesperación absoluta, la "atracción brutal" se convirtió en un pacto de sangre.




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