La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una vela que se consumía rápidamente, una metáfora de lo que estaba a punto de ocurrir. Elara sacó el frasco de cristal tallado. Parecía una joya inofensiva, pero en realidad era un recipiente vacío esperando ser llenado con su propia vitalidad.
—Siéntate frente a mí —ordenó Elara. Su voz temblaba, pero no de miedo, sino de una resolución absoluta.
Cael negó con la cabeza, retrocediendo. Sus ojos grises estaban llenos de una angustia que lo hacía parecer más joven, más vulnerable. —No puedo pedirte esto, Elara. He visto a hombres morir por menos de lo que tú vas a entregar.
—No me lo estás pidiendo —ella se acercó y le tomó las manos, obligándolo a sentarse en el suelo, frente a ella, con las rodillas rozándose—. Lo estoy eligiendo yo. Durante toda mi vida, mi magia ha pertenecido al Valle, a los sacerdotes, a las brumas. Por primera vez, quiero que pertenezca a alguien que yo amo.
La palabra "amor" quedó flotando en el aire, pesada y definitiva. Cael cerró los ojos y dejó escapar un suspiro quebrado. Ella colocó el frasco entre las manos de ambos.
—Sujétalo fuerte, Cael. Cuando empiece, sentirás un frío inmenso. No me sueltes, pase lo que pase.
Elara cerró los ojos y buscó en su interior esa chispa dorada que siempre la había acompañado. Pero esta vez, en lugar de invocarla para un ritual, la empujó hacia afuera. El dolor fue inmediato. No fue un pinchazo, fue la sensación de que alguien estaba desenrollando sus venas como si fueran hilos de seda.
—¡Ah! —un grito ahogado escapó de sus labios.
—¡Elara, detente! —Cael intentó apartar las manos, pero ella lo sujetó con una fuerza sobrenatural.
—¡No! ¡Sigue! —le ordenó ella con los dientes apretados.
El líquido plateado empezó a gotear de las yemas de los dedos de Elara hacia el frasco. A medida que el recipiente se llenaba, el color abandonaba el rostro de la joven. Sus mejillas se hundieron, sus labios se volvieron azules y un temblor violento recorrió su cuerpo. Cael sentía el frío que ella mencionaba; era el frío del Norte, el frío de la muerte, entrando en sus propios huesos a través del contacto.
Cael la observaba con horror. Estaba viendo cómo la mujer que deseaba se marchitaba frente a sus ojos para salvar a un niño que ella ni siquiera conocía. En un acto de desesperación humana, Cael inclinó la cabeza y pegó su frente a la de ella, compartiendo el sufrimiento.
—Estoy aquí, Elara. Estoy aquí —susurraba él, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Cuando la última gota cayó, el frasco brilló con una intensidad cegadora. Elara se desplomó hacia adelante, sin fuerzas ni para mantener la cabeza erguida. Cael la atrapó contra su pecho, envolviéndola en sus brazos. Ella pesaba menos, como si parte de su esencia física se hubiera evaporado.
—Ya está... —susurró ella, con una voz que apenas era un soplo—. Corre, Cael. El alba está tocando los cristales.
Cael la apretó contra sí un segundo más de lo que la prudencia permitía. Besó su frente bañada en sudor frío. —Volveré a por ti —juró él, con una voz cargada de una promesa que sabía que lo perseguiría hasta el fin del mundo—. Lo juro por la sangre que me queda.
Él guardó el frasco en su jubón, se puso la capa y, con una última mirada llena de una agonía puramente humana, saltó por el balcón hacia las sombras del jardín, justo cuando el primer rayo de sol iluminaba la sangre en el carbón que aún manchaba la piel de Elara.